Noticias

De la oscuridad a la cima del mundo: Alfonso Fidalgo, campeón paralímpico y leyenda del deporte

Cómo el deporte llevó a un rebelde desde el abismo a lo más alto del Olimpo, con 5 oros olímpicos

Juanma Montero

13 minutos

Alfonso Fidalgo en pleno lanzamiento de disco con la técnica de rotación, pionero en ejecutarla entre invidentes

Cuando ves a un tío con la planta de Alfonso, fuerte y grande, intuyes que algo de deporte ha hecho, su imagen da claras pistas, a pesar de haberse alejado del alto rendimiento hace unos cuantos años. Bromista, comunicativo, abierto, sincero, divertido y a la vez reservado y sensible, Alfonso Fidalgo es un hombre muy inteligente y con un gran corazón que ha vivido muchas vidas dentro de la suya, un hombre que ha estado en lo más alto y que también ha tocado fondo.

Si su presencia y sus palabras impactan, su currículum lo hace más aún. Ha estado nada menos que en tres Juegos Paralímpicos, de los que ha vuelto siempre con medallas al cuello: cinco oros y una plata entre Barcelona 92, Atlanta 96 y Sídney 2000. Además, ha sido Campeón del Mundo, de Europa y atesora numerosos éxitos internacionales que se traducen en otras 20 medallas más, en lanzamiento de disco y peso, en la categoría de invidentes totales. Su nivel siempre fue muy alto, baste decir que, con su récord de disco, 44,4 metros, se habría llevado el oro en estos recientes juegos de Paris 2024 con un amplio margen.

Alfonso Fidalgo (1969), un hombretón de Cembranos, León, con el que hemos tenido el privilegio de sentarnos a charlar un buen rato en su bar de la esquina entre las madrileñas calles de Gutenberg y Granada, no lo tuvo nada fácil para conseguir lo que hoy ya nadie le puede quitar, esas victorias en las competiciones más importantes del mundo y esas experiencias enriquecedoras por todo el mundo. La ceguera se cruzó en su vida cuando menos se lo esperaba y cuando menos le convenía. Una retinosis pigmentaria que comenzó a afectarle a los 12 años, a la que no quiso dar crédito, borró la luz de sus ojos con 17, en plena adolescencia y su vida dio un giro para siempre.

Soy consciente de que tengo una discapacidad, pero nunca me he considerado una persona discapacitada. He sido capaz de hacer cosas que mucha gente no se atrevería ni a planteárselas. Una de mis primeras entrevistas me la hizo para El País Dominical Fietta Jarque, y me definió como Atleta de La Oscuridad. Me pareció precioso, además, en aquella edición yo salí en la contraportada y nada menos que Antonio Banderas, que empezaba a ser famoso entonces, en la portada, fue muy bonito.
No me defino como un atleta paralímpico sino como un atleta de alta competición, que es por lo que hemos peleado siempre, hacer una mínima para un campeonato de España, por ejemplo, pero bueno, cuando tienes una discapacidad es algo que existe y está ahí, no hay más
”.

Cuando fui consciente de que me iba a quedar ciego me volví muy rebelde, las drogas y el alcohol fueron mi consuelo durante mucho tiempo.

¿Cómo descubres tu pasión por el deporte y luego más concretamente por los lanzamientos?

Pues yo llego a Madrid sobre el año 87, triste, deprimido, dolido… tenía 17 años, me quedaba ciego y son edades complicadas, empiezas a salir de fiesta, te empiezan a gustar las chicas y de alguna forma me sentía rechazado, aunque luego con los años me di cuenta de que era yo solo el que rechazaba, pero yo estaba incómodo con mi vida, con mi existencia, con mi discapacidad y no era capaz de asimilarla.

Mi idea al venirme a Madrid era buscarme un futuro, caigo por la zona de Chueca, mi hermana se entera de que estoy en Madrid, me acoge en su casa, que vivía con una amiga y ellas salían a estudiar a las 7 de la mañana… la hora a la que yo entraba en casa muchos días tras recorrer todos los garitos de la zona. Una de estas noches conozco a Sinesio Garrachón Burgos, que luego en el futuro sería mi entrenador de siempre, y él me dice que por qué no hago deporte… Yo ni me lo había planteado, era de los que ni iba a las clases de gimnasia… había que dar una vuelta corriendo al colegio yo daba media y acababa en el Bar los Amigos y de ahí no salía. El caso es que Sinesio me plantea ir al Vallehermoso, por las tardes, y dije, ¿por qué no? Al principio se reían de mí, yo venía del pueblo, de currar donde tocaba y corría sin mover los brazos ni nada… Mi entrenador decía que era un diamante en bruto, pero en bruto bruto, jajaja. “Además, corres descalzo” me decía Sinesio. Yo no tenía ni zapatillas de deporte todavía. Esos fueron los principios de los principios.

En esos momentos empiezo a ver que esa nueva rutina me gusta, que disfruto, que me siento útil, que me quito de otras cosas, me quito de estar todo el día bebiendo y tomando cosas que perjudican y poco a poco me voy enganchando al deporte. Sinesio ve que tengo madera y empezamos a tocar el peso, los discos, las jabalinas… No teníamos donde entrenar, la ONCE no tenía espacios específicamente deportivos y sus medios eran escasos a nivel deportivo. Tenían deportistas, sí, pero en ciertas disciplinas estábamos todavía en pañales.

A falta de instalaciones apropiadas para mí, empiezo a entrenar en la Casa de Campo. ¡Imagínate, nos teníamos que llevar los discos, las bolas y las jabalinas en el metro, ciegos, agarrados los unos a los otros, con el bastón y cargados con todos los artefactos! Era un poco de risa. Así empecé, y le agarré el gusto al deporte gracias a mi entrenador que era a la vez mi amigo, mi padre, mi confidente, ¡todo! ¡Tengo tanto que agradecerle! Sinesio fue 13 veces consecutivas campeón de España en lanzamiento de disco en categoría absoluta, vamos, un fuera de serie en el deporte, y es por quien yo empiezo y quien me hace que empiece a querer el deporte. En toda esta historia, antes estuvo Javier Sánchez Calle, otro chico que es ciego que lanzaba jabalina y fue el que en un principio me convence para que yo haga deporte. Los dos comíamos y cenábamos en el mismo sitio y un día dijimos “no puede ser, todo el día aquí metidos, tomando copas… hay que darle un cambio a esto”. Javier estuvo en Seúl y en Los Ángeles, un gran deportista y él me convence para empezar.

Me engancha ver que soy capaz de hacer más cosas y de sentirme válido, ese es el secreto de por qué una persona tan rebelde como yo se pudo involucrar tantísimo con el deporte.

Mi entrenador me inculca el entrenamiento como algo que tengo que disfrutar, no es agresivo, no me impone nada, me hace ver que el deporte es como un juego y así empiezo, haciendo series, moviendo los balones medicinales… El deporte me lo inculca Sinesio poco a poco, sin su forma de mostrármelo no habría hecho nada, porque soy una persona muy cabezona y anarquista, basta que me obliguen a hacer algo para que no lo haga.

Alfonso delante de sus medallas olímpicas, las seis de arriba, y de las de campeón de Europa y del Mundo, debajo

¿Cómo sincronizas esas características tuyas con la disciplina necesaria para llegar a lo más alto en el deporte?

Sencillo, las puedo sincronizar porque me apasionaba, el deporte me quitaba de pensar que la discapacidad me perjudicaba y me limitaba. Sobre todo, es que con el deporte yo me quité barreras. Tenía tantas barreras que me estaban impidiendo vivir y ser feliz, y cuando iba a entrenar me reía, me divertía y me daba cuenta de que yo me encontraba bien y de que era capaz de ser más valiente, ir a sitios… porque el deporte implica viajar, ir solo en el transporte público, conocer a mucha gente nueva y poco a poco empiezo a ir a campeonatos de España a otras competiciones fuera del país y realmente es cuando comienzo a conocerme a mí mismo. En ese transcurso, además del atletismo iba la piscina cubierta a nadar y hacía otras muchas actividades. Uso gran parte de mi tiempo libre para hacer deporte porque me hace sentir mucho mejor y me permite conocer gente, con mis dificultades, gente ciega igual que yo que también hace deporte y que sale adelante con soltura. Eso me ayudó mucho también.

Una curiosidad, sin ver nada no me explico cómo puedes lanzar el disco en la dirección correcta.

Es lógica tu duda porque no solo es complicado, es complejo y muy muy técnico. Cuando comencé en disco los ciegos lanzaban de parado y yo era el único que empezó a atreverse con la técnica de los videntes, girando. Realmente lo decide Sinesio, que cree en mí, pero eso nos lleva muchísimas horas… yo le decía, cualquiera que nos vea entrenar va a pensar que estamos enrollados, ¡jajaja! Claro, él hacía los gestos y yo le tocaba, se movía un poco y volvía a tocarle. En aquella época la técnica de lanzamiento se aprendía con imágenes, viendo en cada fotograma cómo iba cambiando la posición y practicando lo que se veía, algo que para mí era imposible porque era todo visual. Sinesio giraba el tobillo, la cadera, el torso y yo venga a tocarle para interiorizar esas posiciones. Fueron horas y horas de tocarle, de tratar de reproducir lo que sentía, girando, fallando, corrigiendo… Tuve que aprender primero a equilibrarme, que en un ciego total el equilibrio es complicado porque cualquier otro conoce su posición con ayuda de la vista. Sinesio me señalaba con una cuerda un circuito y esa cuerda la tapaba con papel de embalar adhesivo y yo me descalzaba y caminaba sobre esa cuerda sin salirme. Para orientarme hacía círculos en el suelo y con pelotas de tenis me indicaba dónde tenía que tirar y me iba diciendo si acertaba o no. El deporte que yo viví era un juego continuo, una diversión, aunque era pesado, había que ser muy paciente… una virtud que nunca he tenido en la vida pero que en el deporte sí. He tenido muchísima paciencia con el deporte, lo que me ha enseñado a ser más paciente en otros aspectos de la vida.

¿Y qué cualidades se necesitan para llegar a la élite mundial de los lanzadores?

Yo la fuerza la tenía, físicamente siempre he sido muy fuerte y además vengo del campo de currar, lo que me faltaba era paciencia y ganas, el resto lo iba consiguiendo con el entrenamiento. He sido un indisciplinado en todo, pero en el deporte no, porque hacía algo que me beneficiaba y que me gustaba y eso es parte del comportamiento humano, si haces algo que te apasiona, vas a estar ahí sin parar.

En tu larga carrera deportiva ¿cuál ha sido el momento que consideras más memorable?

Me quedo con todo, con los inicios, la parte intermedia, el final, con todos los homenajes que me han hecho, en mi pueblo tengo una estatua y un polideportivo, me han dado el premio a las Humanidades, medalla de oro al Mérito Deportivo otorgada por la Casa Real… ¡me quedo con todo, con los compañeros, los amigos...! Si tengo algo que destacar, en Barcelona 92 cuando fueron mis padres a verme tuve uno de mis mejores momentos, sin duda. Mi hijo el mayor, Omar, estaba con un añito ahí animándome… eeeh… de cada sitio te quedas con algo. Yo ahora me acuerdo mucho de Barcelona porque mi padre murió hace dos meses (pausa larga, Alfonso se emociona mucho y no puede seguir…) Para mí, eso fue importantísimo, tenerle allí, a mi padre en la grada. Me acuerdo de que mi entrenador me dijo, “hay un hombre en la grada con un pañuelo atado en la cabeza con cuatro nudos y una bota de vino”, yo dije, ¡mi padre!

Barcelona para mí fue uno de los puntos clave. En el mundial del 98 también estuvieron mis padres, para mí es muy importante que la gente que te quiere esté contigo: mis hermanas, amigos… Tengo un hijo de 21 años, Luis Adrián, que no pudo estar en ninguna de estas citas, pero bueno, son circunstancias y es parte de mi vida.

No le caben a Alfonso Fidalgo en la pared las menciones, títulos, diplomas, dorsales importantes... aquí solo hay algunos de los más significativos

¿Sabías que ibas a poner punto final a tu carrera deportiva en Sídney?

No, la verdad es que me hubiera gustado acabar en Atenas, 2004, la cuna del olimpismo y del lanzamiento de disco, de los primeros deportes olímpicos de la historia, pero todo tiene un ciclo, todo tiene su momento, yo siempre fui campeón en todos los juegos y me hice un planteamiento, terminar con toda la gloria. Después de Sídney sigo hasta Polonia y allí ya decido acabar porque, claro, yo no tuve beca nunca, los paralímpicos ahora están becados, a mí nunca me dieron nada por las medallas. Preferí acabar en pleno apogeo. Nosotros, los paralímpicos de mi momento, vivimos una época donde íbamos a mínimos, el año antes de la paraolimpiada nos pagaban algo desde la ONCE para mantenernos y ya. Afortunadamente ellos nos cubrían la parte de nuestro trabajo para que pudiéramos viajar, pero eso no te daba para vivir y pagar todos los gastos. En 2001 la ONCE me plantea formar parte de su equipo de gobierno, como mando intermedio y yo tenía que tomar una decisión, entonces tenía un hijo al que mantener y luego vino otro, así que me hice un planteamiento de vida y dejé el deporte, aunque me hubiera gustado mucho terminar en Atenas. Tienes que ser consciente y responsable y sólo con el deporte no me llegaba.

¿Cómo piensas que el deporte ha influido en tu vida personal?

A mí el deporte me ha ayudado a creerme que puedo y que debo, es decir que no es que solamente me ayuda a mi sino también a la gente que se ve puede ver reflejada en mí, con mi misma discapacidad. Mi vida ha girado siempre alrededor del deporte porque el deporte es como la vida misma, tan justo y tan injusto como la propia vida. Mi entrenador, me decía "Tigre, tenemos que prepararnos para perder" y es verdad, tanto en el deporte como en la vida nacemos todos preparados para ganar, es fácil, pero no para perder. Él siempre me mentalizaba que. para que hubiera un primero, tenía que haber segundos, terceros, cuartos, quintos puestos y todos merecen el mismo respeto. Y si un día no llegas al objetivo que te has planteado o para el que has entrenado a tope, tampoco va a pasar nada, no hay que rasgarse las vestiduras y simplemente hay que pensar en el siguiente objetivo.

Con tu experiencia, ¿qué consejo le darías a un deportista para tener éxito?

Lo primero, creerse lo que está haciendo, tiene que confiar en sí mismo; después que le guste y lo más importante, que disfrute con lo que hace, cada día, no uno sí y otro no, habrá días algo peores pero el ansia no te lleva a ningún sitio. Lo que te va a dar la victoria es que tú te creas que puedes y que estés disfrutando con lo que estás haciendo, eso para mí es lo más importante.

Hace tiempo entrevistamos a Serafín Zubiri, cantante, músico y muy deportista, que nos contó que tú también eras integrante de aquel reto de la triple ascensión a las cumbres del Kilimanjaro, Mont Blanc y Aconcagua con otros dos invidentes totales, que comenzó por el ascenso al Aconcagua, con sus casi 7000 metros, ¿qué recuerdos guardas de aquella experiencia?

Guardo grandes recuerdos, sí, fue en el 1994 y te voy a contar cómo me ‘engañaron’ para ir. Estoy en Barcelona en una concentración, me llaman por teléfono y me dicen, “te paso a Serafín Zubiri” y yo dije “anda, deja de tomarme el pelo” … A Serafín no le conocía personalmente, pero sí que le seguía, sabía que era famoso como cantante, había estado en Eurovisión y ya está. Colgué y me volvieron a llamar, “Que Serafín de verdad quiere hablar contigo para ir al Aconcagua” y ahí ya es cuando pensé más aún que era una broma, pero seguí al teléfono, me explicaron y a partir de ahí quedamos para hacerme pruebas y empezar con la organización de todo. Aquello fue brutal. Tuve algo de bronca con mi entrenador porque me decía que no tenía nada que ver eso con el atletismo y que me podía perjudicar, yo estaba en pleno auge con mi deporte, con otros Juegos Olímpicos por delante y sin dejar de entrenar. Al final Sinesio se relajó con el tema y la verdad es que todo fue muy bonito, hacer algo diferente, fue maravilloso todo el entrenamiento que hicimos en Pirineos, todo lo que convivimos juntos Javier Sainz de Murieta, el tercer integrante del reto, Serafín y yo en Chile y en otras zonas de Sudamérica. Nos lo planteamos como un reto potente, pero con la convicción de que íbamos a conseguirlo porque íbamos con los mejores. El entrenamiento fue muy bueno, la preparación también. Todo fue una gozada.

Alfonso Fidalgo en la cima del Aconcagua con Serafín Zubiri, Javier Sainz de Murieta y el jefe de expedición Mari Abrego

Tengo una anécdota bonita y es que cuando estábamos en la cima, uno de los sherpas se puso a llorar, le pregunté por qué y me dijo que sus padres eran ciegos y que él nunca se había planteado que un ciego fuera capaz de disfrutar de la montaña como lo estábamos haciendo nosotros. Después de vernos a nosotros estaba deseando estar con sus padres para contarles toda la experiencia de cómo disfrutábamos de los sonidos, los olores y las sensaciones.

¿Repetirías ahora algo parecido?

Pues sí que me gustaría, cuando veo expediciones al Polo Norte, al Polo Sur en las que plantean llevar personas con alguna discapacidad pienso que me encantaría repetir una experiencia similar. Lo cierto es que hacer cumbre en Aconcagua fue más cuestión de cabeza, son casi 7000 metros, pero simplemente fue creer en nosotros mismos y en que lo íbamos a conseguir, con la enorme ayuda de motivación de Mari Abrego, nuestro jefe de expedición que en paz descanse. Hombre, hubo días con dolores de cabeza por la altura, algunos días te planteabas volverte a casa, otros te preguntabas qué narices hacías allí, porque son muchas horas, dormir muy poco, frío y calores extremos en ocasiones… pero cuando vas con gente que vale la pena, como Serafín y Javier, todos los inconvenientes se minimizan. De hecho, llegamos a la cima, sin usar oxígeno, nos dimos la vuelta y ya está, sin problemas. Bueno, a Serafín se le meó una mula en el petate, ¡jajajaja!, no escribas en la entrevista que ayudamos Javier y yo un poco a que estuviera su petate debajo, ¡jajaja!, que luego todo se sabe. Vamos, que fue una experiencia de diez, humana, divertida y deportiva.

En la bajada fuimos deslizándonos a toda velocidad, como esquiando, con las botas dobles, y al llegar al campo base había un periodista de Al Filo de lo Imposible, que fueron los que hicieron la grabación de todo, y decía ¡madre mía, nunca habíamos visto a ciegos tan sucios! Me quité las gafas y tenía medio centímetro de tierra dentro de las gafas. Pero ¿cómo puedes ver? Vaya pregunta me hizo, ¡jajaja!

De aquel reto queda una amistad para siempre

¿Sigues practicando algún deporte en la actualidad?

Aparqué ya esa etapa de alto rendimiento, pero sí que me gusta de vez en cuando seguir haciendo alguna actividad física, aunque sin objetivos de competir ni nada, simplemente para mantenerme bien físicamente, por salud. He tenido épocas más duras, épocas menos duras y necesito que mi cabeza esté bien para poder practicar deporte, pero sin ánimo de buscar el máximo.

Cuando veo que, por ejemplo, en estos juegos de Paris se ha conseguido en disco el Oro con 41 m y pico y pienso que yo lanzaba 44,44 m, me pregunto qué pasaría si estuviera de nuevo ahí arriba… pero ni me planteo volver, porque el secreto del disco es sobre todo la velocidad y yo con 55 años no tengo la velocidad que tenía. Hay que saber en cada momento dónde tienes que estar y yo ahora con el deporte lo que quiero es tener los mínimos achaques posibles y ya está. Tuve suerte y no me lesioné apenas, porque tuve un muy buen entrenador que me guiaba con la intensidad necesaria en cada momento, apretando cuando había que apretar y recuperando bien cuando hacía falta.

¿Nos quieres comentar algo como conclusión, algo que quieras contar a la gente deportista que te lea y vea en ti la inspiración que eres?

Pues te diría que no me considero ni el mejor ni el peor, hay que ser siempre muy respetuoso y yo creo que lo he sido siempre o lo he intentado siempre. Lo que uno se plantee, tiene que luchar por ello y cuando llega un día que no tienes ganas, espera, que el siguiente será diferente, todos los días sin distintos. Cuando apuestes por un objetivo, dalo todo, pero piensa que si no lo consigues tampoco pasa nada, no te presiones por tener que lograrlo a toda costa que esa presión no te beneficia. Sólo con planteártelo y entrenar, la mitad del objetivo ya lo has conseguido. Nunca se consigue todo al 100%. No soy ejemplo de nada, pero si lo que he hecho le ha servido a otros, me parece perfecto.

Relacionado