Ciclismo con alma de lago

Te proponemos un sugerente recorrido por la región de Lombardía con el cantón suizo de Tesino, una placentera pedalada entre los cautivadores paisajes de los entornos de los lagos de Lugano y Como.
Óscar Falagán -
Ciclismo con alma de lago
Ciclismo con alma de lago

Otoño en bicicleta

¿Que se nos ha ido el verano? ¡Qué importa! Amamos el deporte, amamos la naturaleza, amamos la bicicleta…, estamos de suerte. Temperaturas más suaves, colores más vivos, escapadas siempre gustosas. Mil y una ruta nos esperan. Vayámonos en esta ocasión al confín del norte de Italia, concretamente al de la región de Lombardía con el cantón suizo de Tesino. Ubiquémonos: vamos a estar dándonos una placentera pedalada entre los cautivadores paisajes de los entornos de los lagos de Lugano y Como, muy cerquita de Milán (lo que facilitará las conexiones aéreas), pero a suficiente distancia de una gran urbe, para poder disfrutar del aire puro de las zonas montañosas que rodean a estos plácidos mares de agua dulce. Ciclismo con alma de lago

Aperitivo con vistas al lago de Como

Una grupetta internacional

No sabe igual la pizza sin mozzarella ni el ciclismo sin grupetta. La mía en estos días (la grupetta, que pizza no habrá en los ricos y variados menús), está formada por varios periodistas de diferente nacionalidad. Compañeros de Alemania, Inglaterra, Australia, Holanda, y de diversos medios de Italia. ¡Qué fortuna poder fusionar ciclismo y periodismo, pasión y profesión! Ahí estoy yo, de representante español, lo cual, entre comunicadores amantes de la cultura y el deporte, tiene sus benditas connotaciones. Salen a colación sutilezas como que España acaba de ganar el Mundial de baloncesto, Rafa Nadal el US Open, Marc Márquez arrasa en motociclismo… Si, ya sé que estamos a hablar de ciclismo, pero es que a los que nos gusta el deporte, nos gusta todo el deporte. Pero no nos desviemos, grupetta: ¡al sillín de la bicicleta!

Ciclismo con alma de lago

Elli, guía ciclista y buen anfitrión

Pedales culturales por la Suiza italiana

Hay en la zona rutas para dar y tomar, itinerarios estupendos de mountain bike y de carretera. Más vale, eso sí, que te guste subir cuestas, porque alrededor de los lagos, hay poco llano, sólo el que encuentras si pedaleas justo por la orilla del agua. Ciclismo con alma de lago

Solo por las vistas ya vale la pena subir cuestas

Tras ser acogidos fenomenalmente en el Resort & Beach Parco de San Marco, al pie del lago de Lugano y muy cerca de la frontera suiza, estamos listos para pedalear. El lugar que nos hospeda se encuentra en la italiana lista de Luxury Bike Hotels, así que, en materia de profesionalidad y atención al ciclista, estamos muy bien servidos. En la primera de las jornadas nos dedicamos al lago de Lugano, con bicicletas de montaña, por senderos que acarician el lago y otros que escalan algún monte. El plan nos ofrece, además, un acercamiento a lugares pintorescos y culturalmente enriquecedores. Visitamos, por ejemplo, la casa donde veraneaba el escritor Antonio Fogazzaro. El lugar es pura poesía, como la que escribía quien fue su dueño. Cuando uno entra y siente el silencio, sólo invadido por el rumor del lago y el sonido de los péndulos, uno piensa: “normal que se inspirase aquí para escribir obras tan impresionantes como Piccolo Mondo Antico.”

Pasamos la aduana suiza, nadie nos pide documento alguno. Ecco el cantón de Tesino, una Suiza donde se parla italiano. Tienen aquí su propio dialecto, de origen lombardo —pues la zona perteneció al Ducado de Milán—, aunque sea el italiano (el instituido en toda Italia) el que haya ganado la oficialidad. Conozco un poco la zona, en 2011 estuve trabajando en el Festival de Cine de Locarno; cuando aparece la mujer que nos hace un recorrido guiado por la ciudad de Lugano, identifico los colores de su paraguas: son los del leopardo, símbolo de ese festival en que las películas ganadoras vencen el leopardo de oro. Hemos pasado la aduana en bicicleta y regresaremos a Italia en barca, por una imaginaria frontera acuática. Eso sucederá después de un recorrido rematado con una buena comida tradicional de la región, una nutriente carne guisada con polenta, bañada con vino local, servido en tazas al estilo de las cuncas gallegas. El lugar se llama “Descanso” (tal cual, en español), pues tuvo dueños que emigraron a Argentina y en su jubilación, volvieron ahí a eso, a descansar. Desde luego, la ubicación rebosa paz. A ella se llega o bien en barca o bien andando, o bien echando las bicis al hombro en algún tramo. El dueño del restaurante nos enseña una de las bodegas donde los habitantes de la región guardaban los alimentos durante la Segunda Guerra Mundial (“¡Suiza neutral, pero la comida había que guardar!”); hay varias cuevas de esas en los alrededores. Con la panza contenta, nos vamos a la barca; al día siguiente espera una jornada que ansío, en la que sondearemos tramos del Giro de Lombardía, uno de los llamados cinco Monumentos del ciclismo internacional.

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Aquí se siente el ciclismo de una manera especial

Los recorridos son exigentes, varios de mis compañeros optan por disfrutar del paisaje con bicicletas eléctricas. A gusto del consumidor. O mejor dicho en este caso, a gusto del reportero en cuestión. Yo lo tengo claro, quiero sudar un poquito más y llegar, con ese buen apetito que la bicicleta da, para los deleites gastronómicos que la ocasión, sin duda, brinda. Gracias a Como Lago Bike, tenemos un guía de lujo: Alberto Elli, ciclista profesional entre 1987 y 2002.

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Falagán entre Luca Molteni y Alberto Elli, al fondo el maillot amarillo de Elli en el Tour

Junto a él, su compañero Luca Molteni, quien, la noche anterior al asalto a las carreteras del Giro de Lombardía, me habla de las emociones que siente quien ama el ciclismo y llega en bicicleta al Santuario de la Madonna del Ghisallo, patrona universal de los ciclistas. —Cuando llegues, entra a la ermita, allí comprenderás qué cosa es el ciclismo..., —me indica Luca, que hará las veces de conductor de la furgoneta de asistencia. Alberto Elli pedaleará con nosotros.

Comenzamos por un valle que va del lago de Lugano al de Como, vía verde por los tramos y túneles de un viejo ferrocarril incluida. Vamos pasando por pueblecitos llenos de encanto de la zona, y nos trasladamos en ferry de Cadenabbia a Bellagio. Son vísperas del Giro de Lombardía. De hecho, la grupetta corona la ascensión a la Madonna del Ghisallo el día de la presentación de la edición de este año. Ciclismo con alma de lago

Grupetta posando junto al Santuario de la Madonna del Ghisallo

Tiene la presentación lugar al lado del santuario, en el Ghisallo Cycling Museum. El evento de este año rendirá homenaje a Felice Gimondi, fallecido este último verano y ganador de la prueba en dos ocasiones. Sólo un español, el purasangre Purito Rodriguez, ha conseguido ganar este Monumento, y lo ha hecho también por partida doble. La carrera es conocida como la clásica de las hojas muertas, por aquello de que se celebra en otoño, a diferencia de los otros cuatro Monumentos, que se disputan en primavera. Ciclismo con alma de lago

Maillots en el interior de la ermita-santuario

Antes de visitar el museo, sigo la recomendación del amigo Luca. Me descubro (me quito el casco), saludo al monumento del ciclista que hay también en la cima, saludo a los bustos de Fausto Coppi, Gino Bartali y otros ciclistas legendarios que hay a la puerta de la ermita-santuario, y entro. Estoy yo solo por momentos, respirando el aurea del singular templo. Me siento muy conmovido cuando veo las bicicletas del campeonísimo Eddy Merck, de la medalla de oro en Barcelona 92 (y nativo de Como) Fabio Casartelli, etc.

Ciclismo con alma de lago

Compañeros visitando el Museo Ciclista de Ghisallo

Al rato de estar en la ermita, sintiendo un montón de emociones, entra Luca para verme. Me observa, me ve mirando a las bicis y me susurra: —Fabio Casartelli y yo éramos muy amigos… —Trago saliva. Casartelli estaba a punto de cumplir los 25 cuando un accidente en una etapa pirenaica del Tour se cobró su vida. No me avergüenza decir que tengo los ojos humedecidos desde que he puesto el pie en la ermita. —¡Mira qué de maillots, Oscar! —me señala Luca. —¡Mira, el de Pantani!, ¡mira el de Bernard Hinault! Y allí me quedo un rato, en ciclista oración. Y cuando veo uno de los jerséis amarillos de Indurain en el Tour, lo contemplo con veneración y recuerdo, agradecido, las tardes de verano que me regaló su portador, allá por la primera mitad de la década de los años 90.

Muro de Sormano y homenaje gastronómico

Matt Philips, de la Lonely Planet de Londres, y quien escribe, nos animamos a irnos con Alberto Elli a por el Muro de Sormano, el tramo más duro, en cuanto a desnivel, del Giro de Lombardía. Si ya solo por el nombre asusta, cuando me comentan que tiene alguna pendiente del 25% y una pendiente media del 17%, me tiemblan las piernas incluso antes de afrontarlo. Matt viene de hacerse el iron man de Copenhague, yo sólo pedaleo de vez en cuando. ¿Qué hago yo ahí con un tipo tan entrenado, y con un ganador, por ejemplo, de la Vuelta a Murcia? (Elli me dice que recuerda con mucho cariño esa victoria suya, por eso la cito). El caso es que voy, me atrevo, no hay nada que perder (aunque reconozco que verme obligado a echar el pie al suelo me fastidiaría bastante). He visto fotos de hombres del equipo Kas empujando sus bicicletas en esas rampas, a principios de la década de los 60, ¡qué miedo! Ciclismo con alma de lago

Los más rápidos en 1960 y en otros años, sellados en el asfalto

Pero el firme es ahora mejor y las bicicletas se fabrican con desarrollos más adaptados a desniveles de ese tipo, así que venga. —El secreto es no quemarse al principio, dosificad fuerzas —aconseja Elli. Vamos viendo en el asfalto cómo está escrito cada metro de desnivel que vamos ganando, eso intimida. Elli nos hace fotos, tiene tiempo para pararse a ello y luego volvernos a adelantar para hacernos más. Va fumando en pipa. Casi. —Tras esa curva viene lo más duro, Oscar. —me alerta— Vas bien, ¡aguanta! —Y aguanto. Lo consigo. Lo he conseguido. Matt y yo lo hemos conseguido. Ciclismo con alma de lago

Muro de Sormano recién coronado: de dcha. a izda. Phillips, Elli y Falagán
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Luego, descenso; pero por la carretera provincial, que cubre el mismo desnivel en una mayor distancia. ¡Mamma mia, como baja el tío Alberto! Le intento coger rueda, hasta que veo muy de cerca el barranco en una curva y me olvido del tema... Descendemos luego desde el alto de la Madonna del Ghisallo hacia el lago de Como, camino de vuelta. El lugar que nos espera, Hotel il Perlo Panorama, tiene unas vistas de verdad espléndidas. Elli tiene expuesto aquí un maillot amarillo del que enseguida hablaremos. Con aperitivo previo en sublime terraza, comemos de maravilla. Además, después de escalar Sormano, la comida sabe a gloria. Tras ella, nos vamos a visitar los Jardines de Villa Melzi, de gran armonía arquitectónica con el entorno del lago y, a continuación, tomamos el ferry ahora en dirección inversa a la matinal. Ciclismo con alma de lago

Falagán en los Jardines de Villa Melzi

Aún nos queda un pequeño puerto de subida desde el lago y, después, parada en un muelle de otro pequeño lago, el de Piano.

Ciclismo con alma de lago

Muelle en el lago de Piano

Por la noche tenemos entrañable cena en uno de los varios y cualitativos restaurantes del San Marco. Lo que venía diciendo: vale la pena quemar energías en bicicleta, más cuando uno sabe que será tan bien tratado por las artes culinarias del lugar en el que está.

Elli, gran anfitrión: “Indurain, un Signore”

Es una gozada compartir momentos y pedaladas con quien completó, nada menos, que los 11 Tours de Francia en los que participó. Alberto Elli corrió el Tour durante toda la década de los 90 —coincidiendo con todos los años dorados de Miguel Indurain— y se despidió de la gran competición francesa en el año 2000, edición que tuvo especial trofeo para él: una escapada le llevó a alcanzar el maillot amarillo de líder. Teniendo en cuenta que hubo de cedérselo a Lance Armstrong, puede decirse que Elli fue el maillot amarillo final de aquel Tour. Si uno visita la web oficial de la carrera, en el apartado de “portadores de maillots” del año 2000, el amarillo es de Elli desde la sexta etapa hasta la última. Como tengo ocasión de pasar varias horas con él, no pierdo la oportunidad de hacerle preguntas sobre sus múltiples experiencias como profesional. Me deleito con sus respuestas, especialmente cuando le oigo hablar de Indurain. Ciclismo con alma de lago

Alberto Elli en uno de los traslados en barca por los lagos

Para otros compañeros de profesión no le salen halagos de su boca tan fácilmente, pero para Indurain le sobran: —Dejaba hacer…, dejaba a todos su espacio, sus ocasiones para irse por delante y ganar etapas… Él con su amarillo hasta París, pero teniendo siempre detalles para los demás… Lo respetábamos, todo el pelotón lo respetaba, se había ganado el respeto… El humano, no solo el ciclista. Indurain ha sido el grande Signore. —Todo eso expresa el lombardo Alberto Elli. Y no es el único que algo así dice. En cierta ocasión, por ejemplo, entrevisté al toscano Massimiliano Lelli; “Max” fue cuarto en el segundo Giro de Italia que “Miguelón” se adjudicó, y tomó parte, al igual que Elli, en 11 Tours (de los que completó 9). Debe de ser creencia extendida, porque me dijo exactamente lo mismo, un calco: “Indurain, tutto un Signore”.

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Historieta de las buenas, y contada desde el sillín de la bicicleta

De entre todas las anécdotas que, mientras le damos a los pedales, tengo la fortuna de escuchar de la boca de Elli, me parece bonito compartir con el lector una que me cuenta con especial detalle. La anécdota en cuestión nos lleva a cierta ocasión en el Tour de Francia de 1995 (el quinto consecutivo que iba a ganar Indurain), en que una escapada por delante había puesto al francés Laurent Jalabert (del equipo ONCE), durante algunos instantes, como virtual líder de la ronda gala. El Banesto tenía escasas unidades para ayudar a su líder navarro, pero sucedió que, al navarro, aunque no estuviese repartiendo caramelos, le salieron amigos por todas partes. De las filas del Mapei, de las del Gewiss, Polti, Novell… Algunos equipos tenían intereses particulares, pues defendían posiciones de podio, pero otros lo hacían por pura gana de ayudar al equipo de Miguel. En aquel Tour, Alberto Elli era jefe de filas de las squadra MG Technogym, junto a Gianni Bugno, Campeón de Italia de ciclismo en ruta esa misma temporada. —Vimos a Indurain en apuros y todos quisimos ayudarle. Hombres de varios equipos empezamos a dar relevos para reducir distancias con la fuga. Era Indurain, lo hacíamos por él, pues él otras muchas veces había sido generoso con nosotros —cuenta el hoy residente a la orilla del lago de Lugano (—esta es ahora mi morada —nos dice cuando pasamos frente a su casa pedaleando).

Aquella era la duodécima etapa de aquel Tour, con un recorrido de doscientos y pico kilómetros, salida en Sant Étienne y línea de meta en Mende. Sí, me acuerdo de aquella etapa en una de aquellas tardes de julio frente al televisor, concretamente el 14, día de la fiesta nacional francesa. Paradójicamente, un equipo español es el que intenta poner en apuros al gigante de Villava. Melchor Mauri realiza un trabajo estupendo que lleva a rueda a Jalabert hasta que éste remacha en el puerto final y se lleva la victoria de etapa para regocijo de sus compatriotas. Excelente actuación de equipo. Por detrás, el grupo de perseguidores reduce distancias. Al llegar a la subida final, ataca un escalador como la copa de un pino, un pirata que escala montañas como el que va en su barco con viento a favor y las velas izadas. No es otro que Marco Pantani, italiano de Romaña, al que sólo las piernas de Indurain —y ese día también las del danés Bjarne Riis (cuya autobiografía es lectura que recomiendo)— parecen poder seguir su estela cuando el asfalto sube montañas. El trío consigue aventajar al resto de gallos del corral, también a quien ocupará el segundo puesto del podio en París, el suizo Alex Zulle. No ha sido en los temibles Pirineos, ni en los míticos Alpes. Ha sido en el Macizo Central francés donde los hombres de la ONCE, dirigidos por Manolo Saiz, han montado el zafarrancho de combate. No había nadie tan fuerte como Indurain en las carreteras francesas desde que terminó la década de los 80, pero ahora que la carrera le había puesto en una situación comprometida, había encontrado ayuda de otros a los que otras veces había él ayudado. En estos días junto a los lagos de Como y Lugano, he tenido el gusto de que un ciclista de aquel pelotón, Elli, haya hecho (para mí y para mis compañeros periodistas) de guía y anfitrión en carreteras de su tierra. Animo a quien lea este artículo, a darse unas pedaladas por aquellos magníficos lares. Son pura satisfacción. Yo he tenido ocasión de dedicarles un par de jornadas, pero hay terreno magnífico para muchas más.

Cómo plantarse allí, en un abrir y cerrar de ojos

Llegar hasta allí es sencillo. En esta ocasión he volado desde Madrid a Milán-Malpensa con Easyjet, elección que resulta muy práctica y económica, pero también llegan a este aeropuerto otras compañías low cost como Ryanair o Vueling; y desde otras ciudades como Alicante, Mahón, Granada, Santiago de Compostela, Almería, Bilbao, Fuerteventura, Sevilla, Barcelona, Palma de Mallorca, Lanzarote, Tenerife, Málaga, Valencia, Las Palmas o Ibiza. A esas opciones se añaden las de Zaragoza, Vitoria y Gran Canaria, si se elige volar hasta el aeropuerto de Milán-Bérgamo, que es la otra opción práctica y económica. He tardado el mismo tiempo en plantarme en el lago de Lugano que el que me lleva llegar hasta mi pueblo en la provincia de León; eso si no me da por ir pedaleando, como he hecho alguna vez, tirándome tres días por los caminos de la meseta… ¡oye, qué idea!, ¿por qué no ponerse un día las alforjas y ver cuánto tiempo lleva llegar hasta Lugano en bicicleta…? Si eso es mucho soñar, siempre nos queda el avión y la maleta en lugar de las alforjas, porque allí, queda claro, podrá ofrecérsenos todo lo necesario.

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