El desafío solidario del mar de Alborán

Tres días y medio de travesía ininterrumpida, con nada menos que 102.565 paladas solidarias y casi 260 km de por medio para contribuir con Cruz Roja
Carlos Toro -
El desafío solidario del mar de Alborán
El desafío solidario del mar de Alborán

Prácticamente no hay día que alguna persona se deje la vida en el traicionero mar de Alborán por cumplir su sueño de una vida más digna. Desde Toro SUP quisieron poner su granito de arena, sensibilizar a la sociedad y contribuir económicamente con el equipo de emergencias de Cruz Roja, cruzando desde Málaga hasta Melilla sobre una tabla de paddle surf para recaudar fondos, una empresa nada fácil. Esto es lo que pasó en tres días y medio de travesía ininterrumpida, con nada menos que 102.565 paladas solidarias y casi 260 km de por medio.

El infortunio inicial

  • ¡Hola Juancar! Espero que ya estés llegando a puerto… ¿cómo te pillo?
  • Mal, en una ambulancia…

Esta fue la breve conversación que mantuve con el patrón del catamarán que al día siguiente había de acompañarnos en el Desafío Solidario Mar de Alborán que llevábamos preparando desde hacía aproximadamente un año y medio.

A unas veinte horas de la salida nos quedábamos sin patrón y sin barco de apoyo, por lo que era imposible afrontar aquel reto que consistía en cruzar desde Málaga hasta Melilla sobre una tabla de paddle surf para recaudar fondos en favor de Cruz Roja. Afortunadamente el amago de infarto que sufrió nuestro amigo Juan Carlos García se quedó en un susto.

Todo parecían señales para que no saliéramos, varios miembros del equipo se habían ido quedando fuera por diversos motivos, los dos primeros intentos de salida tuvieron que ser cancelados por el significativo empeoramiento de las previsiones meteorológicas, había material que no terminaba de llegar y ahora teníamos que buscar un nuevo barco y dos patrones para que nos sirvieran de apoyo en esas teóricas 122 millas náuticas que recorreríamos desde Málaga hasta la Isla de Alborán y, desde allí, hasta Melilla.

Como rendirse no era una opción, hicimos todas las gestiones posibles en esas últimas horas, nuestro amigo Ángel Medina, regatista profesional, asesor técnico y elemento imprescindible en la organización del Desafío, tiró de toda su agenda pero era demasiado precipitado y la mayoría de los barcos que podían realizar esta travesía en alta mar estaban en uso en esos días. Finalmente, Daniel y Fernando nos cedían su velero Fénix de 48 pies para salvar la situación in extremis. Ya sólo quedaba despedirnos de la familia y embarcarnos al día siguiente, jueves 26 de julio de 2018.

La aventura es imprevisible

A la tercera iba la vencida, pese a las dificultades de toda índole, pese a aquellos que no creyeron que tan siquiera pudiéramos estar en disposición de salir, pese a las trabas administrativas que se fueron salvando con buena voluntad y muchos requerimientos cumplidos, pese a que el viento hacía de trilero con las previsiones que nos facilitaban los profesionales de AEMET, apareciendo cuándo y dónde no le esperábamos, pese a todo, el jueves 26 cargábamos comida, agua y material para pasar en el Mar de Alborán los días que fueran necesarios hasta completar nuestro Desafío.

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En nuestra planificación más optimista, estaríamos llegando a Melilla en algún momento del domingo 29, pero el mar es imprevisible y mucho más el Mediterráneo en esas latitudes. La aventura también lo es, sobre todo cuando nunca antes se ha intentado.

Todo tenía un sentido

Hacía aproximadamente 18 meses que me sentaba con mi hermano Paco a contarle la idea que rondaba por mi cabeza desde hacía tiempo. “Crucemos de Málaga a Melilla paleando sobre nuestras tablas de paddle surf…” En su cara y en sus palabras, la reflexión serena de un hombre cabal, dudas e incertidumbres y un imposible por adelantado, a sabiendas de que no me iban a frenar. Me conoce mejor que nadie y sabía que no cejaría en mi empeño y sólo el fracaso propio podría convencerme de que no se podía hacer.

Todo tenía un sentido en esta aventura. El cruzar un Mar en el que fallecen cientos de personas intentando buscar una vida que no pueden tener en sus países de origen y hacerlo para recaudar donativos en favor de quienes asisten a dichas personas, daba ese sentido que muchas veces persigues en los retos que te planteas y que no siempre terminas de encontrar.

El hacer el recorrido pasando por la Isla de Alborán suponía hacer un pequeño homenaje a la Armada Española, permanentemente destacada allí en funciones de salvamento y control marítimo que pocas veces se conoce y reconoce. El cruzar de un continente a otro por la parte ancha del mar y no por el Estrecho, para unir dos ciudades hermanas como son Málaga y Melilla.

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Rema, rema y rema

Eran las 11:45h del jueves 26 de julio de 2018 cuando nuestra Mistral Interceptor 17’6 se posaba sobre el agua frente al Real Club Mediterráneo de Málaga para iniciar el Desafío. Me subí de un salto y sólo miré hacia atrás para despedirme de mi hermano y mi compañero Juanlu que me acompañaron hasta la playa.

Ya no apartaría mi mirada del rumbo que tantas veces había grabado en mi mente y ahora seguiría sin dudar, 125 grados, directo hacia la Isla de Alborán. Dejé mi mochila de hidratación en el barco de apoyo con el convencimiento de que me alcanzarían pronto, pero me equivoqué y ya no me separaría de ella en todo el Desafío.

Tras la presión sufrida en los últimos días, todo lo que deseaba era empezar a remar sobre la tabla y eso es lo que hice con gran intensidad y con la esperanza de avanzar todo lo posible en esas primeras horas en previsión del viento que nos esperaba más adelante. Cuando se cumplió en mi reloj la primera hora de travesía ya no aguantaba más la sed y estaba a punto de tomar un sorbo de agua de mar para, al menos, refrescar la garganta. No lo hice.

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A los diez minutos escuché un “¡Ánimo Carlos! ¡Por fin te encontramos!” procedente de una embarcación semirrígida que había visto acercarse rápidamente. Era la zodiac de salvamento de Cruz Roja, me dijeron que el Fénix había dado la voz de alarma porque me habían perdido. Les pedí un poco de agua y esperamos a que nuestro barco de apoyo avanzara hacia aquel punto.

Dado que no llegaban y una vez hidratado, continué a buen ritmo hasta completar mis dos primeras horas de paleo. Subí al barco y Manolo, el mayor de los dos patrones, me confesó que no creía que pudiéramos avanzar tan rápidamente sobre una tabla de paddle surf ni que fuera en el rumbo directo. “Eres una paloma mensajera”, me dijo antes de explicarme que al salir de puerto y no divisar mi figura, me habían buscado mucho más pegados a la costa de lo que realmente estaba.

Para este primer día habíamos planificado un primer relevo de dos horas para cada uno de los tres palistas y un segundo relevo de hora y media. Al poco de saltar a la tabla mi compañero Juan Luís Torrecillas, vimos acercarse rápidamente a la patrullera de la Guardia Civil, cuando estaban a unos diez metros de nuestro velero y tras saludar como corresponde a los usos y costumbres de la mar, el patrón de la patrullera salió del puesto de mando para espetarnos con una pregunta directa: “¿Cómo andamos de papeles?”, a lo que respondí: “¿papeles aquí?, ¡menos que una liebre!”.

En los dos segundos siguientes, nuestro patrón me fulminó con una mirada entre sorprendida e incrédula, hasta que saludé con familiaridad a mi amigo Miguel, al mando de la patrullera. Al conocer de nuestra partida y haciendo su recorrido habitual, se acercaron a desearnos suerte en nuestro Desafío. Tras charlar brevemente de barco a barco, nos obsequiaron con una gorra a modo de amuleto y se despidieron deseándonos la mejor de las suertes en nuestra travesía.

Juanlu, ajeno a todo lo anterior, paleaba a buen ritmo sobre la tabla en su primera toma de contacto con la Interceptor 17’6 en alta mar. Con las fuerzas intactas, la motivación por las nubes y unas condiciones de mar y viento que nos permitían avanzar a una media superior a los 6 km/h, no pensábamos en otra cosa que ganar distancia ahora que todo parecía estar de cara. Así lo hizo también Carlos Rumbado, que relevó a Juanlu bajo la atenta mirada y con la ayuda de Dani, nuestro buzo de rescate.

Esta primera jornada se estaba dando mejor de lo previsto. En la segunda ronda de relevos remaríamos durante hora y media cada uno, sacamos velocidades medias por encima de los 8 km/h en un mar que nos dejaba navegar con corrientes y vientos laterales que en ocasiones favorecían nuestro esfuerzo.

Conforme nos adentrábamos mar adentro, el color del agua se tornaba de ese azul oscuro intenso que proporciona la profundidad. En un lugar indeterminado de nuestro recorrido el agua pasó a tener un extraño color marrón casi negro, había un cruce de corrientes y una gran columna de nutrientes se alzaba desde la profundidad.

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Esa era una buena zona para poder observar vida marina, pero hasta el final de aquella tarde no se daría ese encuentro. Una vez que atravesamos aquella área, volvíamos a navegar con casi 900 metros de agua bajo nuestra tabla. Más adelante cruzaríamos zonas con profundidades superiores a los 1800m. El Mar de Alborán esconde una gran cordillera bajo sus aguas.

Al caer la tarde, durante el último relevo del día, se produjo un momento mágico que Rumbado tuvo la fortuna de vivir sobre la tabla. Un numeroso grupo de delfines se acercó nadando velozmente a la proa de nuestro barco, rodearon curiosos la tabla que navegaba junto a nosotros, saltaban enérgicamente, casi los podíamos tocar mientras nadaban sin esfuerzo yendo y viniendo hacia nosotros.

La emoción de terminar una dura jornada de paleo se acrecentaba con los saltos de los juguetones delfines y hacían que esas últimas paladas del día fueran inolvidables tanto para Rumbado como para los que contemplábamos su estampa recortado contra el tibio sol que se ocultaba.

Y llegó la noche

Nuestros cálculos nos situaban a unos 70km de la costa malagueña. No estaba mal para una jornada que empezó tarde. A esa distancia se ven aún las luces de la costa, se aprecian los núcleos urbanos, pero si miras mar adentro sólo ves el brillo de la luna en la irregular superficie que forman las olas.

Tras una estupenda cena y una buena charla con todo el equipo de a bordo, los patrones se quedaron a los mandos del Fénix con la misión de navegar en círculos durante la noche para comenzar por la mañana en el punto marcado en el GPS como el último de la jornada anterior. Los tres remeros nos despedimos del resto de la tripulación y bajamos a descansar en los “camarotes” de popa.

En mi caso, el espacio compartido con Juanlu era bastante reducido, tumbados bocarriba y hombro contra hombro intentamos conciliar el sueño. Estábamos cansados y todo se movía allí abajo, difícil parecía no dormir, pero lo conseguimos muy a nuestro pesar.

Como el velero no podía quedar al pairo, el motor no dejó de funcionar durante toda la noche y en la desesperación de no poder dormir, comprobé al abrir un pequeño armario que lo que había tras la portezuela era ese motor rugiendo a escasos treinta centímetros de nuestras cabezas. Rumbado y Dani, en el “camarote” junto al nuestro, escoltaban al dragón que no dejó de rugir.

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Había que llegar hasta la Isla

Dada mi facilidad para quedarme dormido en casi cualquier circunstancia e incomodidad, pocas veces en mi vida he pasado una noche completa sin dormir unos minutos por mucho que lo intenté. Poco después de las siete me estaba preparando para saltar al agua a realizar el primer relevo de un día que era crucial para completar el Desafío con éxito.

Igual que durante la noche, soplaba viento de poniente y teníamos una ola de unos setenta u ochenta centímetros que hacía difícil mantener la compostura sobre la tabla. En estas condiciones y con algo de frío, comencé con ánimo y fuerza el que sería mi mejor relevo del Desafío. Por momentos el viento soplaba a favor y conseguía palear sin grandes desequilibrios pese a las olas.

Al cabo de las dos horas de paleo intenso había recorrido 17 km y mi cuerpo pedía comer y descansar. Mientras Juanlu superaba mi velocidad media previa, yo recibía un reparador masaje de manos de Isabel, nuestra fisioterapeuta a bordo y gracias a la que pudimos recuperar la musculatura entre relevos. Conforme avanzó la mañana, el viento cayó en intensidad y eso hizo disminuir la ola y nuestra velocidad de crucero.

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Algo más de una hora después de entrar al agua, Rumbado se ganó el sobrenombre de “El señor de las bestias” al acudir a su encuentro un nuevo grupo de delfines que surgieron de la nada y que ignoraron nuestra presencia en los dos anteriores relevos. Tras una siesta reparadora, comí algo antes de volver al agua.

Estábamos yendo a un ritmo muy bueno, pero no nos podíamos confiar, nuestra última actualización sobre la previsión de viento había sido a mitad del día anterior y en ese Mar todo cambia muy deprisa. Si no conseguíamos alcanzar la Isla de Alborán al final del día, todo se complicaría mucho dado que para los dos días siguientes la previsión apuntaba a un poniente muy potente que podría hacer peligrar el éxito de la expedición.

Para esta jornada habíamos programado un segundo turno de 90 minutos para cada uno. A mi entrada al agua siguió la desaparición de los delfines que acompañaron a Rumbado, por ahora sólo querían estar con él. Tras seis horas de paleo a mejor ritmo del esperado, nos encontrábamos a unos 25 km del primer punto de tierra al que nos acercaríamos desde que salimos de Málaga.

Pese a la caída del viento, todo se mueve cuando paleas sobre una tabla de paddle surf mar adentro. Hubo de pasar una hora desde mi regreso al agua, hasta poder atisbar un punto fijo en el horizonte, era la Isla de Alborán. A unos 13km de aquel hito en nuestro Desafío, tomó el relevo Juanlu con la garantía de ser él quien alcanzara la Isla ante la atenta y emocionada mirada del resto del equipo.

Primer hito conseguido

El haber alcanzado la Isla antes de lo previsto, nos daba unas cuatro horas más de paleo en este segundo día que estaba siendo tan prolijo en distancia, en esfuerzo y en buenas sensaciones. El primer hito de la travesía estaba superado y toda la tripulación transmitía fuerza y ánimo al que le tocaba palear.

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No sabíamos cuánto tiempo iban a estar de nuestro lado las circunstancias meteorológicas y estábamos dándolo todo en cada relevo para avanzar lo máximo posible. Parecía mentira llegar al final del segundo día con otros 100 kilómetros a nuestras espaldas. A la caída del sol, la imagen de Rumbado se recortaba contra el rojizo horizonte que preludiaba el eclipse lunar que tendría lugar esa misma noche durante una hora y cuarenta y tres minutos.

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Y llegó el mal viento

Por fin conseguimos dormir. El sábado 28 de julio amanecíamos con bastante viento de poniente, de hecho, no había parado en toda la noche. Sin habernos relajado, sí que comenzábamos el día algo más tarde y con relevos previstos más cortos dadas las malas condiciones.

Desde la primera palada ya avistábamos el Cabo de Tres Forcas, primer punto de tierra firme visible tras pasar la Isla de Alborán. Tras comer algo de fruta y calentar la dolorida musculatura, comenzaba sobre la tabla a las 7:45h con unas condiciones de viento lateral que provocaba una molesta ola e impedía avanzar con facilidad.

Esto sólo era el principio de un duro día de navegación. En este primer bloque de relevos haríamos aproximadamente una hora cada uno. En mi caso apuré hasta los 69 minutos para completar los primeros 7,5 km del día. Cuando subí al barco y Juanlu comenzaba a pelearse con las olas y el creciente viento de poniente, le dije al equipo que nos esperaba una jornada complicada y que tendríamos que intentar acelerar todo lo posible en ese inicio de la mañana para pegarnos cuanto antes al Cabo de Tres Forcas en busca de refugio del poniente.

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Pero en el mar las distancias juegan malas pasadas y lo que a simple vista parece estar al alcance de un par de relevos, en la realidad se convierten en siete. Y eso fue exactamente lo que nos pasó. Conforme avanzaba la mañana, la bruma inicial se disipaba con el calor y el viento. Frente a nosotros se recortaba la costa marroquí, lo cual nos daba ánimos por la aparente proximidad de su resguardo y a la vez, nos castigaba mentalmente porque nuestra pelea con el viento y las olas, cuya fuerza era cada vez mayor, parecía alejarnos del deseado Cabo.

Mientras remábamos con gran dificultad, el equipo a bordo del Fénix se concentraba en hacer cada uno su trabajo con la mayor eficacia posible. Los patrones marcaban el rumbo al palista intentando mantenerlo siempre a la vista en unas condiciones que no lo hacían nada fácil. Isabel se afanaba en tratar los doloridos músculos del relevista que terminaba su turno.

Ancla perdida

Cuando todo parecía llegar a su fin y después de sufrir bastante durante toda la jornada del sábado día 28, conseguimos fondear el barco. El momento del atardecer en que nos quedamos apenas sin viento fue sólo un espejismo. Tras elegir el lugar y profundidad adecuados, soltamos el ancla para pasar la última noche en el Fénix.

Frente a nosotros, a unos setecientos metros, una pequeña playa donde se distinguían unas tiendas de campaña y un par de fogatas. En la línea de las montañas que se elevaban abruptamente sobre la playa, algún que otro vehículo asomaba sus luces por momentos. Mientras tanto, comentábamos a bordo la durísima jornada y preparábamos una cena a base de ensaladas, pasta y fruta principalmente.

La cerrada noche no había traído consigo la deseada calma. El viento racheado de poniente no parecía tener intención de dejarnos. El cansancio se reflejaba en la cara de todo el equipo, principalmente en la de los tres palistas que habíamos dado todo en cada relevo. Tras charlar y plantear la estrategia para la que debía ser la última jornada, nos retiramos a dormir dejando atentos y preocupados a los patrones en el puesto de mando.

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Eran prácticamente las tres de la madrugada cuando unos pasos acelerados sobre nuestras cabezas, nos alertaron a Juanlu y a mi de que algo no iba bien. Saltamos rápidamente del catre para salir a cubierta y comprobar que Manolo y José María se afanaban junto a Rumbado en recoger la cadena del ancla manualmente.

El motor de arrastre se había roto y la fuerza del viento hacía peligroso permanecer allí por más tiempo. Tras varios intentos fallidos de levar el ancla a mano, tomaron la única decisión razonable en semejante situación, soltar toda la cadena dejando allí el ancla y marcando la posición con una boya para regresar al día siguiente a rescatar el ancla.

En aquellos momentos en los que poníamos rumbo al puerto de Melilla para pasar el resto de la noche, en mi mente sólo había un pensamiento… mañana tenemos que volver y terminar el Desafío como sea. Con el barco ya en marcha y moviéndose con brusquedad por las rachas de viento y las olas, conseguimos descansar unas horas antes de despertar ya en el puerto de Melilla, saliendo hacia Cala Blanca con la primera claridad del domingo día 29 de julio.

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El último relevo

Solo quedaban unos 10km para terminar nuestra travesía. Juanlu y Rumbado habían mostrado nuevamente su gran generosidad acordando que fuera yo el que realizara este último relevo hasta nuestro destino melillense. La emoción de todos los integrantes del equipo era palpable desde el primer minuto del día.

Desayunamos todos juntos, me preparé mientras echaban al agua la Mistral Interceptor y a las 8:00h de la mañana comenzaba a remar con fuerza e ilusión. En el primer kilómetro tuve que palear contra el viento hasta alcanzar la costa y ponerme a resguardo de nuestro principal enemigo en el Desafío. Tras ese esfuerzo inicial, me resguardé en una pequeña ensenada, pude respirar profundamente y descansar unos segundos sobre la tabla.

Veía el Fénix a lo lejos y sabía que a través de los prismáticos habían sufrido conmigo hasta llegar a aquel pequeño refugio. Comencé a palear nuevamente, procurando no perder la cercanía de la línea montañosa de la costa para no quedar expuesto al vendaval que no había remitido en toda la noche. Los pensamientos se agolpaban en mi cabeza y la emoción llenó de lágrimas mis cansados ojos.

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Solo quedaba el último esfuerzo, habíamos conseguido llegar hasta allí y Melilla nos recibía con una comitiva de barcos en la que, entre otros, se encontraba mi familia. Lloré y remé en solitario durante unos minutos. El Fénix no podía acercarse tanto a la costa y yo no podía alejarme de aquel abrigo de viento. Me habría encantado llevar junto a mí a todo el equipo en estos últimos kilómetros, pero era imposible. Aún así los llevaba conmigo, igual que habían estado a lo largo de todo el viaje.

Cuando llevaba aproximadamente una hora de etapa, llegó a mi altura una embarcación neumática que transportaba a Silvia, la cámara del equipo junto a Dani, nuestro buzo de rescate. Pudimos hablar y ya me dijeron que en otros barcos veían mis familiares y autoridades melillenses, además de algunas embarcaciones particulares que se sumaban al recibimiento.

Tal como habíamos acordado y planificado desde los inicios del Desafío, entraríamos los tres palistas juntos en Melilla. A unos tres kilómetros del Puerto de la ciudad se me unirían Rumbado y Juanlu para realizar ese último tramo juntos. Todas las autoridades de la Ciudad Autónoma de Melilla y principalmente el Consejero de Educación, Juventud y Deportes, D. Antonio Miranda, creyeron en nosotros y apoyaron nuestro proyecto desde el principio. Ahora nos lo volvían a demostrar con semejante recibimiento y con el excelente trato que nos dispensarían a nuestra llegada.

Es difícil describir la emoción que sentí al ver acercarse en sus tablas a mis compañeros de aventura. A falta de unos pocos kilómetros podíamos charlar y navegar juntos disfrutando de lo que habíamos conseguido. Estábamos completando un reto inédito, una travesía que dieciocho meses antes sólo existía en mi cabeza, el fruto de muchas horas de entrenamiento, de muchas gestiones con autoridades y patrocinadores, de mucho esfuerzo y dedicación a todos los niveles.

“Algunos decían que estaba loco, pero ¡bendita locura!” … les decía mientras paleábamos tranquilamente junto a las murallas de Melilla, acercándonos poco a poco a la ciudad. Estábamos dando nuestras últimas paladas solidarias, nos felicitábamos mutuamente y agradecía a Juanlu y Rumbado su entrega y su implicación. Ya sólo quedaba superar el fortísimo viento de cara que pegaba al girar en la bocana del Puerto.

Tras ese último esfuerzo, los tres llegábamos juntos al pantalán donde nos recibían emocionados y entre aplausos, familia, amigos, autoridades y algunos melillenses que habían seguido el Desafío.

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El reto deportivo estaba conseguido y la felicidad se reflejaba en nuestros rostros y en nuestros gestos. En el propio pantalán, las autoridades y una responsable de Cruz Roja en Melilla, nos hacían entrega de las banderas de España y de Melilla felicitándonos por el Desafío conseguido.

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Colaboradores necesarios

Creo que ese hecho de que todo tuviera sentido, sirvió de resorte para que todo aquel al que le contábamos el proyecto se uniera al Desafío de una u otra manera.

Así llegaron nuestros patrocinadores principales… Obra Social “La Caixa” aportando 10.000 euros al proyecto patrocinándonos ese mismo número de paladas a través de www.paladassolidarias.com, Navigaport dándonos el apoyo logístico necesario para la travesía, la mítica marca Mistral aportándonos ropa y el material de SUP, incluyendo su tabla Interceptor 17’6, un prototipo del que sólo existe la unidad que nos cedieron desde Mistral International y que producirán en serie a partir de 2019.

A dichos patrocinadores principales le siguieron los institucionales, la Ciudad Autónoma de Melilla, el Ayuntamiento de Málaga y Cruz Roja Española, y los colaboradores que pusieron todo lo que tenían, el Real Club Mediterráneo sus instalaciones para poder entrenar y para presentar el Desafío públicamente, el hotel TRYP Melilla Puerto sus habitaciones para el equipo y familiares, Terral Crossfit preparando a uno de los palistas y dejándonos entrenar con ellos, podofisio.com e Isabel Gómez con sus mágicas manos que consiguieron descontracturar nuestros castigados músculos y Styrpe con sus gafas de increíble calidad y confort.

Aventura y amigos para siempre

Lo bonito de las experiencias sensacionales es compartirlas con gente que las entienda igualmente, los retos deportivos que requieren de meses de entrenamiento y de días para su realización tienen la virtud de unir de una forma especial a aquellos que implican su tiempo y sus vidas en ello.

Los vínculos que surgen con el sufrimiento compartido, no se generan de ninguna otra forma y la amistad que se crea viviendo situaciones límite resultará ser inquebrantable. Admiro profundamente a los aventureros en solitario y a veces pienso en algún que otro desafío en autonomía y soledad, pero el éxito o la derrota son mucho más dulces cuando las compartes con verdaderos amigos.

Hago mías las palabras de mi buen amigo Ángel Sevillano, alpinista experimentado, aventurero y multideportista, siempre ha tenido claro que lo importante cuando te enfrentas a una montaña es, por este orden: 1º) Volver a casa, 2º) Volver con amigos y 3º) Hacer cumbre. Llegar a Melilla no era lo más importante en este reto, pero nos hacía tanta ilusión alcanzar esa cumbre.

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