Entre las cosas que recuerdo con mucha nitidez de aquellas 24 frenéticas y exiguas horas que pasé en Ushuaia, allá por la Navidad de 2001, justo un par de días antes del corralito, está mi cara reflejada en aquel escaparate de aquella agencia de viajes que ofrecía cruceros a la Antártida. Recuerdo también a un par de viajeros o tres, en sus cincuentenas, guardando sus carteras con una sonrisa de satisfacción mientras salían de la agencia. Y así, cuando en abril de 2023, casi 25 años después, y en mi propia cincuentena yo también, recibí un mensaje de texto de mi querido Antonio De la Rosa, ese otro gran cincuentenario incombustible, ofreciendo la posibilidad de hacer un viaje a la Antártida, necesité un par de segundos (tal vez tres) para subirme al carro. “Yo voy”, pensé y escribí sin dudarlo, sin (casi) preguntar el precio, las fechas, las condiciones, la compañía, la duración… En ese momento, sentía que todo me daba igual. Antártida. Y punto.
Así que, en menos tiempo del que podría haber imaginado nunca, sin planificaciones de meses y meses, sin mapas, guías de viaje ni rutas establecidas, me encontré embarcado en la aventura de mi vida.
La aventura de mi vida
Y el plan, sobre el papel, me parecía increíble. Nada de cruceros, nos vamos en un hermoso velero de 80 pies (podríamos decir 27 metros, pero la náutica, de la que ahora formo un poquito parte, tiene estas cosas). Y para empezar esta aventura, nuestro compromiso es estar en el pontón Micalvi, el pequeño puerto de Puerto Williams, la ciudad más austral del mundo, el 1 de marzo. Ese día empezarán los preparativos, que incluyen formación técnica sobre el velero, la navegación y el uso y conocimiento básico de instrumentos (no deberíamos necesitar esto, pero no está de más saberlo si vas a ir en un barco, ¿no?). También haremos algunas prácticas técnicas con los “juguetes de navegación” que hemos elegido para las actividades y rutas acuáticas: algunos preferimos el kayak, otros la tabla de paddle surf, y solo unos pocos prefieren quedarse en cubierta y no participarán en estas travesías.
El viaje hasta Puerto Williams es largo. En la mayoría de los casos, implica tres vuelos de avión: de Madrid a Santiago de Chile, de ahí a Punta Arenas, la capital del sur, y de ahí otro vuelo más hasta Puerto Williams, que está en Isla Navarino, a orillas del Canal Beagle, que la separa de la Isla Grande de Tierra de Fuego. Juanjo, Luis y yo elegimos el “camino largo” para llegar hasta aquí. No solo hemos comprado billetes para el Yaghán, el transbordador de TABSA que tarda unas 30 horas en hacer la travesía de Punta Arenas a Puerto Williams. También hemos venido con tiempo suficiente para “dar una vuelta” por la Patagonia (chilena y argentina), agregar a nuestra querida Raquel (“recogida” en el aeropuerto) al viaje, tomar ese barco y caminar varios días por el trekking de los Dientes de Navarino, que por sí solo sería una aventura increíble. Pero todo eso escapa a nuestra historia de hoy, así que tal vez os la contemos en otra ocasión…
(Por cierto, los Yaghán o Yagán son una de las dos tribus dominantes de nativos de Tierra de Fuego. Junto con los Ona, eran una de las estrellas de ese pasatiempo del siglo XX que llamábamos crucigramas, cuando decía aquello de “Indio fueguino”).
Ahora, ya por fin en Puerto Williams, alojados en el Hotel Forjadores. No teníamos alojamiento cuando el barco atracó a las 2 de la mañana, de modo que seguimos el consejo de la mujer que venía a recoger a sus huéspedes. Ella no tenía más sitio, pero sí nos dio el teléfono y no tardamos en llegar a un acuerdo. El precio de nuestra habitación cuádruple es ligeramente más caro que el de los albergues (unos 30 contra 25 euros al cambio, por persona y día), pero algunos servicios, y la calidad de la wifi, parecen compensar la diferencia. En todo caso, resulta que los expedicionarios de nuestro viaje van llegando y… ¡Todos tenemos reservado ese mismo sitio! En fin, a lo mejor una sencilla búsqueda por internet tampoco habría dejado muchas dudas…
Sábado 2 de marzo:
Ya deberíamos estar embarcados, según los planes iniciales, desde hace un día. Pero tenemos que aceptar este ligero retraso en la salida, porque las condiciones meteorológicas siempre mandan en primer lugar, y las reparaciones y el mantenimiento de los barcos, después de cada travesía, en segundo lugar. Y nuestro barco debe hacer su mantenimiento en Ushuaia, a escasas 5 horas hacia el oeste, pero en territorio argentino, lo cual también ralentiza un poco las cosas. Nada que no quede resuelto con algún paseo extra por Puerto Williams, a conocer el Pontón Micalvi, la gran barcaza varada que actúa como sede del puerto “deportivo”; Villa Ukika, el poblado donde reside la población Yagán, un poco apartada del resto de la ciudad; la sede local de la Universidad de Magallanes; la playa de cantos rodados, los alrededores del aeropuerto, las tres o cuatro pequeñas tiendas de regalos, los tres o cuatro restaurantes donde el pescado siempre es recomendable, las siempre interesantes visitas al supermercado local…
Y por fin, el 3 de marzo ya estamos todos, los catorce integrantes de la expedición y los tres tripulantes del Doblón, que así se llama nuestro compañero de acero para este viaje. Pasamos la mañana remando y practicando técnicas deportivas, y pasamos la tarde embarcando. ¡La aventura comienza esta misma noche!
Lunes 4 de marzo:
He dormido como un lirón en nuestra primera noche de travesía… ¡Para descubrir que no nos hemos movido ni un metro! ¡Claro, así no notaba yo el oleaje! Ayer era tan tarde que no merecía la pena salir, de modo que hoy, por fin, a media mañana, el Doblón está en marcha, rumbo al sur del sur. Las primeras 6-8 horas navegaremos hacia el este por el Canal Beagle. A babor (a nuestra izquierda), la isla grande de Tierra de Fuego, Argentina; a estribor, la isla chilena de Navarino. No han transcurrido ni 30 minutos, casi todos en cubierta disfrutando de un sol espléndido de finales de verano, cuando aparece, justo enfrente, ¡la primera ballena!
Ya nos habían enseñado videos recientes de ballenas en el canal, pero ¿la primera, a un metro del barco, antes de la primera hora? Esto promete, ¿no? Es un momento emocionante, que nos hace a todos un poco más conscientes de la aventura que nos espera. En unas pocas horas estaremos inmersos en la gran travesía, el cruce del Pasaje de Drake, como se conoce en el mundo anglosajón, o el Mar de Hozes, como lo conoce la geografía en España. Aquí en el sur todo el mundo lo llama “El Drake”. Nos esperan tres días de viaje en mar abierto, en el peor mar del mundo por su oleaje, sus corrientes y sus tempestades, que han reducido a la nada a miles de barcos de todos los tamaños a lo largo de la historia. Por suerte, la “ventana” de tiempo es excelente, y solo tendremos vientos de través de unos 25-30 nudos, excelentes para navegar, y olas de no más de 2-3 metros, que nuestra capitana Paula no recuerda de ninguno de sus 12 anteriores cruces del Drake.
No ocurren muchas cosas durante estos tres días, como ya cabía esperar. Así que casi todos, unos más y otros menos, aprovechamos para marearnos y desmarearnos sin descanso, con todas las vomitonas necesarias, por supuesto, mientras intentamos adaptarnos lo mejor posible, y empezamos a conocernos un poco, entablando nuestras primeras conversaciones entre bamboleos de lado a lado.
Allí nos encontramos con nuestros tres tripulantes argentinos, nuestra capitana que pasa más de medio año en el mar; nuestro segundo, amante de las motos y que adora construirlas a medida, cuando está en tierra; nuestro cocinero, que intenta arrancar su vida profesional en el mundo del turismo activo; nuestro líder Antonio, el aventurero profesional que nos aglutina a todos, que nos organiza y nos convierte en un grupo, mientras su mente, por ahí debajo, no puede parar de imaginar nuevos proyectos; y con ellos viajamos también el piloto comercial, con ese trabajo no le faltan aventuras que contar; el bombero que ha dedicado su vida al piragüismo, como deportista y entrenador; el profesional de la restauración, con experiencia en navegación, que tiene guardadas decenas de historias para compartir (además de una botella de tequila con vocación de posar para la publicidad); el albañil/constructor/reformador, hiperactivo incansable, que siempre tiene un brazo fuerte para prestar y una palabra optimista para los malos momentos; el catedrático universitario que aportará todo lo que pueda, más que ningún otro, a mantener la calma; el “peluquero”, del rey, que es literalmente el que le arregla los “pelucos” a la Casa Real; el psiquiatra estudioso que suele definirse como “psicópata con estudios”; el diseñador de coches, aventurero de la vida, también con centenares de historias apasionantes escondidas, como la propia aventura empresarial que le trae hasta aquí; el pastelero multiherramienta, probablemente uno de los seres humanos más versátiles en la tierra, ansioso por sumergirse en las gélidas aguas antárticas con su flamante traje seco y su cámara de acción; el técnico de sonido, de imagen, de tecnología y de comunicación, que comparte sus aventuras en el día a día en los medios audiovisuales de nivel nacional; el veterinario viajero, que haría palidecer a Willy Fogg si compartiese sólo la mitad de sus aventuras; el profesor de instituto, que cuando sea mayor quiere ser fotógrafo (más valdrá que se dé prisa…); y el fotógrafo/videógrafo, que ya es profesional, y que al parecer es de los pocos que viene aquí a trabajar… y así toda la lista de tripulantes más pasajeros, que debería sumar diecisiete, nos encontramos, en la tarde del 6 de marzo, cruzando el paralelo 60, donde entra en vigor el Tratado Antártico, un acuerdo sin precedentes, firmado en 1959 por 12 países, y al que en la actualidad pertenecen, bajo un status u otro, hasta 56, para proteger uno de los pocos tesoros que nos quedan como especie, el montón de hielo de ahí abajo.
Jueves 7 de marzo:
Después de un par de días de navegación un poco más lenta por la niebla y la presencia cada vez más frecuente de témpanos de hielo de diversas dimensiones (recordad: siete octavas partes de los témpanos están sumergidas, y sus formas son caprichosas, y el hielo es “bastante” duro…), esta tarde ha despejado un poco y ¡hemos visto tierra!
Es el archipiélago de las Shetland del Sur, una pequeña cadena de islas al norte de la península antártica, que atravesaremos durante las últimas horas de luz, cruzando por el ancho canal entre Isla Nelson e Isla Robert, para buscar fondeo, un poco más al suroeste, en la isla Greenwich. Las labores de fondeo se prolongan hasta bien entrada la madrugada, pero por fin estamos en aguas tranquilas, lejos de mar abierto, y tenemos la ilusión de que mañana tocaremos tierra. ¡Y parece que esta noche, después de varias noches bastante “agitadas”, promete que por fin vamos a dormir bien!
Viernes 8 de marzo:
Nuestra ilusión de llegar a tierra en nuestros kayaks y tablas de paddle surf se ha visto truncada esta mañana por un oleaje que hacía la travesía altamente “desaconsejable”. Las aguas antárticas rondan los 2 °C de temperatura e, incluso con traje seco, el riesgo de hipotermia es más que real en tan solo 10 o 15 minutos.
Así pues, hemos llegado a tierra en Isla Media Luna, donde se ubica la base argentina Cámara (en estos momentos cerrada, pero no desmantelada), en la zodiac del doblón, y hemos tomado nuestro primer contacto con los pingüinos Papúa, o Juanito (Pygosceles papua), que, a juzgar por nuestra experiencia futura en estas tierras, resultarán ser los más comunes en la costa.
También hemos disfrutado con los lobos marinos (Arctocephalus gazella), que, al igual que las demás especies, son muy confiados porque no tienen conocimiento de las capacidades humanas para generar peligro. Así que los fotógrafos hemos pasado una buena mañana. Estamos al sur del paralelo 62. La temperatura ronda los 2 °C casi todo el día, y el día es solo ligeramente más largo que la noche. Faltan tan solo un par de semanas para el equinoccio de otoño en el hemisferio sur.
Sábado 9 de marzo:
Poco después de un fugaz amanecer acompañado de una caída de la niebla, el Doblón zarpa de Isla Media Luna, y nuestro próximo destino, a media jornada de navegación, será Isla Decepción. Ojo con el nombre, porque es una traducción de “deception”, que en inglés significa más bien “engaño”. Al parecer, la isla engañó a muchos navegantes al hacerlos pensar que era un bloque compacto, hasta que el norteamericano Nathaniel Palmer descubrió que en su interior encerraba un cráter volcánico y un excelente abrigo de las inclemencias, al que solo se accede por un único paso de escasos 200 metros de anchura.
Encontramos poca nieve en Isla Decepción, y pronto encontraremos también la explicación: es uno de los tres volcanes de la Antártida, cuya última erupción tuvo lugar en 1967, durante 3 años, y gran parte de las tierras que pisamos están calientes, y no dejan que cuaje la nieve. Tampoco dejaron que terminase de cuajar la estación ballenera noruega de Hektor, en Bahía Balleneros, a la entrada misma del cráter. La estación que, desde su creación en 1912 hasta su cierre definitivo en 1931, tuvo actividad intermitente en función de su rentabilidad, ligada a su vez a los precios del aceite y la grasa de ballena.
Domingo 10 de marzo:
El 10 de marzo es, por fin, el día de nuestra primera travesía en kayak y en tablas de paddle surf. Amanece una buena mañana; incluso levanta la niebla, y el mar se muestra en calma dentro del cráter en Isla Decepción. Nuestra intención es remar hasta la orilla sur del cráter y luego costear hacia el oeste, hasta alcanzar la base española Gabriel de Castilla, cuyo nombre rinde homenaje al navegante y explorador palentino a quien se atribuye (aunque con no muy generoso apoyo documental) el primer avistamiento europeo de las islas antárticas, allá por marzo de 1603, y haber alcanzado la latitud 64º.
La travesía, la nuestra, sin contratiempos, nos lleva unas buenas 4 o 5 horas, en las que no falta compañía y conversación, pero también ocasiones en las que remas solo, solos la inmensa naturaleza y tú. Y al final de nuestra travesía, la isla Decepción tomará su acepción típica en español, ya que una importante decepción nos está esperando a la entrada de la base. No tenemos solicitada una visita, y no se nos concede permiso para visitarla. Tan solo un par de comunicaciones de radio y, al final, ni siquiera permiso para desembarcar, ni siquiera hacer uso de la wifi para descargar datos de meteorología… Un episodio muy doloroso, algo así como sentirnos expulsados de nuestra tierra, al que tratamos de no dar mayor importancia, pero que nos ha dejado chafados, y al menos queremos mencionarlo. Solo nos queda, pues, recoger nuestros juguetes y preparar la jornada de mañana…
Lunes 11 de marzo:
"Viajando en velero, el tiempo se pone viejo. Ya nada conserva la velocidad de la vida estando acá”. Así decía Leandro, nuestro oficial, esta madrugada, mientras compartíamos guardia en el puente. Aunque mi jornada había comenzado un poco antes, a las 3, acompañando a Paula, nuestra capitana. Un pequeño susto con un buque grande que venía de frente, que por supuesto Paula manejó con elegancia y profesionalidad. Tras semejante madrugón, un poco de descanso y un hermoso desayuno, hasta que ha comenzado la fiesta. O más bien el festín.
Habíamos ralentizado para ver un témpano enorme, de unos 30 m de alto, una especie de corona con varias puntas de formas diferentes y una piscina de color azul intenso en el centro, cuando han empezado a aparecer ballenas; hasta tres hemos visto a la vez, jugando con el barco, por babor, por estribor, por proa, por popa, y atrás, al fondo, el iceberg. Nos íbamos retirando cuando el frío se volvía insoportable, pero las ballenas parecían estar disfrutando tanto como nosotros. Ha sido glorioso.
Al final, en algún momento, hemos decidido seguir camino. El fondeo en isla Trinidad, que era lo previsto para la tarde, no ha parecido tan interesante, de modo que hemos navegado un par de horas más y ahora estamos, después de una larga maniobra complicada por el fuerte viento, fondeados lo más cerca que hemos llegado a estar del Continente Helado, que son justo las paredes de glaciar de 60 metros que tenemos delante, a escasos 500 metros del barco. Mañana, si baja un poco el viento, intentaremos bajar los kayaks. Pero eso ya se verá. Eso será mañana. Si se dan las condiciones…
Martes 12 de marzo:
¡Bueno, bueno, bueno! ¡Hoy ha sido el gran homenaje! Un día precioso de “sol y moscas” antártico, con viento inexistente, temperatura muy “suave” y sol radiante en muchos momentos. De nuevo la mañana comenzó a las 5, con guardia en el puente compartida con Josep, y seguimiento fotográfico minuto a minuto del amanecer.
Y después del desayuno, hemos armado todos los juguetes y nos hemos ido a remar por la Bahía Inútil, la mar tan en calma que he echado mucho de menos la cámara en ese tramo.
Al terminar la excursión, todavía sin tocar tierra en el continente, pero solo por unos 300 metros, me he ido al Doblón a recoger, porque tenía frío, y entonces me he encontrado con un sitio en la zodiac y todas las oportunidades fotográficas ante mí: fotografía deportiva, gente, fauna, paisajes… Han sido otras dos horas gloriosas, con luz cambiando a cada poco y decenas de estímulos llegando a la vez. ¡De nuevo he tenido que parar de frío! ¡Y cuando por fin estábamos descansando, ha aparecido una foca leopardo en un témpano y nos hemos ido en zodiac a verla!
El resto de la tarde ha sido excitación general ante las fotos, los vídeos y las experiencias compartidas. Parece que no pueden pasar ya más cosas… y entonces es cuando zarpamos para navegar 12 horas, y lo primero que nos espera es un denso campo de témpanos que está arrastrando el creciente viento del norte. Todo esto, mientras empieza a nevar fuerte. La Antártida parece enviarnos un “pequeño” recordatorio: “Se va el verano, no me subestiméis…”
Miércoles 13 de marzo:
Tranquilo se presentaba el día de hoy, ¡aunque no por ello menos interesante! Sin grandes sobresaltos, la noche terminó y la mañana gris nos encontró navegando, con suave viento a favor, hasta la isla Enterprise, donde yace el pecio del Guvernoren que exploraremos después de fondear, al fondo de una pequeña bahía poco profunda. Al parecer, es un barco ballenero noruego, a cuya exhausta y eufórica tripulación, allá por finales del verano de 1915, y después de una fructífera temporada de caza, se le fue la mano con las celebraciones y los chicos terminaron quemando el barco y pidiendo rescate a otros barcos de la zona. No hubo que lamentar desgracias personales, más allá del frío pasado y, supondremos, la vergüenza de dar las explicaciones oportunas…
En el mismo paseo en zodiac hemos descubierto también los restos de varias barcazas balleneras, entre las rocas, para volver pronto al doblón con “algo de frío” en el cuerpo. Algunos chicos, aun así, han aprovechado para mucha más actividad. Algunos remando y pedaleando. Otros, los más temerarios, estrenando sus flamantes y caros trajes secos para explorar la cubierta y el interior del pecio. Ha sido emocionante verlos, un logro increíble. El traje seco, como indica su nombre, te permite llevar ropa de abrigo puesta, sabiendo que (con todo correctamente abrochado) no se mojará. Con todo y con eso, incluso con buena ropa térmica bajo el traje, la inmersión ha durado 8 o 10 minutos…
Y otros, los más locos, claro, andaban remando con unos esquíes en sus kayaks, para pasar un rato esquiando por las laderas de la isla. Según sus informes posteriores, la nieve estaba en perfecto polvo y sin transformar. Lo cual solo puede ser normal, con temperaturas que, desde hace un par de días, ya bajan de los 0º durante las 24 horas…
Hacia las 5 levamos anclas. Una travesía de unas cuatro horas nos espera, hasta nuestra siguiente noche de fondeo, un poco más al sur, en isla Cuverville, ya en 64°70’ S. Por el camino, los últimos rayos de sol pugnan por hacerse un hueco entre las nubes que cubren las cumbres. No llegarán a conseguirlo, pero nos conceden una preciosa tarde en cubierta. A última hora, ya casi de noche, una enorme ballena, a 50 metros, nos despide con su cola. Hasta mañana, parece decir…
Jueves 14 de marzo:
La mañana amanece gris frente a las costas de la pequeña isla Cuverville. La isla fue bautizada por el explorador francés Jules Dumont D’Urville, en honor a su amigo el comandante Cuverville (del que poco se sabe), durante su expedición antártica entre 1837 y 1840.
Nosotros, por nuestra parte, exploraremos de la forma que sabemos, bajando nuestros juguetes a la superficie del mar y remando un rato hasta la costa. En la que, por la experiencia acumulada de nuestra capitana, desembarcamos con cuidado y calma, sin estridencias, para no molestar a la enorme colonia de pingüinos Juanito que allí vive. Yo, por mi parte, con mi cámara y mi abrigo abrochado hasta arriba, ya no he necesitado más estímulos en todo el día. Convivir en calma con los pingüinos, dejarles que se me acercaran y fotografiarlos en todo tipo de poses, posturas y muecas, me ha ocupado, en un suspiro, las 4 o 5 horas que hemos pasado en la isla. Y al final de la tarde, sobraba el teleobjetivo, ¡porque estos pequeños seres estaban vencidos por la curiosidad!
Y no hay descanso en un viaje así. Recogidos los juguetes, reanudamos la travesía por el increíble estrecho de Gerlache, que toma su nombre del explorador belga Jean Baptiste Gerlache, líder de la primera expedición, entre 1897 y 1899, que pasó un invierno completo en la Antártida, investigando y estudiando, y sobre todo rezando para que su barco, el Bélgica, atrapado por el hielo, llegara sano y salvo a la primavera…
Nosotros, mientras, navegamos en calma, por aguas tranquilas, hacia el suroeste, a babor tierra firme, a estribor todas estas pequeñas islas que a veces utilizamos como puerto de fondeo para nuestras travesuras. El fondeo de hoy, después del estrecho Paso Lemaire, será en la angosta Bahía Paraíso, frente a la base argentina Brown. Un par de millas al sur de la Isla Lemaire, que, al igual que el pequeño paso que acabamos de atravesar, en realidad fue descubierta y cartografiada por la expedición estadounidense de Charles Wilkes de 1838-42, y bautizados ambos varios años después en honor a las contribuciones del geógrafo francés.
Viernes 15 de marzo:
Otro día de escándalo para un fotógrafo. ¡He pasado casi todo el día en cubierta, y todavía he llegado tardísimo a comer! Hacia las 6, inicio de jornada con amanecer lleno de témpanos y la primera de las innumerables ballenas del día. Poco después, en ruta, hemos parado en un islote (isla Lautaro) a rescatar unas viejas boyas de pesca, basura del mar. La operación no era fácil, con un agua rizada para la zodiac y una toma de tierra también complicada. La capitana me ha pedido que “documentara” el rescate, lo cual he hecho encantado porque lo hemos vivido como una gran aventura: Leandro, Morris, Josep, Posito y yo.
Después de esto, un desayuno rápido y de ahí a cubierta, ¡sin descanso, hasta las 4 h! Témpanos, paisajes, ballenas incontables; dejamos atrás el estrecho de Lemaire, y entonces el mar se abre, las islas se separan un poco y los espacios se hacen grandes, los paisajes se alejan un poco, la inmensidad y el silencio lo cubren todo. La navegación en un pequeño velero, que conlleva muchas incomodidades, también nos permite vivir la Antártida de una forma que sería imposible en un gran crucero, y esta sensación nos hace sentir inmensamente afortunados.
Las últimas luces de la tarde nos encuentran llegando a la base ucraniana Vernadsky, cuya corta historia es fascinante: nacida en 1935 como una cabaña de supervivencia para que la expedición británica de John Rymill pudiera pasar el invierno, sufrió diversos altibajos y reubicaciones en diversas islas, hasta terminar ubicada en Isla Galíndez y renombrada como la Station F-Faraday en 1977. Ya en los 90, el tratado de protección ambiental de la Antártida establecía que las bases abandonadas debían ser desmanteladas, y esto aceleró la cesión (mucho más barata que el desmantelamiento) a la recién nacida Ucrania, que la bautizó como Akademik Vernadsky. Esto permitió a la república exsoviética entrar en el mundo de la investigación y comprometerse firmemente con el Tratado Antártico.
El caso es que aquí sí hemos conseguido concertar una visita a la base, que ha sido también muy acogedora y emocionante, con sus instalaciones de colores y su capitán superamable, sus científicos distraídos en sus cuartos, su “sala de visitas” de reminiscencias inglesas y su wifi, a la que casi todo el mundo nos hemos abalanzado como unos locos.
Retorno al barco, cena, procesado de fotos (el procesado de experiencias creo que llevará meses). Mañana, rumbo al 66. Las predicciones meteorológicas son buenas, pero las temperaturas están bajando, y ya no es tan fácil aguantar tanto rato en cubierta, y las guardias se hacen más largas que antes, y en vista de los choques de bloques que se oyen por fuera desde el camarote de proa, la progresión no va a ser precisamente rápida…
Sábado 16 de marzo:
¡Alegría, marineros! ¡Más de lo mismo hoy! Después de una travesía que parecía un campo de minas (en proa se sentía cada témpano junto a la oreja), he dormido poco y mal, así que he remoloneado un poco cuando Juanjo me ha dicho que el amanecer tenía luces rosas.
Ya no estaban cuando salí, pero no ha tardado en aparecer la primera pareja de ballenas, de cola juguetona en esta ocasión, que Paula ha combinado con su maestría y su paciencia para generar la primera sesión de fauna del día.
Después vendría el desayuno, más fotos con luces y formas cambiantes a cada minuto, varias focas sobre un témpano, que hemos rodeado con mucha calma, más formas, más colores cambiantes, y por fin, a la 1, hemos llegado a la combinación curiosa de 66° S 66° O. Foto de grupo y parece que un poco de descanso en el catre. Luego, por la tarde, un poco más de calma.
Navegábamos rumbo al círculo polar, pero la banquisa se iba complicando poco a poco y, a falta de un par de minutos de grado, hemos decidido buscar un lugar donde fondear, porque la cosa no se veía nada clara. Ni siquiera el fondeo lo hemos visto claro, así que esta noche, mientras Nahuel prepara un riquísimo asado argentino en la barbacoa, del que daremos cuenta con gran celebración, la pasaremos al pairo (sin fondear, a merced de las corrientes, que por otra parte son muy flojas).
Del final de fiesta de hoy, en que Kali, por fin, ha abierto su ya famosa botella de tequila Mala Vida, de ese final de fiesta, hablaremos mejor en otra ocasión…
Domingo 17 de marzo:
Hoy, a las 11 de la mañana, después de una noche de travesía muy lenta, casi al pairo, pero aún hacia el sur, hemos alcanzado el sueño de nuestro viaje. Hemos alcanzado el círculo polar antártico. Desde luego que la ilusión de utilizar nuestros juguetes náuticos no la vamos a poder realizar. No estamos en mar abierto, pero el tiempo ha cambiado bastante esta noche y el oleaje y el viento son importantes; está nevando ligeramente y la temperatura ha descendido dramáticamente en los últimos dos o tres días, dejando claro que hasta hoy mismo hemos estado sumando el avance del invierno al desplazamiento sur. Así que, aunque la excitación ha sido mucha, no hemos pasado mucho tiempo allí, el justo para las fotos de recuerdo, y pronto hemos virado en redondo, emprendiendo, ahora sí, nuestro viaje de vuelta.
Y de vuelta al viaje interior. Después de unos días tan emocionantes, donde siempre estaban ocurriendo cosas, después de la media vuelta hemos pasado casi todo el día en nuestros camarotes. Coincidiendo, claro, con el cambio de tiempo, y la salida a mar abierto, y el inicio de la travesía de regreso, y el mareo y los primeros vómitos. Claro. El plan inicial de Paula será salir pronto a mar abierto, de modo que la travesía del Drake durará esta vez, si las previsiones siguen como hasta ahora, 5 o 6 días. ¡Vamos allá!
Lunes 18 de marzo:
¡No tan deprisa, forastero! Esta madrugada el Doblón ha sufrido una avería. A pesar de estar durmiendo poco y mal, como de costumbre, no me he enterado bien hasta la mañana. Pero parece que las baterías no cargan; no sabemos si están rotas o hay algo desconectado, pero apenas funcionan un par de dispositivos y un poco de luz en el salón. Los instrumentos no funcionan y la navegación es penosa. Las necesidades fisiológicas también son un problema, porque las bombas no funcionan, de modo que hay que hacerlas por la borda. Paula ha decidido que navegamos de vuelta a la base ucraniana, el lugar habitado más cercano, a pedir ayuda.
Nos desviamos 40 millas (media jornada) del camino, pero la alternativa es cruzar el Drake en muy malas condiciones, navegando a vista sin apenas instrumental y teniendo que parar cada noche. Así que el día ha transcurrido gris y triste, todos recogidos y con pocas ganas de fiesta. Yo, mientras, al volver a las aguas tranquilas, he dejado de vomitar y me encuentro bien. Algo es algo.
Martes 19 de marzo:
¡Madre mía, esto es un no parar de aventura! Anoche pasamos la noche al pairo, porque los instrumentos no funcionaban y era peligroso navegar. Esta mañana hemos puesto rumbo a la base Vernadsky, la misma que visitamos el otro día, para pedir ayuda. Por el camino, mar plano, varias ballenas y bloques de hielo preciosos. No te puedes cansar nunca de verlos; son hipnóticos, son increíbles.
Hacia las 2 llegamos a la base, y cuando estamos a punto de desembarcar… ¡¡¡Un grupo de más de ocho orcas a 50 m del Doblón!!! ¡Otro momento estelar que nos ha dejado mudos! He conseguido buenas fotos, pero no he conseguido hueco en la zodiac de la base, que salía en su búsqueda. Luego, por la tarde, he compartido las fotos con el biólogo de la base, porque ellos no han conseguido alcanzarlas, y para mí ha sido un pequeño honor ver lo contento que se ponía y sentir que he podido contribuir de alguna manera con la ciencia. En fin, a ratos tengo la impresión de que en este viaje solo falta el desfile de las majorettes; ¡no hay tregua!
La estancia en la base ha sido otro tiempo que nunca podré olvidar. Los mecánicos han pasado toda la tarde estudiando la avería, han dado con un par de soluciones, nos han prestado un generador, nos han abierto sus puertas, nos han invitado/obligado a cenar en su comedor, nos están cargando las baterías y van a venir un par de veces esta noche a comprobar el estado de carga. Todo esto y mucho más hace que sintamos vergüenza del trato recibido en la base española, donde ni siquiera ofrecieron la posibilidad de descargar la meteo. En fin, aquello es Isla Decepción. Esto, por cierto, es isla Galindez.
La última comprobación de la reparación está prevista para las 6 de la mañana. Si todo va bien, a continuación de eso será la partida. Nuevo intento de arrancar hacia el Drake. No sabemos qué más aventuras nos esperan, pero parece que, en mejores o peores condiciones, si podemos garantizar la seguridad, esto continuará hasta llegar a buen puerto…
Miércoles 20 de marzo:
De modo que por fin emprendemos el camino de vuelta. Hacia las 7, todas las comprobaciones estaban hechas. Las reparaciones no han podido resolver todos los problemas, y algunos sistemas de navegación no funcionarán durante el viaje, lo que nos obligará a extremar las precauciones usando la vista y la navegación manual, y puede que tengamos que navegar más lentos o detenernos del todo por las noches.
Pero la propulsión funciona correctamente y el tiempo va a ser excelente durante al menos 4 días. Así que ponemos rumbo a la entrada Este del Canal Beagle, que es rumbo norte casi perfecto. El resto del día transcurre sin más sobresaltos, navegando a buen ritmo y viendo poco a poco alejarse la península antártica a nuestro estribor. Luego, a las 9, tendré una guardia de 3 horas con Leandro, que pasamos navegando tranquilos y a buen ritmo. No vemos la luna, pero ella sí está presente, y la visibilidad es casi buena. Después dormiremos un rato.
Jueves 21 de marzo:
Esta noche, poco después de terminar mi guardia, ha aumentado el oleaje, indicándonos que ahora ya sí estamos en mar abierto. Por delante, 500 millas náuticas, 500 minutos de grado terrestre, casi 9 grados, por el Pasaje de Drake, que ya sabemos que es una de las travesías más míticas y peligrosas del planeta, que hoy emprendemos por segunda vez. A lo largo de la noche se ha levantado también un poco de viento, que nos ha permitido desplegar algunas velas, y ahora navegamos a unos excelentes 7 nudos, o millas náuticas por hora, unos 12 km/h.
Poco más que compartir hoy. Mucho tiempo de tranquilidad, cada uno en su camarote la mayor parte del tiempo. La bomba que circula el agua de la calefacción solo se puede arrancar un rato cada día, de modo que la reservamos para que la noche sea un poco más confortable, y el resto del día hace frío adentro. Me estoy alegrando muchas veces de haber traído el saco de dormir gordo. Ayuda mucho a recuperar la temperatura después de las guardias y los tiempos pasados en cubierta. Apenas un puñado de fotos de interior hoy. Ya no se ve la costa.
Viernes 22 de marzo:
Un día muy tranquilo hoy en el Drake. Empecé a las 4 con una guardia al timón. No diré que fue agradable levantarse a esa hora, pero sí hacer la guardia, charlar un rato con Paula y sentir que formo parte de un equipo. Luego, el resto del día, muy poco más: me ha costado mucho entrar en calor después de la guardia, de modo que he pasado mucho tiempo en el camarote, dentro del saco. La navegación está siendo tranquila y eficiente, pero el tiempo es insulso y es peligroso estar en cubierta. De vez en cuando, un poco de charla en el salón, y mucho de viaje interior. Estoy disfrutando cada momento de este viaje. Estoy convencido de que no está siendo simplemente un viaje más; ¿cómo podría una travesía en velero por la Antártida ser simplemente un viaje más? ¿Con viejos y nuevos amigos? ¿Con tantos y tantos estímulos nuevos? No, no, este no es un viaje más…
Domingo 24 de marzo:
Llevamos varios días tan parecidos que parece el día de la marmota. Afuera, el cielo está gris; el viento y las olas se mantienen estables y bastante favorables. Navegamos con motor y un poco de vela, a algo más de 6 nudos. Adentro, el plan es levantarse, comer (poco), recostar, hacer guardia, repetir. Parte de la tropa está cansada o mareada, y no hay mucho ambiente. Calculamos que llegaremos a entrar en el Canal Beagle hacia mediodía de mañana, 25 de marzo. Luego esperamos que la navegación, las últimas 8 o 10 horas, sea más suave, tal vez con algo de fauna para despedirnos…
Lunes 25 de marzo:
Bueno, pues esto parece que ya está. Esta mañana me levanté al amanecer a ver el color del cielo, y un par de minutos después estaba en cubierta, disparando. Aun así, llegué un poco tarde, y los mejores rosas ya habían dado paso a unos todavía interesantes naranjas, solo unos pocos minutos antes de que todo se llenase de lluvia. A nuestro frente quedaban ya cercanas las islas de la entrada al Beagle: Nueva, Picton, Lennox. Y ya atrás, a babor, durante la noche, se había quedado el archipiélago de Hornos.
El día ha transcurrido, pues, entre la alegría de terminar la larga tortura del Drake (que ha sido, al menos para mí, cien veces mejor que la ida) y la melancolía que me estaba entrando porque una gran aventura llegaba a su fin. Esta última parte ha pesado mucho más en mi ánimo el resto de la tarde, que he pasado un poco taciturno y con ganas de estar conmigo mismo. En cubierta, la gente reía y celebraba, mientras yo simplemente buscaba un rincón más solitario para mirar por la borda los paisajes, ya casi familiares, del Canal Beagle, y los dientes de Navarino, y allá al fondo, por fin, Puerto Williams. No me ha dado, ya digo, ninguna alegría especial. Más bien quiero tiempo (que no sé si tendré) para procesar cada momento, cada encuentro, cada conversación y, por supuesto, cada foto. Creo que no cambiaría un solo instante, ni siquiera los malos momentos pasados, para que fuese de otra manera. Es más, lo repetiría tal cual y me prometería a mí mismo estar más atento, mucho más atento, para no perderme uno solo de los momentos gloriosos que esta experiencia tenía para mí.
Tan solo ha habido una foto de grupo; todo el mundo parecía ya centrado en recoger y en salir del Doblón. Sí hemos cenado todos juntos, tranquilos, en el rinconcito colombiano. Todos limpios, duchados, incluso algunos recién afeitados. Y nos hemos ido retirando y acostando pronto. Solo que ahora, a las 5, en plena madrugada, ya no tengo sueño. Será la alerta interna de las guardias…
Martes 26 de marzo:
Un nuevo día en Isla Navarino. Nuevo día de poca actividad y de resaca marinera y viajera. Creí que esta sensación era una leyenda urbana, pero realmente noto que el suelo se mueve bastante bajo mis pies, y no duermo bien, aunque tampoco me siento cansado. Y los ratos libres me llevan inevitablemente a la pantalla de mi ordenador, a la edición de las más de 2500 fotos que conservaré de este viaje increíble.
El día comenzó con un desayuno ligero, muchos corrillos, mucho que comentar, y un paseo hasta Micalvi, y luego a la Municipalidad, para resolver papeleos de inmigración: declaración sanitaria y reingreso en territorio chileno. Luego, por la tarde, otro paseo por la orilla del mar, con mi cámara, claro, y de nuevo más tertulia en el hotel Forjadores, ya un clásico en mi vida después de las tres cortas estancias. El sitio no es barato, comparado con los albergues, lógicamente, pero tiene un gran compromiso entre su comodidad, su desayuno siempre abierto, igual que el acceso a la cocina todo el día, y la excelente conexión a internet que tanto hemos necesitado (¿necesitado?) en estas tres increíbles semanas.
La jornada termina con pizzas deliciosas de Pizzalogia, traídas al hotel, más “unas pocas” cervezas y muy buen humor, mucho que compartir entre los participantes. Un grupo de chilenos que están viajando en helicóptero también ha aportado su parte a la fiesta.
Hacia las 12, después de despedir a Juanjo y Paula, que se van al doblón y zarparán en un par de horas, las voces se van apagando y cada uno, o cada dos, nos vamos replegando. Un excitante vuelo de una hora sobre la Cordillera Darwin, camino de Punta Arenas, será nuestro menú de mañana.
Miércoles 27 de marzo:
Hoy ha comenzado el viaje de vuelta. A las 9:30 de la mañana, después de un desayuno frugal con reminiscencias de la cena brutal de anoche, un par de furgonetas llenas de personas y de bultos han hecho un par de viajes camino del aeropuerto.
Típica espera de aeropuerto, gente que se va acumulando en la sala de espera y, al final, hacia las 12:30, con un poco de retraso, el avión de 80 plazas de la compañía DAP ha iniciado su vuelo de 45’ a Punta Arenas. Allí nos esperaba Moisés con un autobusito listo para todos con nuestros bultos, y nos ha dejado en el albergue Maipú Street, situado curiosamente en la calle Maipú. Paseo hacia el centro (llovía), bocatas en el Lomitos (se daba por hecho, porque es toda una referencia en Punta Arenas, y lo teníamos pendiente), nuevo paseo y compras por el centro, para volver a casa a descansar (¡qué cansancio!) y seguramente nos acostaremos pronto. Luis y yo seguimos viaje mañana a las 10.
Pero ahora ya sí, ahora queda la parte convencional del viaje, la que se parece a otros muchos: los grandes aeropuertos (¡Santiago de Chile, quiero que sepas que siempre serás uno de mis favoritos!); las esperas; la comida cara y de poca calidad; las películas del avión, a las que no prestaré ninguna atención a pesar de las 12 horas de viaje. Son mis últimas 12 horas de este viaje, mis últimas 12 horas de procesado interno, de viaje interior, antes de que mi vida cotidiana me engulla de nuevo.
