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Sin embargo...
La inflamación es un proceso fisiológico real, necesario y profundamente ligado a cómo nos sentimos, cómo nos recuperamos y cómo rendimos en el día a día.
La clave no está en eliminar la inflamación puntual, sino en entenderla y evitar que se mantenga de forma crónica. Cuando el cuerpo vive en un estado constante de inflamación de bajo grado, empiezan a aparecer señales que muchos normalizan: cansancio persistente, digestiones pesadas, dolores articulares, falta de motivación para entrenar o la sensación de que, por mucho esfuerzo que pongamos, no terminamos de mejorar.
La buena noticia es que no hacen falta medidas extremas ni dietas restrictivas para cambiar este escenario. Son los hábitos cotidianos, repetidos con coherencia, los que marcan la diferencia en la salud y en la forma en la que entrenamos y nos recuperamos.
¿Qué es la inflamación y cómo influye en tu rendimiento?
La inflamación es una respuesta natural del sistema inmunitario frente a una agresión: una lesión, una infección, un entrenamiento intenso, el estrés o incluso una mala noche de sueño.
En el contexto deportivo, la inflamación aguda es imprescindible. Sin ella no habría adaptación al entrenamiento, ni ganancia de fuerza, ni mejora de la resistencia. Cuando realizas una sesión exigente, especialmente de fuerza o alta intensidad, se producen microdaños en el tejido muscular. El cuerpo responde activando procesos inflamatorios que permiten reparar esas estructuras y hacerlas más fuertes, por lo que este proceso es normal, necesario y positivo.
El problema aparece cuando esa inflamación deja de ser puntual y se mantiene en el tiempo, dando lugar a la inflamación de bajo grado o inflamación crónica. Estrés mantenido, mala planificación del entrenamiento, alimentación insuficiente o poco variada, deshidratación y falta de descanso pueden mantener activados esos mecanismos inflamatorios de forma constante.
En términos prácticos, una inflamación mal gestionada suele manifestarse de formas sutiles pero persistentes, que muchas personas acaban normalizando:
- Fatiga que no desaparece con el descanso habitual, incluso tras dormir suficientes horas.
- Sensación de pesadez corporal o muscular, rigidez matutina o molestias difusas sin una causa clara.
- Dolor articular recurrente, rigidez en rodillas, caderas, espalda o manos, especialmente al levantarse o tras estar mucho tiempo parado.
- Cefaleas o migrañas frecuentes, sin un desencadenante claro o que empeoran con el estrés.
- Digestiones pesadas, hinchazón o malestar intestinal habituales.
- Mayor sensibilidad al estrés, dificultad para concentrarse o sensación de niebla mental.
- Recuperaciones más lentas tras el ejercicio, con agujetas prolongadas o sensación de no terminar de recuperarse.
*Sobre la autora:
Mireia Velasco es naturópata y dietista, especializada en nutrición integrativa y salud digestiva. Autora de La inflamación no es la cuestión y Acaba con el SIBO, su método se basa en la conexión entre alimentación, microbiota y equilibrio emocional, ofreciendo herramientas prácticas para comprender el origen de muchos malestares desde una perspectiva integradora.
