Segunda jornada del Grupo G de la Copa del Mundo. La selección belga ataca con todas sus figuras. Tablas en el marcador. Kevin De Bruyne baja el balón sobre la línea de fondo en un gesto técnico inconmensurable. Girándose hacia la portería, realiza el temido pase de la muerte entre las piernas del defensa que le sale al paso. Delantero de los Diablos Rojos, zaguero y cancerbero iraní se lanzan al primer palo. El esférico sale rebotado y llega manso a la frontal del área pequeña. El portero está vencido en el suelo. El sueño de cualquier atacante. De Cuyper golpea el cuero con el empeine para que el esférico salga despedido hacia la red. La afición canta el gol inminente. Pero el arquero echado en el suelo sigue confiando. Tumbado a lo largo sobre el verde, extiende su brazo derecho.
El balón impacta contra una pared. Muñeca y antebrazo resisten el impacto y el esférico queda manso junto a Alireza Beiranvand. El iraní bloca el balón y siente al resto de compañeros sobre su espalda como si hubiera marcado él el gol decisivo de la final. Con la cara sobre el césped, Alireza respira y cierra los ojos. El campo queda en silencio para él. A sus 33 años, puede que ese sea el instante en el que merezca recordar todo lo vivido para estar allí. Los recuerdos agolpan su mente.
Alireza nació en Lorestán, provincia al sur de los montes Zagros. Hermano mayor de una familia de la etnia luri, su destino era convertirse en pastor. Su diversión de infancia la constituyó el Dal Paran, juego tradicional iraní de lanzamiento de piedras, lo que forjó en su cuerpo un brazo más que poderoso. Cuando cambió la roca por el balón, no le fue difícil lanzarlo a más de sesenta metros. Pero el fútbol no era una actividad digna a los ojos del padre, que rompía cada par de guantes que entraba en la habitación del chico.
A los 15 años no aguantó más e hizo la maleta rumbo a Teherán. Pero llegar a la capital del país con unos guantes y los ahorros prestados por un familiar no auguraba un camino sencillo. El primer equipo en el que se enroló le exigía una cuota por la ficha. Tuvo que trabajar barriendo las calles por la mañana para poder entrenar por la tarde. Pero el bolsillo no daba para tanto. Se quedó sin habitación y comenzó a dormir a la intemperie. El club se vio en la encrucijada de apostar por su joven portero o perderlo para siempre. Finalmente, le perdonaron las cuotas y le consiguieron un trabajo en una fábrica para poder mantenerse mientras continuaba su progresión.
En él cumplió su sueño de ser profesional, para más tarde vestir los colores del Persépolis F. C. En 2020 ficharía por el belga Royal Antwerp F.C., para un año después ir cedido al Boavista portugués. En 2022 regresaría al Persépolis y desde 2024 defiende la portería del Tractor S.C., de la ciudad de Tabriz.
En Rusia 2018 debutó en una fase final parando un penalti al mismísimo Cristiano Ronaldo. Cuatro años después, abandonaba el Mundial de Catar con la nariz rota al inicio del encuentro contra Inglaterra. Pero el destino lo esperaba en 2026. Su brazo, presente en el Guinness de los Récords por haber realizado un saque de 61,26 metros en un encuentro contra Corea del Sur, iba a ser conocido en todo el planeta.
Alireza Beiranvand se levantó con el balón entre las manos. El estadio rugía. Su camino debía continuar. Puso el balón en movimiento y respiró satisfecho tocándose el antebrazo. Todo empezó lanzando piedras.
