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Salir a correr en verano suele ser un tormento para muchos corredores y corredoras. Tener que madrugar, buscar sombra, fuentes e intentar ajustarse el ritmo… y aun así notas que el pulso se dispara, las piernas pesan antes de tiempo y los ritmos que hace un mes parecían cómodos ahora cuestan demasiado. Y esto, muchas veces nos lleva a pensar que estamos perdiendo la forma o que nos falta energía, pero en realidad es una respuesta fisiológica normal. No es que estés peor entrenado, sino que las condiciones ambientales han cambiado y eso ha hecho que tus ritmos tengan que ser más bajos si quieres entrenar con seguridad.
¿Qué le pasa al cuerpo?
A nivel fisiológico, correr con calor supone una carga extra para tu organismo. Si nos fijamos con el sistema cardiovascular, este tiene que repartir recursos entre dos tareas que compiten entre sí:
- llevar sangre a los músculos para sostener el esfuerzo
- llevar sangre a la piel para disipar calor.
El resultado es conocido por cualquier corredor que haya entrenado en julio o agosto: una frecuencia cardiaca más elevada al mismo ritmo que corrías en abril, más percepción de esfuerzo, más sudor, menor capacidad de sostener ritmos altos y, finalmente, la aparición de la fatiga antes de lo habitual. El rendimiento disminuye porque parte del gasto cardiovascular se destina a disipar calor, y no a sostener velocidad.
Por otro lado, al aumentar la temperatura exterior, tu cuerpo se ve obligado a responder para que no pase lo mismo con tu temperatura interior, y para hacerlo se aumenta el flujo sanguíneo cutáneo y se activa la sudoración. Es decir, intentamos ser muy eficientes a nivel de termorregulación, pero esto tendrá un precio a nivel cardiovascular, desviamos flujo sanguíneo del músculo hacia la piel. Es decir, a un mismo ritmo tu frecuencia cardíaca aumenta, es lo que llamamos deriva cardiovascular, tu FC aumenta progresivamente, aunque estés manteniendo el mismo ritmo en cada km y además también aumentará la sensación de fatiga.
También se puede reducir el volumen plasmático de forma aguda, y esto es debido a la cantidad de líquido que estás perdiendo por la sudoración. No significa necesariamente que estés yendo demasiado rápido desde el punto de vista mecánico; significa que el coste fisiológico de ese ritmo ya no es el mismo que cuando entrenas en condiciones de frío.
Pero no está todo perdido, el cuerpo es capaz de adaptarse a muchas situaciones y esta es una de ellas, si le dejas tiempo, lo haces de manera progresiva y buscando las mejores condiciones posibles, lo conseguirás.
¿Qué sensación tenemos nosotros?
Aumentamos la percepción del esfuerzo, el cerebro integra señales térmicas, cardiovasculares y metabólicas, y tiende a bajar la tolerancia al esfuerzo cuando el entorno compromete el equilibrio. Dicho de forma simple: en verano no solo corres más lento porque “puedas menos”, sino porque el organismo te protege.
A eso se suma un mayor uso de glucógeno y una peor tolerancia al esfuerzo prolongado si el calor es alto y la humedad limita la evaporación del sudor. En ambientes secos aún puedes perder calor evaporando con relativa eficacia; en ambientes húmedos, ese mecanismo funciona peor y la sensación de asfixia térmica llega antes. Por eso, no basta con mirar solo la temperatura: humedad, radiación solar, viento y superficie también importan.
Y si eres mujer, en tu fase lútea (días antes del sangrado), tu temperatura corporal es alrededor del 0,5º más elevada, esto hará que sientas más el calor y que te cueste más sudar, así que también tienes que tenerlo en cuenta en verano.
Sabiendo esto, ¿qué puedo hacer?
El error más común es querer sostener los ritmos que tenemos en invierno. Esto solo te va a llevar a acumular más fatiga de la deseada y a convertir tus entrenamientos suaves, en entrenamientos demasiado exigentes.
Cuando entrenas en calor, el ritmo tiene que dejar de ser tu referencia y tienes que guiarte por la percepción del esfuerzo, por la frecuencia cardíaco o incluso por la duración de la sesión.
Como regla práctica, en días calurosos conviene aceptar desde el inicio que el objetivo no es mantener el ritmo, sino poder hacer la sesión sin que suponga un estrés extra. Si el plan pedía rodaje suave, debe seguir siendo suave, aunque el reloj marque más lento. Si tocaba calidad, quizá haya que moverla a primera hora, acortarla o modificar recuperaciones. Lo inteligente no es resistirse al entorno, sino integrarlo.
Puedes aclimatarte al calor, a partir de los 5 días ya empiezas a notar mejoras, y entre 7–14 días de exposición progresiva mejora la sudoración, el volumen plasmático y la tolerancia térmica. Como regla básica intenta realizar rodajes suaves de 30-45’ los primeros 3-4 días. Después se puede aumentar la duración hasta 45-60 minutos. Cuando veas que el cuerpo ya responde mejor, se recupera antes y no sufre tanto, ya tiene sentido introducir bloques moderados o sesiones algo más exigentes. La alta intensidad no es la prioridad del inicio.
Usa el entorno con estrategia:
- corre con sombra
- circuitos con fuentes
- ropa transpirable
- gorras ligeras
- pausas breves para refrescarse si la sesión lo exige
Usa la técnica del precooling:
- ponte hielo
- prepárate una bebida fría
- tírate agua sobre la piel
- quédate en la sombra mientas esperas para competir.
Estas estrategias reducen la temperatura corporal inicial y retrasan el estrés térmico.
Y al terminar el entrenamiento, busca bajar la temperatura corporal, mojándote la cabeza o la nuca, usando agua fresca, sal del sol justo al terminar el entrenamiento, …todo esto ayuda a reducir gran parte de la carga térmica.
Hidratación
Tenemos que ser muy conscientes que la hidratación es muy importante, pero también que igual de malo puede ser que sobre hidratarte (hiponatremia), como deshidratarse. Por lo tanto, lo óptimo es la individualización, ¿y cómo saberlo? Pues muy sencillo, calculando tu tasa de sudoración.
- Paso 1: Pésate justo antes de entrenar, idealmente sin ropa y después de haber pasado por el baño. (PI)
- Paso 2: Pesa tu bidón antes de salir. Registra los mililitros exactos que ingieres durante la sesión. (B)
- Paso 3: Si orinas durante la práctica, debes estimar ese volumen (si no, equivale a 0). (E)
- Paso 4: Al terminar el entrenamiento, sécate el sudor y vuelve a pesarte sin ropa. (PF)
- Paso 5: Registra el tiempo total de entrenamiento
Fórmula: Tasa de sudoración ((L/h) = (PI – PF) + B – E)/Tiempo
Ejemplo práctico: Si pesas 70 kg al inicio y 69 kg al final, perdiste 1 kg (1000ml) . Si bebiste 500 ml durante una sesión de 60 minutos (1), el cálculo sería: (70.0 – 69.0) + 0.5 – 0 / 1.0 = 1.5 L/hora.
A partir de perdudes superiores al 2% del peso corporal, el rendimiento y la tolerancia al esfuerzo suelen deteriorarse clarament. Para el atleta del ejemplo (70 kg), cruzar esa línea roja (1.4 kg) tras hora y media a una tasa de 1.5 L/h haría que su rendimiento cayera en picado.
En resumen, intenta hidratarte bien en entrenamiento de hasta 60 minutos y cuando pases de este tiempo planifica la ingesta de agua y sales para que tu cuerpo funcione de la mejor manera posible. El sodio (500–1000 mg/h en calor) mantiene el volumen plasmático y frena la deriva cardiovascular.
¿Quién debería prestarle más atención a este punto?
Si sudas mucho, dejas marcas de sal en la ropa o tiene antecedentes de calambres asociados a grandes pérdidas de sudor y esfuerzos largos, aquí una bebida con electrolitos o una estrategia específica puede tener mucho sentido. Pero una vez más, individualización es la mejor estrategia.
Golpe de calor, un riesgo real
El golpe de calor por esfuerzo no es lo más frecuente en corredores recreativos, pero el riesgo existe y no conviene banalizarlo. El paso previo no siempre llega de forma dramática. A veces empieza con una caída brusca del ritmo, sensación de descontrol, mareo, escalofríos pese al calor, náuseas, descoordinación o confusión.
La regla es sencilla:
Si el cuerpo deja de responder de forma normal, no tienes que aguantar el entrenamiento un poquito más, tienes que parar, buscar sombra, enfriar, hidratar si es posible y valorar asistencia. También hay factores que multiplican el riesgo: falta de aclimatación, haber empezado ya deshidratado, encadenar días de carga alta, dormir mal, correr a horas de máxima radiación, o salir con la idea de que el calor no me afecta.
¿Qué pasa en una carrera?
Revisiones amplias en fisiología del ejercicio han mostrado que el calor reduce rendimiento en pruebas de resistencia incluso en atletas entrenados. El ritmo que puedes sostener disminuye, si hablamos de maratón, sabemos que el rendimiento óptimo está aproximadamente entre 8 y 12 grados. Por encima de esta temperatura se pierde alrededor de un 0.2 a un 0.4% de velocidad por cada grado.
Pongamos un ejemplo, si tu objetivo es 3h30, estás corriendo a 5:00/km. A 20 grados, el ritmo realista pasa a ser aproximadamente 5:08–5:12/km (Tiempo final de 3h36 a 3h40). A 25 grados, el ritmo se va a 5:12–5:18/km (Tiempo final de 3h40–3h47)
Así que estudia bien tu próxima carrera si vas a tener condiciones de calor, esto te ayudará a no frustrarte y a evitar un muro importante durante la carrera.
Conclusión
Se puede entrenar con calor, sí, pero es importante conocer cómo responde tu cuerpo, qué hidratación necesitas y adaptar los ritmos a las condiciones ambientales.
Tips de entrenadora:
- Elegir bien la hora, madrugar reduce de forma notable la carga térmica.
- Hidratación: importante, pero individualizada. Llegar bien hidratado, no intentar compensarlo todo durante la sesión.
- Usar el entorno con estrategia.
- Precooling y enfriamiento.
- Progresión: Días 1–3: 30–40′ suaves en ambiente caluroso; Días 4–7, 45–60′ suaves; Días 8–10, Introducir intensidad moderada
- Asume que el calor cambia el entrenamiento. No te empeñes en defender ritmos de invierno en pleno verano.
- Usa más el RPE y la frecuencia cardíaca.
- Para ante las señales de alarma: mareo, escalofríos, náuseas, confusión o disminución brusca del rendimiento, no es negociable, te estás jugando la salud.












