Lances y percances de un trotapedales

De cómo una curva hizo mudar senda a un andante sobre dos ruedas

Foto de archivo de ese trotapedales, que gusta de parar en cada mirador y tomar café en cada plaza.
Foto de archivo de ese trotapedales, que gusta de parar en cada mirador y tomar café en cada plaza.

He aquí una entre las múltiples historias de quienes acuden a una marcha popular cicloturista, la de un enamorado del ciclismo desde la niñez que no poseyó bici de carretera hasta bien entrado en eso que llaman madurez. Un tipo al que otros deportes y guiones vitales alejaron del hábito ciclista hasta que tuvo ocasión de viajar a pedales, deleitándose con el paisaje y departiendo en tabernas con el paisanaje. Alguien a quien nunca se le pasó por la chola hacer entrenos planificados hasta que una especie de cortocircuito cerebral le indujo a pensar que con ello podría obtener bonitos aprendizajes.

Experimento pedalista

Sucedió que, tras mucho negarse, se animó a comprar el aparatito ese (¿ciclocomputador se dice?) que casi todo quisqui globero y no globero coloca en el manillar, por ver qué le podía aportar. Cierto fue, que, cual si fuera una señal, el mismo día que el envío postal del aparatito llegó, fue diagnosticado al destinatario un esguince de ligamento por haber metido los esquís en el montón de nieve que no debía. Ahí quedaron en barbecho él y el juguetito, hasta cuando, con la rodilla ya saltarina, lo desempaquetó temiendo que hubiera perdido incluso la garantía. Para su suerte o desdicha, funcionaba. Otro cantar era aprender a darle uso, pero en ello se empeñó. Ese tío que no tenía repajolera idea de cómo se comportan las pulsaciones frente a rampas y arreones, se puso un pulsómetro y comenzó a indagar cómo entrenar con algo de cabeza y a escuchar dialécticas acerca de qué ocurre en el metabolismo cuando uno entrena. Cosas tan sencillas como que cuando se va en “zona 2” se incrementan mitocondrias…, ¡toda la vida yendo despacio por el mundo adelante sin saber que provocaba semejante cosa! Él, un fulano de borrosas letras puras —latín y griego en el instituto— que siendo pipiolo supo de biología poco más que lo que vio en algún episodio de aquellos dibujos animados titulados “Érase una vez… la vida”. Él, para quien el concepto de “numeración de zonas” evocaba si acaso la división urbana y concéntrica de Londres (adonde en un interludio universitario fue a limpiar habitaciones), empezó a cogerle gusto a eso de descubrir algunos porqués del comportamiento de su cuerpo, sin que las chanzas de varios amigos, arguyendo que eso de mirar datos no era para él, le disuadieran.

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Si de esa guisa hacía rutas de punta a punta de España, con razón sus amigos con él chanceaban.

Una inopinada mañana se vio inscrito a una prueba con etiqueta de Gran Fondo y oyó no sé dónde que si no se la tomaba un poco en serio, sería obsequiado con un lindo calvario. Había tanteado alguna marcha de índole más íntima, y decidió plantarse en un sarao de esos a los que van miles de cicloturistas (y ciclistas equipados con todo lujo de detalle, de uña de pie a pelo de ceja). En fin, a trancas y barrancas fue medio entendiendo cómo ajustar ritmos, y así, con plátanos a bordo del maillot se plantó en el Pirineo oscense para participar en un famoso evento con la etiqueta mencionada (y apelativo de ave rapaz carroñera), logrando mitigar el susodicho calvario a su manera. Y sentado en una acera apenas cruzada la meta, exclamó: “Vale, ya lo hice y contento estoy, pero a esto no vuelvo yo ni loco”; si bien, otro mengano más experimentado que también acababa de pisar meta, le soltó: “Eso no lo digas ahora, espera a mañana o a pasado mañana”. Aquel pepito grillo con culotte sobre bordillo sabía bien el secreto que le confiaba.

 

A por arterias de la Sierra Norte

Al año siguiente, el de 2026 mismamente, una propuesta surgió junto con un primo suyo, otro bendito zumbado de la bici a su estilo: apuntarse a la “Marcha cicloturista Sierra Norte Pueblos con vida”. La propuesta incluía una invitación a poner en práctica lo que hasta la fecha eran precisiones ajenas al protagonista de esta diminuta historia. O sea, tener estudiado en qué momento comer, cuánto beber, cómo interpretar distintas variables numéricas durante la preparación, etcétera. La víspera de la prueba ahí estaba el tío, báscula de cocina en mano, cortando pedacitos de dulce de membrillo y envolviéndolos con papel de aluminio (eso de los geles energéticos… ¡A tanto no había llegado!). Intentaba visualizar una hipotética estrategia que pudiera acercarle a un tiempo total de cinco horas; y digamos que, siendo el recorrido de 143 km y 2.900 de desnivel, no era poco pretender un novato como él (más realista parecía esa marca, como a la postre se vería, para su más cuidadoso primo). Además porque alguien que vive en un vértice del Páramo leonés no concibe tanta extensión de tierra sin siquiera un tramo llano de carretera, vicisitud de esa área montañosa madrileña y guadalajareña. A ese escenario, de orografía tan hostil como divertida, se presentaron, sí.

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Ahí está el paisano leonés —dorsal 51— junto a su primo instantes antes de la salida.

Partiendo de Buitrago del Lozoya, la marcha disponía pasar por trece municipios y coronar, por este orden, puertos como Campadales, La Hiruela, Matachines-La Fragüela y La Puebla. Orientada a combinar deporte, turismo y desarrollo rural dando visibilidad a los pueblos de la comarca, la iniciativa esperaba elevada participación, con ciclistas llegados de variados puntos de España y de otros países. Estos dos primos eran viva voz de esto: nuestro humilde protagonista vino desde León y su primo desde Lisboa.

Salida… y detención

La salida neutralizada controló inicialmente a los purasangres ansiosos por subir dígitos en el potenciómetro, pero en el primer puertito el pelotón se estiró súbitamente. El primo llegado de Lisboa fue listo y replegó bielas, pero el llegado de León se despistó y se calentó. En algún momento de ese repecho miró de reojo al aparatito de su manillar y ponía 160 pulsaciones por minuto, cuando la vez que más alto número le había visto era 168 ya con el corazón como queriendo asomarle por la gorja. Conclusión: ir tan fuerte recién empezada la marcha, craso error. La primera curva de la posterior bajada apareció inesperadamente (¡no hay derecho, cómo iba a esperar él en sierra tan sinuosa esa curva tan cerrada de repente…!). ¿Cómo es posible que, habiendo frenado a conciencia antes de cogerla, se la comiera?, se preguntaba. No podía entender —buen bajador habitualmente él— lo que pasó en una fracción de minuto en la que el encuentro físico con el guardarraíl se reveló insalvable. Días después lo entendió.

Resultado: mucha suerte, todo saldado con el soporte del ciclocomputador cascado (aparatito inutilizado), un porta bidón arrancado, maillot rasgado, planificación desvanecida, heriditas de poca enjundia y mano izquierda dañada gracias a que supo apoyarse con fuerza y evitar que otras partes del cuerpo fueran peor paradas. Dato científico: cuando el corazón bombea con celeridad, el cerebro recibe menos oxígeno, ya que los músculos demandan más cantidad de sangre; se pierde finura, los reflejos disminuyen, la visión periférica se estrecha y es más fácil cometer un error de trazada. Dato oficial: una simple curva recordó que el ciclismo puede contemplar velocidad, inercia, aerodinámica y diferentes miradas al asunto de la fuerza de gravedad, pero la madre de todas las madres del pedalear es y será siempre, como en la vida, el equilibrio. El equilibrio en todos sus sentidos.

Seguir o no seguir, esa es la cuestión

Unas gotitas de sangre salpicando botines no suelen achantar a quienes aman el ciclismo, son gajes de su pasión. Otra cosa, en este caso, era el dolor de la mano izquierda, que nuestro hombre notó al retornar a la bicicleta y que presagiaba lesión; por eso, cuando su primo le alcanzó, le dijo que tirase sin él, que iba a tener que abandonar. Sin embargo, superado el primer impulso de claudicar, decidió apretar glúteos y encías, y continuar.

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Subiendo La Hiruela, entre la resignación y aceptación de sufrir más que gozar el panorama.

La rueda delantera, vibrando nerviosa por el impacto, le inquietaba, pero siguió avanzando a ver cómo todo el asunto evolucionaba. Gente querida estaría en una acera para animarle en la coqueta localidad de Pradena del Rincón, oportunidad servida para echar pie a tierra. Sin embargo, para sorpresa de estos camaradas a pie de pista, se detuvo para dejarse dar algún mimo y regresó a los pedales; aunque no muy convencido ante tanto atenuante. El siguiente punto de inflexión era un puesto de avituallamiento. Y ahí, contémoslo todo, no solo era importante el acto de proveerse (el membrillo pegajoso entre aluminio se demostró plan falto de brillantez), sino también el acto de evacuar. Sería injusto ocultar que, tras el canguelo y estrés de un choque contra el quitamiedos, al cuerpo le puede dar por aumentar la movilidad intestinal. No sería correcto hacer elipsis de cuestiones trascendentales, ya que si no la hizo de avatares similares aquel genio entre los genios que narró las glorias y miserias de Don Quijote y su escudero, no lo habrá de hacer quien a duras penas se esfuerza por contar los apuros de un pedalandante. Afirmaremos, por tanto, que aligeró peso en una providencial cabina habilitada para este tipo de trances, y no solo porque, por puro cabreo, dejara en ella abandonado el chaleco cortavientos. Sea como fuere, salió de aquel humilde y santo templo más liviano, y se llegó a un voluntario a pedirle que le abriese el bidón superviviente (con una sola mano hábil, abrirlo él no podía) y se lo rellenase.

Aceptación y hasta donde uno pueda

Había comenzado otra carrera: la de pelear por conseguir llegar a la línea final. Con la mano diezmada no podía frenar ni accionar el cambio sin bastante dificultad. Procuró verlo por el lado bueno: quizá algún duende de esos bosques le alumbró, haciendo que se cayese en la primera culpa del primer descenso y que se viese obligado a afrontar las demás cuestas y tachuelas con la precaución de quien solo aspira a utilizar el freno trasero y necesita pasar suavemente, sin poder alzarse del sillín, todo bache, badén, socavón o adoquín.

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Con las consabidas circunstancias, pocas cosquillas hacían los descensos.

Adelantemos acontecimientos para no extendernos y anotemos que, pasado cada sube y baja con una pizca de tesón y mucha paciencia, cumplió consigo mismo y completó la prueba; charlando con su mejor talante aquí y allá, hasta alcanzar afablemente a los enfermeros de la ambulancia ubicada en la meta. Podríamos dar más detalles del restante pedaleo, pero los obviamos, porque lo relevante no está en ellos —no son otra cosa que esa suma de dolor y placer que a menudo nutre al ciclismo—, sino en la enseñanza de ese proceso, mucho más edificante que cualquier puñado de segundos limados al cronómetro en un puerto o cambio de rasante. Se podría decir con más profundidad, pero la base de su reflexión en ese proceso resultó esta: ¡Que nunca se te ocurra olvidar que para disfrutar no necesitas arriesgar!

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En meta, primero visita a la ambulancia y luego al puchero, con buen humor, el mejor condimento.

El chip indicó 5 horas y 20 minutos. Esa fue la anecdótica marca de quien hubo de retornar a un ciclismo donde el tiempo es relativo y en el que lo que cuenta es prestar plena atención al camino. Ese tiempo es la crónica de quien volvió a pausarse para hablar con la gente, a mirar al escenario detenidamente. Aderezada con fotos de un socio llamado Marco y de Cano Fotosports, quiere esa crónica dedicarse a Ismael López Aparicio, inspirador de inspiraciones, fuente de coraje y sabiduría que justo un año antes de esta Marcha Sierra Norte recibiera un homenaje de muchos amigos (Reto Pedales por Isma), entre los que estuvo el desmañado artífice de estas andanzas descritas. Sirva la fuerza de Isma para poner rúbrica valiosa a las palabras de este amago de cronista.

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El desmañado protagonista de esta crónica está deseando volver a sus andanzas cicloviajeras.

Apostilla: La doctora de Urgencias evaluó daños e inmovilizó provisionalmente el antebrazo al trotapedales, a la espera de la valoración de un especialista. Viendo la escayola de regalo, a él le sobrevinieron arrebatos de vender la bici de carretera y no volver jamás a una de estas. Pasados unos días, ya valora el regresar a esos rincones en 2027, la historia que torna y torna. Sin duda, puede que lo haga, siempre que sea acompañado de la templanza, al igual que cuando viaja. Distintos modos de vivir la bici son compatibles, pero para sus adentros no deja de repetirse que en todos ellos subyace la esencial clave ya citada, el equilibrio.