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Langhe Monferrato Roero: arte, maravilla y ensueño

La Italia donde la bici conecta viñedos sobre colinas de seda y cimas de leyenda

Óscar Falagán

9 minutos

Ascendiendo en bici de gravel hacia el indómito paso alpino de Fauniera.

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Declarada Patrimonio Mundial por la UNESCO, esta suma de comarcas combina pueblos y castillos cuidados con esmero, vinos de prestigio, gastronomía refinada y un entramado de sendas, pistas y carreteras que parecen concebidas para ser recorridas a dos ruedas. Situado en el ángulo turinés del triángulo Turín-Génova-Niza, brinda además la posibilidad de enlazar la placidez de las colinas con la épica de los grandes puertos alpinos.

Como el fotógrafo que me secunda en esta aventura es cantante en un grupo afín al rock (Kotarro), nos permitimos arrancar el artículo con reminiscencias a banda sonora roquera. Con un estribillo de Siniestro Total, venga, uno de los conjuntos a los que Kotarro versiona: «¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?». «Somos» Alfonso Berzal y el menda, «venimos de» Castilla y León y «vamos» a Piamonte, región del noroeste de Italia. Aunque quedémonos con lo más importante, el «a dónde vamos», y pongámosle una fugacísima nota histórica: antes de convertirse en la Italia de hoy, la península itálica era un mosaico de reinos y ducados sometidos a influencias extranjeras; entre ellos destacó el Reino de Piamonte-Cerdeña, desde el que se impulsaron alianzas y campañas militares que conformarían el país actual; Turín, capital piamontesa, fue la primera capital de la Italia unificada… Esto atino a rascar en la mollera de mi periodo universitario italiano, vivido allá cuando en los CDs de mis amigos (sardos, pulleses, toscanos… que estudiaban en Perugia) sonaban voces roqueras como las de Gianna Nanini, Vasco Rossi o Ligabue.

Pero maticemos más las coordenadas y peculiaridades del destino perseguido. Las áreas geográficas de Langhe, Monferrato y Roero se extienden por ámbitos administrativos de las piamontesas provincias de Cuneo, Asti y Alessandria. Un triángulo geográfico que conforma un continuo de colinas y viñedos con pedigrí y solera, entrelazados entre estos tres entornos. Roero está al norte del río Tanaro, principal afluente de la margen derecha del Po, y destaca por sus cañones de roca y sus suelos arenosos que dan vida a vinos frescos, perfumados y ligeros. Langhe está al sur de dicho río y ofrece cerros arcillo-calcáreos donde nacen los potentes vinos Barolo y Barbaresco. Monferrato está al este y es territorio amplio de relieve suave y famoso por sus tintos de Barbera y sus singulares bodegas subterráneas excavadas en piedra. Forjan, en fin, una alianza turística estratégica donde la unión hace la fuerza (y la belleza).

Lunes. Primer bocado a un terruño lleno de sabor

Desde Turín nos dirigimos hacia Alba, elegante ciudad como brotada de entre viñedos que será nuestra primera base de operaciones. Su nombre me resulta familiar por otra razón: tres semanas atrás, la ciudad fue protagonista de la Vuelta a España, acogiendo la salida de una etapa que iniciaría el camino hacia la victoria final de Jonas Vingegaard (el danés ganó esta etapa con meta en la estación de esquí de Limone Piamonte). Y es que el día antes de nuestro aterrizaje aquí concluyó la 80ª edición de esa Vuelta que casualmente partió de Piamonte. O quizá no tan casualmente, porque en esta tierra se tiene devoción por el ciclismo. ¡Y a comprobarlo la misma tarde que llegamos, empezamos a descubrir en bici eléctrica de montaña un poquito de los alrededores! Lugares como Neive, pueblo de origen medieval de callejuelas adoquinadas, situado, por supuesto, en un alto del terreno.

Con nuestros guías del primer día apurando hasta la última luz crepuscular (servidor, el de azul).

Llegar a Neive pedaleando es ganar un balcón a las Langhe, extensa sucesión de colinas con renglones y renglones de cepas. Jugada perfecta: nos da una nítida idea del espacio que nos circunda y por el que vamos a deslizarnos. Nuestros acompañantes nos explican que las vides de aquí poseen una gran tradición, y que a esta la llaman la "tierra de los cuatro vinos", por su producción de Barbaresco, Barbera, Moscato y Dolcetto. Buen tema, ya que si la bicicleta abre paisajes, los jugos y la gastronomía de los lugares abren el gusto y fomentan la buena cercanía. Teniendo esto claro, rematamos la jornada cenando en Corneliano d'Alba, en un local bici-amigo regido por una familia entrañable y presidido por un cartelón del club de fans de Diego Rosa, ciclista de este pueblo que ha pasado por las filas de equipos World Tour como el Sky o el Astana. La familia nos recibe luciendo con orgullo camisetas de la Salida Oficial de La Vuelta a España, ese hito acontecido en la región. Compartir mesa, pareceres y sonrisas con ellos es nuestra mejor bienvenida y colofón del día. Eso y un buen plato de tallarines y de vitello tonnato (ternera en salsa de atún), según recetas locales tradicionales, por supuesto.

El rojo del maillot de líder de la Vuelta predomina en padre, madre e hija para darnos bienvenida.

Martes. Entre armonías de pueblos, vides y gastronomía

El guía viene a buscarnos al hotel con las eléctricas de ayer. Al vernos en el hall, nos dice:

—¡Buongiorno! Antes de nada, un paseo por Alba, va bene?

Va molto bene, claro que sí. Y directitos a la plaza de la catedral de San Lorenzo nos vamos, a callejear un poquito por ahí. Conocido este enclave desde la Edad Media como «la ciudad de las cien torres», de las que sobrevive bien alguna, nos llama especialmente la atención su arquitectura rojiza. Los sentidos se cuidan mucho en estas longitudes y latitudes: los colores, los olores, los sabores… Presumen los lugareños de que esta en la que estamos es la capital internacional de la trufa blanca, codiciado tesoro que crece de forma silvestre entre raíces de bosques aledaños. Justo está a punto de comenzar la temporada. Lástima que no la hayamos pillado, pero, ya que es así, vayámonos enseguida adonde los castillos medievales custodian altozanos por doquier.

Ojo, no pedaleamos entre unas viñas cualquiera, sino por un santuario vitivinícola donde cada palmo de tierra cotiza al alza y donde se mima el cultivo de extraordinarias variedades de uva blanca, como la Arneis, amparada por la denominación Roero DOCG. Allá vamos, con plena fe a la premisa de que una óptima forma de conquistar este relieve abrupto es exprimir la bici de montaña por algunos de sus más de 250 kilómetros de senderos, una red que serpentea entre crestas y arboledas. Recorremos algunos tramos de esta comarca, que también es la tierra natal de una avellana cotizadísima, joya de la pastelería piamontesa. Además de las vides, los avellanos aparecen rincón tras rincón, entre caminos tranquilos que conducen a pequeños pueblos donde conviven lo antiguo y lo moderno. Rodar por aquí es perderse en una montaña rusa verde en la que cada cima parece estar vigilada por una fortaleza medieval.

—¡Andiamo al «balcón de las Langhe»! —nos dice el guía—. Ayer vimos el de Neive, pero este es aún más espectacular.

Sin duda, el pueblo fortificado de La Morra nos regala, desde su mítico belvedere, una vista conmovedora.

Entre viñedos por la mañana y acercándonos a pueblos como Monforte d'Alba por la tarde.

Avanzamos después hacia Castiglione Falletto, flanqueados por la simetría de los viñedos que tapizan las laderas. Tramos de asfalto que se van intercalando con los de tierra nos acaban llevando hasta el castillo del pueblo, una soberbia edificación. El guía nos da la buena noticia de que el momento de comer está cerca. Dándole a las bielas, entra hambre y, por suerte, en Italia se come antes que en España; y, por más suerte todavía, nos aguarda la famosa terraza de Renza. Conocer a la señora Renza en su casa-restaurante es entender de golpe por qué la revista Falstaff —una de las más influyentes en el mundo del vino, la alta gastronomía y el turismo de lujo— la sacó en portada bajo el título de «Mamma Italia». Con una vitalidad contagiosa y esa hospitalidad propia de quienes han hecho de la cocina un arte familiar, nos recibe para demostrarnos que la gastronomía de estos lares es una delicia. «Mamma Italia» nos invita a probar el delicado Arneis. Embriagados ya de por sí con el sublime horizonte de viñas, más lo estamos al brindar con este blanco brotado de ellas, que nos seduce con sus notas de flores y aromáticas hierbas frutales.

Cuando al paisaje se adhieren pueblos bonitos y cordialidad de la gente, ¿qué más se quiere?

Tras la comida, toca seguir disfrutando, pues aún nos esperan divertidos senderos. La ruta de la tarde nos lleva también, entre otros lugares, a Monforte d'Alba, uno de los pueblos de esta comarca incluidos oficialmente entre «Los pueblos más bellos de Italia», un calificativo que, desde luego, no resulta nada baladí en el país transalpino. Con el mayor aprovechamiento posible de las horas, completamos nuestro recorrido por una zona que bien merece varios días de exploración.

Un sendero nos da una singular perspectiva del Castillo Falletti, en pleno corazón de Barolo.

Miércoles. Cambio de escenario y de modalidad ciclista

Dejamos atrás el orden señorial de los viñedos para establecer nuevo cuartel general en Cuneo, trazando una diagonal que discurre casi en paralelo a la línea litoral que une Génova y San Remo. Toca cambiar de montura y entregarse a la disciplina del gravel. La ruta de hoy nos desafía a conectar Cuneo con las inmediaciones de la localidad de Pietraporzio, en un viaje plagado de contrastes: primero por pistas que recorren un parque fluvial y, después, indagando el misticismo de una antigua carretera militar que remonta el valle. Rodar aquí es escuchar el crujido de la grava fina, sentir la frescura de los árboles alpinos y comprobar cómo cada pedalada te aleja un poco más del urbano ruido.

Cuando el asfalto tiende a desaparecer, la cosa se pone bien.

Progresar con Alfonso y nuestra nueva guía bajo la sombra de los bosques piamonteses es un masaje para las piernas antes de que la montaña se ponga seria. El recorrido por la vieja pista militar es un reencuentro con el pasado estratégico de la región, sorprendiéndonos con la repentina aparición de imponentes estructuras fortificadas entre la vegetación y las cumbres alpinas… Haciendo bromas sobre las ventajas de las gravel eléctricas que llevan mis dos socios, frente a la no eléctrica que he preferido yo, ascendemos hacia Pietraporzio en un preludio perfecto de la alta montaña que nos aguarda al día siguiente. 

Fortificaciones entre fortificaciones, lo humano incrustado entre la grandeza de los valles.

Jueves. El coloso del viaje

El cuarto día amanece con el aroma inconfundible de las grandes etapas de montaña. Nos espera el puerto de Fauniera, un gigante esplendoroso de 2.481 metros de altitud, que en el Giro de Italia de 1999 Marco Pantani coronó en solitario para vestirse con la maglia rosa (al final el Giro fue para Ivan Gotti, pero esa ascensión de Pantani es venerada en Piamonte). Acometerlo en es una experiencia ascética. El asfalto gastado va colgándose del abismo mientras va superando templos de piedra que parecen velar por el silencio de los valles. A medida que gana altura, los árboles desaparecen y la roca caliza se vuelve más agresiva para advertir que aquí arriba la montaña no negocia. Los paisajes tienen rasgos potentes y adorables, con presencia de ermitas con sus campanarios alpinos y un buen número de marmotas y otros seres que nos saludan al ir acercándonos a la cima.

Menos conocidos que otros más famosos, los puertos de aquí realmente maravillan.

Con las piernas todavía temblando por el esfuerzo y el corazón ensanchado, el cuerpo nos pide gasolina de la buena. La salvación llega en forma de oasis de alta montaña. El Refugio Fauniera nos va a conceder un abrazo piamontés. Reponemos fuerzas con un contundente plato de ñoquis con ragú tradicional y una reconfortante polenta montañesa, cremosa y robusta, óptimo combustible ítalo-alpino. Tras el descenso, ya en Cúneo, hay algo que no queremos perdernos en nuestra última serata de esta visita a Italia, unos buenos helados artesanales. ¡Oh, esos helados italianos! 

Posado del trío expedicionario ante la estatua de Marco Pantani en la cima de Fauniera.

Viernes. Nos vamos, pero con la mirada puesta en regresar a conocer más

Nos vamos, sí, pero no sin visitar el mercado de abastos —donde el despliegue de quesos de tamaños variopintos constituye uno de los espectáculos más seductores— y dejando una promesa en el aire: retornaremos aquí para recorrer la fascinante Ciclovia del Mare, ruta que conecta el Lago Mayor en Suiza con la costa ligur: enlazando arrozales, colinas de viñedos como los disfrutados estos días y paisajes prealpinos que postulan la filosofía del pedalear sin prisa. Un nuevo objetivo que ya hemos anotado en mayúsculas en nuestro cuaderno de inmediatos deseos. Nos despedimos, por ahora, de Langhe Monferrato Roero, con la sensación de habernos adentrado en un territorio que hay que seguir descubriendo. Confiamos en que regresar deje de ser un deseo para convertirse en una certeza.

Tras esas montañas espera el mar: volveremos para descubrir la Ciclovía que con el mar conecta.

 

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