Entreno mejor que compito

La presión psicológica, lo que marca la gran diferencia

MARÍA MARTÍNEZ, PSICÓLOGA DEL GABINETE DE NUTRICIÓN DEPORTIVA Y ALTO RENDIMIENTO www.nutricionde.es

Una de las demandas más recurrentes en psicología del deporte es que no se compite al nivel de rendimiento que se entrena y no se sabe explicar la causa. Deportistas que entrenan en buenas condiciones, que tienen una planificación y un seguimiento del rendimiento, que se esfuerzan, que mejoran, y sin embargo nada parece suficiente para llegar el día “x” a la hora “y” y conseguir rendir al nivel para el que se está preparado.

¿Serán los nervios? ¿O es que me falta confianza? ¿Y si entreno más? ¿O es que no estoy hecho para competir? ¿Será que mi entrenador no me prepara al nivel que puedo dar? ¿O es que los demás están siempre muy fuertes? A ver si es que no valgo para esto… ¿Y si me cambio de prueba?

A lo mejor estas dudas nos resultan familiares o incluso podríamos añadir alguna más. En ocasiones habremos podido dar con la solución y en otras no conseguimos responder a porqué no rendimos en competición al nivel que entrenamos.

Lo que es seguro, es que si no hemos trabajado a nivel mental para cambiar la situación, todavía hay algo que podemos hacer por sacar nuestro mejor rendimiento sin tirar por tierra lo hecho hasta el momento y sin cambiar el objetivo que nos proponemos.

 

La presión psicológica, lo que marca la gran diferencia

Cuando entrenamos lo hacemos en un entorno de seguridad, de cierto confort, conozco el espacio, las personas que me rodean suelen ser más compañeros que rivales, tengo una persona que me indica qué hacer en cada momento, y lo más importante, si fallo, “no pasa nada”.

Y en competición nos pasa lo contrario. Parece que todo tiene que salir perfecto, que no se pueden cometer errores y que cualquier cosa que no sea el resultado que espero, está mal.

La presión psicológica se da precisamente cuando damos un valor desmedido a la competición. Cuando consideramos que es “lo más importante” en mi experiencia deportiva, “que me lo juego todo” en la prueba, y que dependiendo de lo que sea capaz de hacer, así soy de buen o mal deportista.

Pero claro, plantearnos una prueba competitiva con las mismas premisas que un entrenamiento nos parece inapropiado de partida. Incluso a veces que nos hemos planteado la competición como un entrenamiento más, quizá nos ha permitido relajarnos (que no es poco), pero no se parece a lo que consideraríamos nuestra mejor versión a nivel de rendimiento.

¿Cómo afrontarlo entonces?

 

Entrenar vs. Competir

Parece obvio que existen grandes diferencias entre lo que hacemos entrenando y lo que nos exige la competición. Entrenando me enfrento a series, rodajes, gimnasio y otros ejercicios, y compitiendo tengo una distancia o recorrido cerrado, un crono, una clasificación y rivales.

Casi sin darnos cuenta, lo que nos encontramos en entrenamiento tiene que ver con aspectos como:

  • Disfrutar de nuestro momento de conexión con el deporte que me gusta en el entorno elegido
  • Aprender y adquirir conocimientos nuevos sobre nuestro deporte que nos permitan mejorar
  • Perfeccionar nuestro físico, nuestra técnica y táctica y corregir posibles errores
  • Sumar buenos entrenos y valorar positivamente que hemos cumplido con cada uno de ellos
  • Valorar los progresos y sentir que cada día sale un poco mejor que el anterior

¿Y qué pasa con la competición? ¿Cómo la manejamos?

Directa o indirectamente, cuando pensamos en qué queremos hacer en competición, en el punto de mira aparecen aspectos que tienen más que ver con:

  • Rendir. Conseguir poner en marcha todo lo entrenado hasta ahora, bajo condiciones medibles y objetivas
  • Superar retos, incluso muchos de ellos que no se han conseguido hasta el momento
  • Obtener un resultado acorde a nuestro nivel de rendimiento en competencia con otros deportistas

Como vemos, aunque de lo que se trate en ambos casos sea de lo mismo, de correr; la situación y nuestra forma de afrontarla, marca diferencias en la motivación.

 

Cuando en vez de sentirnos competentes para competir, necesitamos competir para sentirnos competentes.

 

Comprender nuestra motivación y ajustar las diferencias

Puede parecer lógico pensar que efectivamente haya deportistas que se les dé mejor entrenar que competir porque supone correr bajo motivaciones distintas como hemos visto.

La cuestión es que todos los deportistas que queremos competir, buscamos dar lo mejor de nosotros mismos y a veces no lo conseguimos ni aunque hagamos los mejores entrenamientos del mundo. Podemos sumar innumerables entrenos de disfrute, aprendizaje y mejora, y que aun así no se vea reflejado en el rendimiento y mucho menos en el resultado de las pruebas para las que nos preparamos. Aquí es donde competir se vuelve frustrante y comenzamos a desarrollar las dudas del principio de este artículo. Si hago mi deporte porque me gusta y lo disfruto y resulta que cuando compito, dudo de todo y me hace desesperar, ¿para qué compito? ¿Es necesario? ¿Es tan difícil competir?

He aquí la cuestión. Cuando percibimos tan grandes las diferencias entre una situación de entreno y una de competición, se nos hace inabarcable.

Competir pierde el sentido cuando lo desvinculamos de nuestra propia mejora. Cuando en vez de entenderlo como un paso más en mi experiencia deportiva para seguir desarrollándome, pasa a ser lo único que vale para medir mis progresos. Cuando en vez de sentirnos competentes para competir, necesitamos competir para sentirnos competentes.

La motivación adecuada, trata precisamente de ver la competición como una continuación de lo entrenado, ¿qué he hecho entrenando que me va a ayudar a competir?

 

Restemos importancia al resultado de la competición y convirtamos nuestra experiencia deportiva en un continuo que valga la pena.

 

Sentirlo como un continuo y no como un abismo

No puedo exigirme en competición lo que no me exijo entrenando. En la medida que nos exijamos en los entrenamientos y nos motivemos por conseguir mayores logros cada día, en cada ejercicio, en cada tarea, nos hará ver el día de la competición como un reto más, no como un reto de “especial importancia”.

Por otro lado, para aliviar esa presión psicológica extra que sufrimos ante una competición, tenemos que procurar que el foco se mantenga en la tarea, en lo que voy a hacer. Al fin y al cabo lo que tienen en común entreno y competición, es que voy a correr. Conseguir desarrollar un plan o una visión de la prueba basada en las acciones que quiero ejecutar. De esta manera, tendré mi mente focalizada en lo más importante en cada momento y obtendré dominio y control sobre mi actuación en la prueba.

Sentirlo como un continuo, como una experiencia más que forma parte de mi desarrollo deportivo. Al fin y al cabo, después de cada competición siempre habrá más entrenamiento. Lo que nos da miedo, es sentirlo como el final del trabajo, como un abismo que si sale como esperamos “salvamos los papeles” y si no, nos caemos con todo, nada vale y el esfuerzo ha sido en vano.

La realidad es que a lo mejor tardamos en volver a competir, pero con total seguridad volveremos a entrenar bien temprano, por lo que la importancia del resultado de cualquier competición es relativa: pase lo que pase en ella seguiré entrenando. Así que sumemos relevancia al entreno, restemos importancia al resultado de la competición y convirtamos nuestra experiencia deportiva en un continuo que valga la pena.

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