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Con la llegada del frío y la lluvia, muchas personas sustituyen el calzado ligero por otro más cerrado. Si este cambio coincide con la vuelta a la actividad física, puede favorecer molestias en el tobillo. “Cualquier cambio en el calzado, por mínimo que sea, produce una modificación de la pisada”, advierte Carlos Revuelta, director del Máster en Alto Rendimiento Deportivo de la Universidad Europea.
El pie y el tobillo necesitan combinar estabilidad y movilidad. Los cambios de calzado pueden modificar la musculatura que interviene al caminar o correr y activar tejidos que antes trabajaban menos. Esto puede ocurrir, por ejemplo, al pasar a zapatillas con menos amortiguación y protección, que buscan acercarse a la sensación de caminar descalzo. Revuelta explica que “cualquier cambio en el calzado, por mínimo que sea, produce una modificación de la pisada. Para evitar molestias, es recomendable que la transición sea progresiva”.
El experto de la Universidad Europea señala que “una pisada distinta puede sobreactivar tejidos que antes no trabajaban del mismo modo. La adaptación requiere especial atención al pasar a zapatillas con menos amortiguación y protección. Este tipo de calzado que deja de tener esa protección exige de la activación de una musculatura a menudo muy debilitada”.
El aumento repentino de la actividad física también puede favorecer las lesiones, especialmente si se combina con un cambio de calzado. Revuelta recomienda “evitar los incrementos bruscos y avanzar poco a poco. Hay que buscar la progresión tanto en el calzado como en el ejercicio a realizar. Además, las personas con antecedentes de problemas en el tobillo deberían ser especialmente cautas, sobre todo si el ejercicio implica correr porque el riesgo aumenta”.
A la hora de elegir calzado, el director del Máster en Alto Rendimiento aconseja priorizar la comodidad, la estabilidad y el uso previsto, “lo recomendable es utilizar zapatillas específicas para la actividad que vamos a hacer prestando atención a la sujeción del talón y la estabilidad, que no deberían estar nunca comprometidas”. También recomienda vigilar señales como la inestabilidad, las rozaduras o el dolor inusual tras estrenar unas zapatillas.
Una molestia pasajera puede desaparecer en un par de días, pero el dolor persistente, la sensibilidad al tocar la zona o la inflamación justifican consultar a un profesional sanitario. “Si el dolor persiste, no disminuye, va acompañado de inflamación significa que algo no va bien”, advierte el experto. Si hay inflamación importante, enrojecimiento, dolor intenso o dificultad manifiesta para caminar, recomienda acudir a un especialista cuanto antes.
La clave no está en evitar cualquier cambio, sino en dar al cuerpo tiempo para adaptarse y no normalizar un dolor que persiste. “El sentido común es siempre un gran aliado”, resume Revuelta.










