Correr

Por qué correr más despacio en verano puede ayudarte a rendir mejor en otoño

El calor y la humedad elevan el esfuerzo necesario para mantener cualquier ritmo. Renunciar temporalmente a perseguir los mismos minutos por kilómetro permite controlar mejor la carga, entrenar con continuidad y llegar al otoño en condiciones de aprovechar las temperaturas más favorables.

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El reloj puede mostrar parciales peores, pero una carga bien administrada permitirá que, cuando llegue el otoño, puedas correr más deprisa sin haber pasado todo el verano luchando contra tu propio organismo.

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El reloj indica que estás corriendo más despacio, pero tu corazón y tu percepción del esfuerzo aseguran que el entrenamiento no resulta precisamente fácil. Esta aparente contradicción es habitual en verano. Cuando suben la temperatura y la humedad, un ritmo que durante la primavera parecía cómodo puede convertirse en una exigencia considerable. Intentar conservar a cualquier precio los mismos parciales no es síntoma de una mejor preparación. En muchos casos solo incrementa el estrés térmico, acelera la fatiga y dificulta la recuperación. Aceptar que durante los meses calurosos hay que correr más despacio puede ser una de las mejores decisiones para mantener la regularidad y rendir cuando llegue el otoño.

El organismo debe correr y refrigerarse al mismo tiempo

Durante el ejercicio, los músculos producen una cantidad importante de calor. Para evitar que la temperatura corporal aumente excesivamente, el organismo envía más sangre hacia la piel y activa la sudoración. Parte del trabajo cardiovascular que en condiciones frescas se destinaba principalmente al ejercicio debe utilizarse ahora para disipar calor. Una revisión publicada en Physiological Reviews explica que el estrés térmico modifica la función cardiovascular, la termorregulación, el equilibrio de líquidos y la percepción del esfuerzo. El corredor puede mantener el mismo consumo de oxígeno o una intensidad metabólica parecida, pero necesita reducir la velocidad para compensar esas exigencias adicionales. La humedad complica todavía más el proceso. Sudar no enfría el cuerpo por sí mismo: la refrigeración se produce principalmente cuando el sudor se evapora. Si el aire contiene mucha humedad, esa evaporación disminuye y una mayor cantidad de sudor permanece sobre la piel o cae al suelo sin cumplir plenamente su función. Por eso no existe una corrección universal del ritmo basada únicamente en la temperatura. Veintiocho grados con aire seco no producen necesariamente el mismo efecto que veintiocho grados con una humedad muy elevada, ausencia de viento y exposición directa al sol.

La frecuencia cardiaca aumenta aunque el ritmo no cambie

En una salida prolongada puede aparecer la denominada deriva cardiovascular. Aunque el corredor mantenga una velocidad constante, la frecuencia cardiaca aumenta progresivamente. Entre sus causas se encuentran la elevación de la temperatura corporal, la pérdida de líquido y la reducción del volumen de sangre expulsado en cada latido. Esto significa que un rodaje iniciado a una intensidad cómoda puede terminar convertido en un esfuerzo moderado o alto sin que el ritmo haya variado. Si el corredor intenta impedir que los minutos por kilómetro empeoren, probablemente terminará elevando todavía más la carga interna. En verano resulta más útil establecer un límite de esfuerzo que una velocidad obligatoria. Cuando el objetivo es realizar un rodaje suave, importa más conservar una intensidad sostenible que completar cada kilómetro al ritmo habitual. La frecuencia cardiaca puede servir como referencia, pero tampoco debe interpretarse de forma aislada. El calor, la deshidratación, la cafeína, el estrés, el descanso insuficiente y las variaciones normales del organismo pueden modificarla. Interesa observar la tendencia y combinarla con las sensaciones.

El esfuerzo percibido recupera su utilidad

La percepción de esfuerzo permite valorar conjuntamente la respiración, la tensión muscular, el calor, la fatiga y la dificultad general de la sesión. No sustituye todos los datos del pulsómetro, pero aporta una información que el ritmo no puede ofrecer. En un rodaje cómodo deberías poder hablar mediante frases completas y mantener una respiración controlada. Si para sostener el ritmo previsto necesitas concentrarte continuamente, la respiración se acelera y las piernas acumulan tensión, la sesión ya no está cumpliendo la función de un entrenamiento suave. Las sensaciones térmicas también influyen en la capacidad de rendir. Una revisión publicada en European Journal of Applied Physiology señala que la percepción del calor participa en la regulación del rendimiento. El cerebro integra la información procedente de la temperatura, el esfuerzo y el estado del organismo para ajustar la intensidad antes de alcanzar una situación potencialmente peligrosa. Reducir el ritmo no es rendirse ante una sensación subjetiva sin valor. Es responder a una señal fisiológica que ayuda a distribuir el esfuerzo.

Correr más despacio no significa dejar de entrenar

El ritmo absoluto puede disminuir mientras el estímulo interno se mantiene. Un rodaje a 5:45 minutos por kilómetro en una mañana fresca y otro a 6:10 con calor intenso podrían generar una exigencia cardiovascular semejante. Juzgar únicamente el resultado del reloj llevaría a considerar peor la segunda sesión, aunque ambas hayan trabajado la misma zona de intensidad. Esta distinción es fundamental para proteger los rodajes fáciles. Si todos ellos se convierten en sesiones moderadas porque el corredor se niega a perder velocidad, aumenta la fatiga y disminuye la capacidad para realizar correctamente los entrenamientos de calidad. Durante las semanas más calurosas se puede conservar una sesión con intensidad, pero conviene adaptarla. Las repeticiones pueden acortarse, las recuperaciones ampliarse y el ritmo sustituirse por una referencia de esfuerzo. También es posible elegir las horas más frescas o realizar determinados entrenamientos en una cinta situada en un espacio ventilado. La mayor parte del volumen debería continuar siendo realmente cómoda. Esa continuidad mantiene la capacidad aeróbica y permite acumular semanas de entrenamiento sin convertir cada salida en una competición contra el termómetro.

La adaptación al calor también produce cambios útiles

La exposición repetida y controlada al ejercicio en ambientes calurosos puede provocar una aclimatación. El organismo comienza a sudar antes, mejora la distribución del flujo sanguíneo, aumenta el volumen plasmático y reduce, para una misma carga, parte de la tensión cardiovascular y térmica. Un metaanálisis publicado en Sports Medicine encontró que la adaptación al calor mejora distintas respuestas fisiológicas, perceptivas y de rendimiento en ambientes calurosos. Sin embargo, aclimatarse no significa hacerse inmune a las altas temperaturas ni justificar entrenamientos excesivos. Estas adaptaciones requieren repetición y una carga controlada. Si cada sesión termina con agotamiento, deshidratación importante o varios días de mala recuperación, el calor deja de ser un estímulo manejable y se convierte en un problema. Tampoco puede garantizarse que entrenar con calor mejore directamente el rendimiento posterior en condiciones frescas. La posible transferencia depende del nivel, la planificación y la forma de aplicar el estímulo. El beneficio más seguro para el corredor popular procede de mantener la continuidad y evitar que el verano destruya la calidad del entrenamiento.

Rodrigo Gavela te explica por qué los corredores debemos entrenar despacio

El otoño no crea la forma: permite expresarla

Cuando descienden la temperatura y la humedad, el organismo necesita destinar menos recursos a refrigerarse. A un mismo esfuerzo cardiovascular, el corredor suele poder moverse más deprisa. Los ritmos que parecían lejanos en agosto pueden reaparecer rápidamente sin que se haya producido una transformación repentina de la condición física. La mejoría otoñal no nace únicamente del cambio de tiempo. Es la expresión del trabajo acumulado durante el verano: rodajes controlados, sesiones de calidad adaptadas, fuerza, descanso y continuidad. Quien intenta mantener en julio y agosto sus mejores ritmos puede llegar a septiembre fatigado, frustrado o lesionado. Quien acepta ralentizar las sesiones fáciles tiene más posibilidades de conservar energía para entrenar durante muchas semanas.

Cómo controlar los entrenamientos veraniegos

Antes de empezar, conviene observar la temperatura, la humedad, la exposición solar y el viento. Durante la carrera, hay que comprobar si la frecuencia cardiaca sube de manera desproporcionada y si la percepción de esfuerzo continúa correspondiendo al objetivo de la sesión. En los rodajes suaves, utiliza la conversación y la respiración como filtros. En las sesiones intensas, trabaja mediante rangos de esfuerzo en lugar de exigir un parcial inamovible. Si las condiciones son extremas, reduce la duración o aplaza el entrenamiento. También es importante abandonar las comparaciones directas con recorridos realizados en otras estaciones. Un mismo circuito puede producir resultados muy diferentes dependiendo del ambiente, aunque la forma física no haya empeorado. Correr más despacio durante el verano no es perder el tiempo. Es ajustar la velocidad para conservar el estímulo que realmente buscabas. El reloj puede mostrar parciales peores, pero una carga bien administrada permitirá que, cuando llegue el otoño, puedas correr más deprisa sin haber pasado todo el verano luchando contra tu propio organismo.