El Loira, ese río que ama las bicicletas

Disfrutamos de una parte de los 900 km de ruta creada en sus riberas

De dcha. a izda.: Iñigo, María, Valérie, Monika, y servidor en pleno disfrute de La Loire á Vélo. - El Loira, ese río que ama las bicicletas
De dcha. a izda.: Iñigo, María, Valérie, Monika, y servidor en pleno disfrute de La Loire á Vélo. - El Loira, ese río que ama las bicicletas

No podía ser de otra manera: el río más largo de Francia es buen amigo de las bicicletas, en sintonía con el país que atraviesa. Prueba de ello es La Loire á Vélo (El Loira en bici), una ruta cicloturista que se estira por Centro-Valle del Loira y Países del Loira, 2 de las 4 regiones que toca esta corriente desde el Macizo Central (en el sureste galo) -donde Stevenson hizo y escribió sus “Viajes con una burra”- hasta el Atlántico cercano a Nantes (en el oeste) -donde Verne nació y vislumbró viajes en globo, piróscafo, submarino, etc.-. Deseaba yo conocer el bagaje natural y cultural de esta Loire á Vélo, un proyecto que en 2025 cumple 20 años, y ese deseo iba a ser satisfecho junto con un grupo humano conformado en ocasión de la Grande Départ del Tour de Francia en Bilbao. Atout France, agencia francesa de desarrollo turístico, propició un encuentro la víspera del inicio del Tour en Euskadi y ahí me surgió esta bonita y heterogénea expedición con encantadores compañeros: María Calvo e Íñigo Pedrueza (El Giróscopo Viajero), Monika Araujo (Viajando con Mami) y Valérie Watine (responsable de prensa y RRPP de Atout France). ¡A surcar las orillas del Loira, pues!, cinco días yendo desde la ciudad de Tours hasta la de Angers.

Matinalmente aterrizado el quinteto en París, un tren nos conduce a salir por la puerta de la bella fachada de la estación de Tours, en el departamento de Indre y Loira (es el Indre un afluente del Loira… y es herencia de la Revolución Francesa lo de denominar departamentos como ríos que discurren por ellos…). Cogemos fuerzas en una original taberna de nombre “el perro amarillo” (amarillo es el maillot que se otorga al ganador del Tour de Francia, así que ¡buen signo!) y poco después estamos en marcha con unas bicis de alquiler muy prácticas, con su portabultos, su pata de cabra, su timbre, su cestita y una alforjita. En un santiamén pasamos del jaleo urbano a la calma silvestre. El Loira y su afluente Cher flanquean Tours, y es arropados por forestas de márgenes del Cher que comenzamos la excursión.

Loira 1
A la vera del río Cher, Íñigo, María y -de blanco- quien escribe. - El Loira, ese río que ama las bicicletas

Algún componente del equipo tiene poca experiencia en travesías ciclistas, y siempre produce especial sensación poder contribuir un poquito a que nuevas personas descubran la muy pura propuesta de viaje que regala una bicicleta... Y para ir entrando en harina de un trayecto con indiscutibles excelencias artísticas, hay que pedalear con ganas porque esta tarde queremos llegar a rendir honores al castillo o château de Villandry, cosa que hacemos: misión cumplida. Comprobamos que no faltan aparcamientos para bicis a la puerta y contemplamos desde balconadas sus jardines renacentistas. Se nos explica que son esencialmente seis: el huerto, el jardín ornamental, el jardín acuático, el jardín de plantas medicinales, el laberinto y el jardín solar. Admiramos esta fusión de delicada arquitectura y sublime jardinería.

Loira 2
Jardines para quitarse el sombrero… o el casco “bicicletero” (izda.) / Si por dentro Villandry es de cuento, por fuera es ya ¡de ensueño! (dcha.) - El Loira, ese río que ama las bicicletas

Hay notoria cantidad de castillos en el valle del Loira y vamos a visitar alguno que otro más. Así, muy estratégicamente, el destino de la primera noche de pernocta es Azay-le-Rideau, un pueblecito que nos camela con la iluminación de sus lindas calles al anochecer y con el cálido ambiente que, aun siendo día laborable, se desprende de sus terrazas; vamos nosotros a un restaurantito donde nos acomodan en una sala con todos los atributos para hacernos sentir como en casa, y que está, como el hotel, a pocos metros del château de Azay-le-Rideau que nos espera al día siguiente. Con las piernas reposadas y en una lúcida mañana de cielo azul, nos dirigimos a esa joya del Renacimiento que yergue su silueta sobre las aguas del Indre. Su interior restaurado rezuma esplendor aristocrático…; sin embargo, a mí me encandila más especialmente el entorno que lo envuelve. Arte y naturaleza confluyen ahí, como algunos kilómetros más adelante confluirán las aguas del Indre con las de ese Loira que, como un imán, a este Indre y a los cicloturistas llama.

Loira 3
Castillos que se reflejan en aguas de río…: Azay-le-Rideau. - El Loira, ese río que ama las bicicletas 

Pero no veremos el Loira sin que antes nos sorprenda otro atractivo castillo, el de L’Islette. Entre vegetación y circundado por el Indre también. Sin la suntuosidad externa de otros más famosos palacios, nos ofrece una curiosa circunstancia, la de sernos mostrados sus rincones (unos más secretos que otros) por la propia anfitriona, Bénédicte Michaud. Nos confía ella que el lugar fue comprado por la familia de su marido cuando estaba inhabitable, y supuso todo un reto su renovación hasta lograr la maravillosa apariencia actual, de la que se siente muy orgullosa. L’Islette es, en definitiva, un castillo habitado que sus propietarios comparten con los visitantes, integrando patrimonio y vida cotidiana; y retiene grabada una historia de amor (o más de una) en sus muros: a finales del siglo XIX, Camille Claudel y Auguste Rodin hallaron refugio en este hábitat bucólico; Bénédicte nos cuenta detalles de aquella pasional relación… y también de la que a ella ha traído a vivir aquí.

Loira 4
No todos los días la dueña de un castillo te enseña hasta su alcoba… (izda) …y te permite escuchar a los pájaros que cantan en su ventana. (dcha) - El Loira, ese río que ama las bicicletas 

Seguimos. Tramos entre campiñas y caseríos nos acaban derivando hacia la apacible aldea de Bréhémont, ya en plena vera del Loira. Pausa para pescado fresco del río en una casa de comidas dotada de una atmósfera a tono con la fluvial andanza que nos mueve. Muy bien nos viene la buena alimentación, porque en horas venideras habrá pedaleo exigente por colinas entre viñedos. El paisaje ayuda a que sea más llevadero, y además trae recompensa: al llegar al destino del día, Chinon, somos recibidos en una bodega-cueva para degustar vinos de la región. Durante la cata, Íñigo me confiesa que de Francia le gusta más el vino blanco que el tinto; bien entonces, ya que en el ámbito del Loira resaltan blancos aromáticos, complemento de la gastronomía local. La suerte de probar jugos que han salido de las vides que hemos visto por el camino es culmen ideal a la etapa del día. Y la cosa incluso mejora, porque la cena en un restaurante de una placita de esta población solo puede ser catalogada como excelente. ¡Cenar tan rico tras un día intenso de bici es gloria bendita!

Loira 5
Con este atardecer sobre el río Vienne nos agasaja Chinon. - El Loira, ese río que ama las bicicletas

La jornada sucesiva empieza escalando a pedales a la fortaleza de Chinon, que domina el paisaje desde una colina. Observo en la recepción, encantado, el detalle de que hay taquillas para ciclistas con bombas de aire para ruedas y herramientas para posibles reparaciones. El distintivo de Accueil Vélo, indicativo de que las bicicletas son bienvenidas, es en muchos puntos de las inmediaciones del Loira toda una garantía para todo cicloturista. Esta fortaleza lo tiene, así como también un buen guía que nos explica su historia en nuestro idioma; y una panorámica de los tejados de pizarra de la ciudad y el río Vienne, otro de los afluentes del Loira junto al que se despliegan los carriles bici de La Loire á Vélo, que suman casi 900 km en sus diferentes alternativas.

Loira 6
Con Íñigo en la panorámica desde la fortaleza de Chinon. - El Loira, ese río que ama las bicicletas

Hoy va de construcciones a lo grande la ruta, porque el siguiente objetivo es plantarse ante la inmensa abadía de Fontevraud. Patrimonio de la Humanidad por la Unesco al igual que los Castillos del Loira. Un mediodía de cielo azul resulta perfecto para un revitalizador picnic en la terraza y jardín interior de la abadía, antes de una profunda visita en la que se nos cuenta su evolución desde el siglo XII hasta nuestros días. Este viaje nutre y cultiva cuerpo y espíritu a un tiempo: deporte, buenas viandas y variopintos monumentos. Multitud de elementos para anotar en “el pasaporte de La Loire á Vélo”, que es algo así como una credencial de peregrino rumbo al Atlántico en versión laica cicloturista.

Loira 7
En el claustro de la abadía de Fontevraud. - El Loira, ese río que ama las bicicletas

En lo relativo a lo administrativo, mudamos de departamento donde el Vienne alcanza el Loira, entramos en el de Maine y Loira, y circulamos por el Parque Natural de Loira-Anjou-Turena. En lo relativo a lo visual, boscajes, colinas suaves y llanuras hortícolas nos tocan esta tarde para, con cierta dosis de fatiga, acabar en la bodega-museo Ackerman, especializada en vinos espumosos. Unos burbujeantes sorbitos nos hacen olvidar la fatiga. Eso y un nuevo deleite en un restaurante al pie del bien plantado castillo de la población de Saumur, al que sigue un paseo por el corazón de la ciudad, dotada de la blancura que concede la piedra de toba de sus casas entramadas y de animación en bares con alegre ambiente. Tras la velada, vamos a por el penúltimo día, en el que acariciaremos el Loira constantemente, embriagados por las variaciones tonales de luces que se despliegan por el valle.

Loira 8
Venga, ¡bajemos a hacer fotos a alguna fluvial playa! - El Loira, ese río que ama las bicicletas

La pausa cultural-monumental de la mañana la hacemos esta vez en el priorato de Saint Rémy la Varenne, fundado allá por el siglo X. Actores teatrales escenifican peculiaridades del devenir de este sitio, que, ocupado por monjes hasta el siglo XV, mutó en una pequeña casa solariega. Esta visita está muy bien, pero (¡que me perdonen los monjes!) un rato después llega algo que, a mi entender, lo supera con creces (en cuanto a highlights de la semana me refiero): un almuerzo en una guinguette, especie de elegante restaurante-chiringuito de río “a lo francés”. La meteorología es benévola permitiéndonos gozar este momentazo al aire libre, antes de que una lluvia pertinaz se presente (las tonalidades de luces matinales debían su esencia a lo enrevesado de unas nubes que terminan por descargarse). Habrá que sacar chubasquero de la alforja, tanto para pedalear como para un instructivo crucero por el río. Máxima expresión de comunión con el Loira todo ello. Al hotel que nos aguarda en Les Ponts-de-Cé llegamos chorreando, pero contentos.

Loira 9
Por el Loira de Crucero… y con aguacero. - El Loira, ese río que ama las bicicletas

Tradicionales remos de madera, de embarcación de agua dulce, adornan las paredes de la habitación en la que, para el último día del itinerario, despierto; a través de una gran ventana tengo privilegiada mirada al Loira, que me dice “Bonjour, Óscar!” ¡Más imbricados al río madre de nuestra ruta no podemos amanecer! Olivier Bouchereau (de Destination Angers) viene para acompañarnos hasta Angers; me alegra esto, pues compartí experiencia con él en la Gravel of Legend, una prueba todoterreno que hicimos hace un par de años desde las playas de Normandía hasta la propia Angers, con pistas pavimentadas por la vera de otros ríos como el Mayenne. Y es que Francia es así, suma fantásticas vías verdes por doquier. ¡Incluso conecta el Atlántico y el Mediterráneo con plácidos pedaleos junto al Canal du Midi y el de Garona!… Si la fuerza de la gravedad lleva las corrientes al fondo de sus propios valles, la fuerza del cicloturista agradecerá ir por su vera y especialmente a favor de esas corrientes. Como nosotros estos días, hasta dejar que el Loira siga su camino hacia Nantes y aferrar la orilla de su afluente Maine (breve tramo en el que los ríos Mayenne y Sarthe convergen antes de arribar al Loira) para rematar la faena con una visita al castillo de Angers, que emerge cual extensión del promontorio rocoso que se alza frente al Maine.

Loira 10
Retrato hecho a mis “compis” con nuestro atento guía Olivier (izda)… y autorretrato hecho al estilo de nuestra jovial Monika (dcha). - El Loira, ese río que ama las bicicletas

En total, hemos recorrido algo más de 200 km y siento que es solo un aperitivo de lo que el Loira tiene para ofrecer... Como complemento diré que, en su desembocadura en Nantes, se dan cita dos rutas Eurovelo, la de la costa Atlántica y la que cruza Europa hasta el mar Negro (valiéndose, aparte de la ribera del Loira, de la del Danubio); con la segunda nos hemos solapado en horas previas. Y remarcaré que uno de los aspectos más destacados de esta travesía ha sido el culinario, culminando su exhibición con un yantar en una brasserie cerca de la estación. Nuestro tren hacia el aeropuerto parisino acarrea retraso, pero ¡no pasa nada, amigos!: un postre delicioso endulza la espera, deseando casi que el tren no venga… Como lógicamente al final viene, oímos una pregunta sobrevolando los andenes: ¿Por qué no un buen día abordar La Loire á vélo enterita y saborearla al completo?... ¡Será un acierto!