Quiero añadir gratis SportLife como fuente preferida de Google, para no perderme vuestras noticias.
Verano del 92. Badalona. Un pabellón con 12.500 personas que no podían creer lo que estaban viendo. Michael Jordan clavando mates a dos metros de las gradas mientras Magic Johnson repartía asistencias como si fueran caramelos. El Dream Team no ganó la medalla de oro en Barcelona. La aplastó. Venció todos sus partidos por una media de 44 puntos de diferencia. Y una generación entera de españoles se quedó pegada al televisor con la boca abierta. Esos niños crecieron y el baloncesto les quedó grabado para siempre.
Lo que pasó después tiene una lógica casi perfecta. España se convirtió en una fábrica de talento. Y ahora esos aficionados que nacieron con el baloncesto olímpico ya no quieren solo ver la NBA por televisión. Quieren estar ahí. Entre los viajes deportivos que más crecen está el de fin de semana a Nueva York, donde conseguir entradas para un partido de la NBA es parte del plan. Nueva York queda mucho más cerca de lo que la gente piensa. Un vuelo directo desde Madrid o Barcelona te deja en el JFK en unas ocho horas. Y el Madison Square Garden o el Barclays Center están a un taxi de distancia del hotel.
El Palau Olímpic de Badalona fue la catedral donde todo empezó
Badalona ya era ciudad de baloncesto antes del 92. El Joventut llevaba décadas en la ACB. Pero cuando la FIBA permitió por primera vez que los profesionales de la NBA jugaran en las Olimpiadas, todo cambió. El Palau Olímpic se convirtió en el escenario donde tres mil millones de personas vieron al mejor equipo jamás ensamblado. Doce jugadores que ni necesitaban entrenar juntos. Badalona pasó de ser la cuna del baloncesto catalán a un lugar de peregrinaje mundial.
Hoy sigue siendo la sede del Joventut y en 2026 acogió la Final Four de la Basketball Champions League.
España pasó de no tener ni un jugador en la NBA a producir estrellas en cadena
Antes de Barcelona 92 solo dos españoles habían pisado una cancha de la NBA. Fernando Martín fue el pionero en la temporada 86-87 y jugó apenas 24 partidos. Después vino el silencio. Pero el impacto del Dream Team encendió algo. En los cinco años siguientes tres jugadores salieron de ligas españolas hacia el draft. Y luego llegó Pau Gasol. Elegido tercero en 2001 se fue a Memphis y rompió todos los moldes. Dos anillos con los Lakers. Seis All-Star. Detrás vinieron Marc Gasol con su anillo en Toronto. Ricky Rubio. Los Hernangómez. Calderón con 14 temporadas en ocho franquicias. En la 2016-17 había diez españoles jugando al mismo tiempo en la NBA. ¡Diez!
El baloncesto es el segundo deporte de España y eso no se discute
En España el basket pelea mano a mano con el fútbol en las canchas escolares y en los patios de recreo. Eso no pasa en muchos países. La ACB lleva décadas siendo la segunda mejor liga del mundo después de la NBA. El Real Madrid y el Barcelona tienen secciones de baloncesto con presupuestos millonarios y trayectorias europeas larguísimas. Pero el punto de inflexión real fue la generación dorada de la selección. El Mundial de 2006. Los tres Eurobasket ganados. Las dos finales olímpicas contra Estados Unidos en Pekín y Londres. Eso consolidó al basket como parte de la identidad deportiva del país. No es un deporte menor ni una curiosidad. Es una pasión que mueve estadios enteros.
Nueva York ya no es un destino lejano para el aficionado español al basket
Cruzar el Atlántico para ver un partido de la NBA sonaba a locura hace veinte años. Ahora no. Los vuelos directos desde España a Nueva York operan varias veces al día. Ocho horas. Y una vez allí te encuentras con dos equipos de la NBA en la misma ciudad. Un partido el viernes por la noche y el sábado recorres Manhattan. El turismo deportivo creció mucho en los últimos años y el basket es uno de los motores más fuertes.
El ambiente en un pabellón de la NBA no se parece a nada. Es un show completo con música entre cada jugada y una intensidad que no baja.
Lo que empezó en Badalona en el 92, hoy te sienta en una grada de Manhattan
Hay una línea recta que conecta a ese niño español que vio al Dream Team en la tele con el adulto que hoy se sube a un avión para ver a los Knicks en directo. No es nostalgia. Es la consecuencia de un país que absorbió el baloncesto como cultura propia y que ahora tiene los medios para vivirlo en primera persona.
Pau Gasol abrió la puerta de la NBA para los jugadores. Pero también la abrió para los aficionados que cruzan el charco con una entrada en el móvil y ganas de gritar.
