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Os espera una aventura en el Gran Norte canadiense, más de un millar de kilómetros por las aguas salvajes del Yukón y afluentes, un viaje a lo profundo de los territorios del oso, de la meteorología impredecible, del delirante legado del tiempo del oro.
En el Corazón de las tinieblas Joseph Conrad describe como su protagonista, un joven Marlow, al pasar por delante de una tienda, observa un mapa de África donde se encuentra el río Congo. Esta “serpiente enroscada" despierta en él una fascinación casi obsesiva que le lleva hasta el rincón más profundo y oscuro de África y del interior del ser humano. Este es uno de los mejores relatos sobre cómo surge en la mente del hombre una fascinación a través de un mapa y en consecuencia, un viaje. Como dijo Marlow: “La serpiente me había hipnotizado".
Siempre me he parado a pensar en el origen de un impulso tan visceral como es el de emprender un viaje: ¿Qué es lo que se encuentra en lo más hondo de esta atracción? Puede que se encuentre algo tan antiguo y tan humano como es escuchar una historia. De la historia surge el interés que te conduce a los libros, y ellos te dirigen a un mapa, la pieza exquisita dentro de la parafernalia del viajero. Un mapa colgado en una agencia de viajes, un mapa triste y frío como el de las revistas de los aviones, o un mapa ajado, amarillento y desteñido con una equis misteriosa pintada en el centro. El mapa es la materialización del deseo. Una vez trazado el itinerario sobre él el resto es fácil, sólo se trata de seguirlo.
En mi caso el deseo nace de las historias de aventuras en el Gran Norte. Aquellas que todos o casi todos tenemos perdidas en nuestras cabezas, dormidas en algún rincón esperando ser despertadas. Autores como Jack London o Pierre Berton, películas como El Oso, El último cazador o títulos como Colmillo Blanco despiertan en nosotros una idea abstracta donde se mezcla el frío, las bestias salvajes, el bosque y la lucha por la supervivencia dentro de la Naturaleza. Es la idea informe de la aventura. Fuerte y lejana pero con un regusto familiar, como de algo ya vivido, algo que dormita en los genes que corren en nuestra sangre y que tiende a despertarse por la noche, al calor de una lámpara, en un sillón con un libro entre las manos. Un libro que nos hace viajar y que cuenta entre sus páginas con algún mapa pequeño y preciso.

El Gran Norte
De todo ello nace mi deseo de viajar a Alaska y al Territorio del Yukón donde he pasado un par de años trabajando en una empresa de viajes de aventura. Este verano, el tercero en la cuenca del río Yukón, mi intención era diferente: quería un viaje más largo, a un lugar más recóndito, más perdido. Un viaje que me permitiese vivir la esencia de este territorio legendario, con tiempo y tranquilidad, sin prisas y con la capacidad de moverme por este “mapa" a mi antojo recorriendo distancias enormes al ritmo más adecuado, el de la canoa, el medio de transporte legendario en estos territorios, aquel que permite interactuar con mínimo impacto con animales y habitantes del lugar.
Muchos meses me ha llevado la preparación del viaje, meses dedicados a diseñar un recorrido factible por zonas casi vírgenes de nuestro planeta donde todavía habitan personas que viven en armonía con él. Los desplazamientos en el norte de Alaska y Canadá son extremadamente caros pues han de hacerse por agua o aire al no haber apenas carreteras. Así pues, diseñar un recorrido de más de mil kilómetros con salida y llegada en coche y por lo tanto más barato, no es sencillo. Dirigí mi atención hacia las dos carreteras más famosas dentro del norte americano: Dempster Highway y Dalton Highway. Conectaría ambas a través de varios tributarios del río Yukón, aquél que recorre toda Alaska de Este a Oeste, naciendo en las Rocosas y desembocando en el estrecho de Bering tras más de tres mil kilómetros de recorrido.
Estos ríos, afluentes que crecen alimentándose unos a otros hasta formar parte del padre y al mismo tiempo heredero de todos, son más estéticos, estrechos y por lo tanto abarcables que el gran Yukón. Uno de ellos, el Porcupine River, es uno de sus tributarios principales, arteria de comunicación de la etnia Gwich´n y coto de caza y espacio vital de los mismos. Es un río limpio, alejado miles de kilómetros de cualquier carretera y de difícil acceso. Nosotros comenzaríamos en un pequeño afluente de nombre Eagle River que a su vez desemboca en el Bell River, el cual, en poco recorrido vierte sus aguas en el Porcupine. Otro punto de interés en este río es la población de Old Crow, mayoritariamente Gwich´n, que ha rechazado reiteradamente la construcción de una carretera hasta sus casas para evitar la degradación y contaminación de su cultura y costumbres. El Porcupine River y Old Crow se iban perfilando poco a poco en mi cabeza como tesoros anhelados, como equis trazadas con precisión sobre el mapa de mis deseos.

Este viaje lo llevaría a cabo con Daniel Requena, amigo y compañero de prácticamente una vida. A diferencia de expediciones más sufridas que requieren esfuerzo y sufrimiento, en este viaje lo que deseábamos por encima de todo era disfrutar del lugar, la compañía y la experiencia. Lejos de buscar records, navegaciones inéditas o hazañas deportivas la idea era navegar hacia el origen de nuestros deseos, dejarse llevar por el río y encontrar de qué están hechos los anhelos de aquél que siente la llamada de lo salvaje. Es grato y reconfortante alejarse de los itinerarios de moda, masificados, de los records y del más difícil todavía, es grato estar 26 días de viaje y no encontrar a ningún viajero por el camino, exceptuando cazadores y locales.
Pero basta ya de divagar con deseos, anhelos y paisajes mentales confeccionados con retales de mapas, páginas de libro y fotogramas de película. Intentaré concretar el recorrido del viaje dividiéndolo en tres etapas fundamentales y narrando la historia de nuestra navegación por estos ríos:
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Whitehorse-Eagle River - Porcupine River- Old Crow
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Old Crow – Ramparts- Yukon River
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Yukon River- Beaver - Yukon Crossing.
Llegada a Whitehorse
Tras meses de preparación llegamos a la capital de los Territorios del Yukón, Whitehorse, situada en el Noroeste de Canadá y lugar de nacimiento del río Yukón. Uno de los dilemas logísticos que nuestro periplo planteaba era el cruce de dos países con políticas de inmigración muy severas por fronteras remotas sin aduana. Según anteriores viajeros esto no debía suponer ningún problema pues al terminar el viaje bastaba con presentarse en el servicio de aduanas más cercano y narrar lo sucedido esperando que el funcionario de aduanas estampase el sello en tu pasaporte sin más contratiempos. Pero al llegar a Canadá nos encontramos con un problema importante: esos testimonios provenían de viajeros canadienses o estadounidenses que pueden cruzar estas fronteras por tierra con mayor agilidad. Para los europeos directamente este cruce no está permitido. En palabras de la policía americana seríamos perseguidos, juzgados y condenados a prisión.
Tras un día y medio de llamadas, discusiones y búsqueda de soluciones dimos con el hombre que nos podría ayudar. Se llamaba O. , nos trató con la indulgencia del poli bueno pero con la severidad de un país implacable con aquellos extranjeros que no cumplen sus leyes. Nos hizo enviar un correo con toda la información acerca de nosotros, nuestro viaje, material e intenciones. Nos dijo que en un plazo de 24 horas nos respondería aprobando o denegando nuestro plan. Justo en 24 horas salía nuestra furgoneta hacia la Dempster Highway, inicio del periplo. Y llegado ese preciso momento, con la furgoneta ya cargada con nuestra nueva canoa y el motor encendido esperando por nosotros, yo recibía un correo de las autoridades americanas. Nos concedían el permiso para llevar a cabo el viaje siempre que prometiésemos acudir a la aduana más cercana al terminar el mismo. Tras realizar la promesa, por mail, comenzamos el camino hacia nuestro río.
Día y medio después de carretera sin asfaltar, bosques infinitos y avistar algún que otro oso negro, echamos la canoa al agua y comenzamos a cargarla. Hasta nuestro punto de destino no encontraríamos ningún lugar donde comprar comida exceptuando Old Crow que cuenta con una pequeña tienda con precios desorbitados y poca oferta de productos. Por ello deberíamos cargar la canoa con todas nuestras provisiones. La primera carga de la canoa duró horas. Al final una masa de bultos flotaba en el agua con nosotros dentro, con la línea de flotación exageradamente hundida dejando al descubierto escasos centímetros de canoa.

1ª etapa: Eagle River- Porcupine River- Old Crow
Aquí inició nuestra navegación en el Eagle River, un río estrecho, remoto y con poco agua. Los primeros días empleábamos una cantidad de tiempo exagerada en cargar y descargar la embarcación. Las jornadas eran aproximadamente de unas ocho horas y el río nos obsequió cada día con la visita de varios alces, incluso pudimos contemplar un macho, enorme ejemplar, cruzando de orilla a orilla sin inmutarse a nuestro paso. La tarde del cuarto día encontramos una playa en la que descansaban los restos de un caribú devorado. Las tripas yacían a pocos metros separadas del resto del cuerpo con precisión de cirujano. Alrededor de lo que quedaba de caribú, centenares de huellas de lobo recorrían la playa. Una semana después, el 12 de agosto, entrabamos en el Bell River. Este río es mayor en caudal y sus aguas fluyen más rápidamente, pero nuestro paso por él fue fugaz pues en breve vierte sus aguas en el río Porcupine.
El río Porcupine es el coto de caza de la comunidad Gwich´n, etnia india perteneciente a la familia lingüística atabascana. Su mayor núcleo de población es Old Crow que se encuentra a medio camino del río, cerca de la frontera con Alaska. A este pueblo no llegan las carreteras y sólo es posible su aproximación por avión o por agua. La primera fuente de alimentación de los Gwich´n son los caribúes que desde tiempos inmemoriales han cruzado el río Porcupine en sus desplazamientos. Todos los años durante el mes de septiembre millones de caribúes cruzan el río por los mismos pasos, creando una de las migraciones de mamíferos más grandes del planeta. Durante esa época los habitantes de Old Crow sólo piensan en aumentar sus reservas de carne de cara al invierno. Cuando nosotros entramos en el río Porcupine lo primero que nos encontramos fue algunos grupos pequeños de caribúes machos, una especie de avanzadilla de todo el grupo que vendría a continuación. Ese mismo día fue el primero también en que tuvimos contacto con pobladores del río. Un par de lanchas de cazadores frecuentaban estos tramos para comprobar la llegada de la presa. A partir de ahí todos nuestros encuentros con nativos a lo largo del viaje estarían marcados por la misma pregunta: ¿Hay caribúes río arriba? En época de caza la sangre de los cazadores hierve y su mente está centrada en una sola cosa. La información que les pudiéramos dar era para ellos valiosa como oro en paño. También es en esta época cuando los salmones remontan el río y los Gwich´n se encargan de pescarlos con sus métodos tradicionales: redes, ruedas de pesca etc. Durante esta estación tan productiva parte de la población del lugar abandona Old Crow para instalarse en cabañas o campamentos de caza dispersos por el río, dedicándose día tras día al caribú y al salmón haciendo acopio hasta la llegada del invierno.
El día 10 de expedición nos encontrábamos muy cerca de Old Crow y todo apuntaba a que esa noche dormiríamos bajo un techo más recio que la tela de nuestra tienda. El día era claro y no asomaba una sola nube en el horizonte. A mediodía se levantó viento en contra. Pasamos tres horas remando con todas nuestras fuerzas para descubrir que apenas avanzábamos y a veces incluso retrocedíamos. Este viento nos obligó a parar frecuentemente, atracábamos en la orilla desierta y pelada, desprotegida por el fuerte viento pero al menos lugar factible para descansar. Las horas se alargaban y apenas era posible avanzar algún que otro kilómetro. Poco antes de aproximarnos a un gran meandro, el río se dividía en varios canales separados entre sí por islas de grava. El viento creció y decidimos parar en ese lugar hasta que amainase, tardase lo que tardase. Sacamos nuestros libros e iniciamos la espera. Pasaron las horas y yo me hallaba sumido en la dulce duermevela producida por el cansancio y el ruido monótono del viento ululando sobre nosotros en una atmosfera brillante, iluminada por la luz del Ártico al atardecer. En ese momento apareció frente a nosotros una imagen que me costó algo de tiempo procesar, sin saber en qué lado del sueño o la realidad se encontraba. Llevaba el pelo largo y un rifle en una mano, con la otra hacia gestos, parecía que gritaba. Nos pusimos en pie y sólo distinguíamos una palabra en inglés: Supper. Con la mano hacía el gesto para que nos aproximáramos. Nos llevó a su campamento y nos presentó al resto de la partida, en total tres hombres dedicados a la pesca y caza. Nos dieron de cenar, encendieron un fuego para nosotros y nos regalaron pescado y bayas. Fue la primera aproximación a la hospitalidad Gwitch´n que tanto disfrutaríamos durante el viaje. Al día siguiente, con el viento calmado y el sol golpeando fuerte nuestras cabezas entrábamos en Old Crow poco antes del mediodía.
Old Crow
Calles sin asfaltar, pequeñas cabañas de madera decoradas con cuernas de caribú, un enorme y moderno edificio del estado y una gran carpa blanca en un extremo del pueblo: la pista de hockey sobre hielo más septentrional del planeta.
Así se dibujaba la población de Old Crow desde la canoa. Al llegar a tierra disfrutamos de nuevo de la hospitalidad de sus pobladores, nos prestaron una cabaña en el centro del pueblo y un matrimonio neozelandés, que también estaba de paso, nos invitó a cenar a su casa alquilada. En estos viajes largos y a menudo incómodos, lugares como Old Crow resultan peligrosos pues puedes caer atrapado en su comodidad y no salir en varios días. A nosotros nos costó dos días y medio emprender el camino de nuevo. Con comida de sobra, yendo por delante del calendario previsto y con buena climatología nada parecía que pudiese pasar para impedir el buen procedimiento del viaje. Pero en estas expediciones nunca hay que confiarse ya que en cualquier momento un pequeño suceso puede dar al traste con toda la planificación de meses y meses.

2ª Etapa: Old Crow-Ramparts- Yukon River
Las etapas posteriores a Old Crow son las más famosas de todo el Porcupine debido al paisaje que recorren. Se trata del desfiladero Ramparts que surca, como cicatriz en el terreno, parte de territorio canadiense y parte estadounidense. Este cañón recibe su nombre de Rampart House, antiguo poblado y puesto de comercio donde, a principios de 1900, hombres blancos, comerciantes y misioneros convivieron con personas de la etnia Gwitch`n en el lugar donde estos días se encuentra la frontera con Alaska (paralelo 141). Actualmente está deshabitado pero durante parte del verano una cuadrilla de trabajadores de Old Crow se encarga de remodelarlo y mantenerlo como atracción y punto de interés histórico . Por ello se encuentran en perfecto estado muchas de sus edificaciones y es posible entrar a curiosear en la antigua tienda y demás dependencias. Hasta ahí llegamos en una sola jornada desde Old Crow tras más de trece horas de remo. El paisaje en el que se encuentra Rampart House hace honor a su fama y es sin duda el más espectacular de todo el río: altas paredes de rocas flanquean su cauce, y en ellas penden árboles donde se posan águilas y demás aves rapaces a la espera de la pesca. Antes de nuestra llegada, atardeciendo sobre un río de plata y espuma, un oso recorría los acantilados huyendo de nuestra cercanía. Llegamos a Rampart House de noche a la luz de nuestros frontales. Nos encontrábamos agotados pero satisfechos de continuar a buen ritmo y temerosos de movernos en ese pueblo abandonado en la oscuridad y sembrado de excrementos de osos. En una pequeña cabaña de madera dormimos plácidamente y amanecimos tarde y descansados.
El día comenzó como todos, cargando la canoa, pero con una temperatura inferior al resto. El paso de una estación a la otra no es lento y progresivo. El verano terminó y el otoño llegó esa noche a los Ramparts. Una brisa gélida recorría el río y en el cañón el frío y la humedad entraban en el cuerpo. El Porcupine no tiene ninguna sección de rápidos pero en el caso de que el río vaya crecido hay determinados tramos donde pequeños rápidos se forman con olas grandes pero fáciles de negociar. A mediodía llegamos a uno de ellos y, pese a embocar correctamente el rápido, las olas eran demasiado grandes para nuestra cargada canoa y muchas de ellas entraron en la embarcación inundándola completamente en pocos segundos. Cuando estábamos a punto de zozobrar nos dirigimos a la orilla donde pudimos vaciarla, y cambiarnos de ropa totalmente. El contratiempo no hizo más que hacernos perder una escasa hora y al cabo de poco tiempo continuábamos nuestro camino hacia la salida de los Ramparts.
El desastre
La tarde avanzaba y el frío con ella y una nueva zona de rápidos se abría frente a nosotros. Se trataba de un meandro cerrado del río en el que la espuma se elevaba por la superficie y rocas diseminadas asomaban entre el agua como pequeños islotes de piedra amenazantes. Como suele ocurrir en estos casos, todo se produjo muy rápido, y en un abrir y cerrar de ojos nos encontramos con la canoa cruzada y encallada contra el fondo, escorada y con agua en su interior. Dani además tenía medio cuerpo dentro del río tras hacer un movimiento rápido para estabilizarla. Una jugada incomprensible pero que volvía de nuevo a calar nuestras ropas y parte de nuestro equipaje. Hacía demasiado frío para parar a evaluar los daños y tras cambiarnos de nuevo continuamos el camino. La canoa al encallar había hecho un ruido fuerte y desagradable aunque el choque tampoco se había producido con demasiada fuerza. Por fin llegamos al lugar donde montar campamento, una gran playa junto a un arroyo de aguas gélidas y cristalinas. Estábamos cansados y sólo pensábamos en meternos en nuestros sacos calientes. Pero al inspeccionar el terreno encontramos la playa llena de huellas frescas de oso y demás rastros. Además las huellas eran de grizzlie y no nos apetecía demasiado acabar esta jornada interminable con un encuentro de oso en el campamento, así que continuamos río abajo. Un poco más tarde volvimos a dar con otra playa de piedras, incómoda para acampar pero suficiente para poner fin a la larga jornada. La noche caía y empezaban las primeras heladas de la temporada. Y ahí llegó el fatídico descubrimiento, tras vaciar la canoa comenzó la inspección de la misma. En la parte exterior dos agujeros del tamaño de una falange atravesaban el casco de la embarcación. Pese a ello, los butrones eran pequeños y con imaginación, pensaba en ese momento, se podrían llegar a tapar de alguna manera. Pero al dar la vuelta a la canoa me percaté de la realidad: Una fisura de un palmo de tamaño surcaba el casco por dentro. Una fractura grande y limpia. Mi primer razonamiento tras ver las consecuencias del choque era que no había arreglo posible. Intentaba pensar con tranquilidad para encontrar una solución pero no veía la manera de poder sellar semejante herida. La población más cercana donde realizar una reparación en condiciones era Fort Yukon y se encontraba a más de una semana de viaje, incluyendo un pequeño desvío de nuestra ruta original. Podía ser que ahí dispusiesen de material para arreglar la canoa pero no veía manera alguna de llegar a ese pueblo. La zona en la que nos encontrábamos no tenía tráfico de cazadores pues los rápidos, aún pequeños, dificultan el trasiego de las lanchas. Así que lo más seguro sería aguantar lo que pudiésemos en esa playa esperando el paso de alguna lancha de cazadores o, si se nos acabasen las provisiones antes, pedir un rescate. A nuestra salida de Old Crow nos habían contado la historia de un alemán que perdió su embarcación y provisiones en el mismo río. Con su barco se encontraba el teléfono satélite y no pudo dar parte del accidente. Lo encontraron muerto semanas más tarde. No saben si de hambre o de frío. Con estos pensamientos derrotistas cenamos en silencio sin intercambiar palabra alguna. Yo no quería pensar en nada pues estaba demasiado cansado para hacerlo con claridad o confianza. Por ello decidimos no buscar más soluciones ni hablar del tema. Mañana desayunaríamos, y, con el cuerpo descansado, el estómago lleno y la cabeza fría, buscaríamos una solución a nuestros problemas.

Amaneció con viento y lluvia, nuestra ropa seguía mojada y no habíamos dormido bien en esa playa de rocas del tamaño de un balón de futbol clavándose en nuestras espaldas. Parte de nuestro equipaje estaba mojado pues alguna bolsa estanca no debía de cerrar bien. Desayunamos en silencio y empezamos a estudiar la fractura y los agujeros. La idea era arreglar de cualquier manera las vías de agua empleando el tiempo que hiciese falta con el fin de llegar como fuere hasta Fort Yukon y ahí ver cómo continuaríamos nuestro viaje. Además habría que aligerar la canoa para evitar episodios similares al desastre y proceder, en lo sucesivo, a cargar y descargar la embarcación siempre dentro del agua. Pero antes había que arreglar la misma y entonces lo recordé: En Old Crow, en esa tienda de precios desproporcionados donde apenas habíamos comprado nada exceptuando un saco de manzanas pasadas, había adquirido, a última hora, un pegamento de contacto de gran fuerza con la intención de parchear una bolsa estanca. Y esa fue la solución: Cortamos una botella plástica de zumo en pequeños trozos que derretimos un poco para que adoptasen la forma curva del casco de la canoa, y los pegamos con ese pegamento sobre los agujeros. Todo ello trabajando bajo una lluvia fina. También llevábamos un sellador para tela de tienda de campaña que aplicamos en las junturas de los parches para mayor sellado y lo protegimos todo con cinta americana. Todos sabemos que no hay arreglo que se precie si no tiene, aunque sea un poco, de cinta americana. La fractura del casco recibió un tratamiento similar pero sin parche plástico pues no estaba en contacto con el agua y además no disponíamos de pegamento suficiente. Tardamos tres horas en todo el proceso y cuando consideramos que estaba cien por cien terminado, aunque sin tiempo para que secase, echamos la canoa al agua y comenzamos a cargarla. El objetivo ahora era el de hacer jornadas largas y llegar cuanto antes a Fort Yukón donde poder realizar un arreglo en condiciones. Así pues comenzamos el día con algo más de moral y dispuestos a pasar en la canoa una buena cantidad de horas.
Unos cazadores nos habían hablado de una cabaña próxima a la desembocadura de un afluente cercano. Aunque se presentaba como mucha distancia a recorrer, la posibilidad de pasar una noche bajo techo, con fuego encendido y secar todas nuestras cosas todavía mojadas se antojaba como un final perfecto para los dos últimos días de penalidades. Con las luces del anochecer divisamos una columna de humo en el interior del bosque y dos embarcaciones amarradas en el exterior, junto al río. Con las ropas mojadas saltamos a la orilla y nos dirigimos hacia el interior de lo que apuntaba ser una vivienda, seguramente un campamento de caza y pesca Gwich´n. Apenas se veía en el interior del bosque y lo último que queríamos era asustar a un grupo de personas armadas y en mitad de la noche en un lugar donde no es habitual aparecer a cenar por sorpresa. Por ello gritábamos constantemente intentando avisar de nuestra presencia con el sonido antes que con la vista. Pero nadie aparecía. Entonces llegamos a una valla con una puerta y unos perros empezaron a ladrar. Una figura grande, barbuda y encapuchada salió de lo que parecía una cabaña en la oscuridad. Nosotros tiritábamos y le contamos lo sucedido. En un momento dado hizo ademán de no querer saber más de la historia.
-Mañana me lo contáis. Id a por vuestras cosas, yo hago fuego, os traigo la cena y poneís aquí vuestra tienda. Dijo señalando un claro dentro de su terreno. Hasta mañana. Pronunció con una sonrisa.
Le hicimos algunas preguntas a las que él contestó de manera ambigua y sin muchas ganas de hablar. Y seguimos sus ordenes.
Cuando subimos de nuevo, cargados con nuestras pertenencias, un gran fuego iluminaba el lugar ya en la oscuridad total. Junto a él una sartén de hierro fundido se mantenía caliente. Dentro había salmón exquisito y arroz. Cenamos, nos calentamos junto al fuego y dormimos plácidamente el sueño del que se siente salvado.
La cabaña de J.
J. no es Gwich´n pero lleva casi toda su vida viviendo en su territorio. Su historia es larga y conseguí pocos datos de ella en los días que pasamos juntos, pero está llena de osos, tramperos, lobos, ríos y una mujer, H. con quien vive en el lugar adonde llegamos esa tarde de agosto. Ambos viven en un lugar muy cercano al paraíso. Sin embargo, en el Ártico, el lugar más paradisíaco en un abrir y cerrar de ojos se puede transformar en el infierno como había ocurrido la pasada primavera cuando J. Y H. Habían tenido que ser rescatados tras una violenta crecida del río. Viven junto al Porcupine, en una cabaña de troncos que ellos mismos levantaron. Cultivan un huerto y tienen dos perros. La cabaña es preciosa y en ella todo se halla en el orden más absoluto. Al día siguiente nos despertamos en semejante lugar y ambos nos invitaron a pasar para desayunar. El sol se filtraba por un ventanal que daba al río, iluminaba la cabaña diáfana y calentaba la madera y el hogar. H. nos hizo el desayuno: salmón ahumado con especias, café, y tortitas con mermelada de arándanos. Ese fue el inicio de tres días de convivencia que nos enseñaron mucho más de la zona por la que viajábamos y de las gentes que lo habitan. J. habla Gwich´n y ha confeccionado, durante muchos años de trabajo, un diccionario de esta lengua traducida al inglés. Todas las mañanas le acompañamos a recoger sus redes y le ayudamos a limpiar y preparar los once o doce salmones que recoge cada día. Son prácticamente autosuficientes y, aunque aparentemente desconectados del mundo por el hecho de vivir en una de las zonas más salvajes de Alaska, están perfectamente al día de lo que ocurre en él. Las paredes de madera de la cabaña están tapizadas de libros en diferentes idiomas y de temática de los más variada. Durante esos días siempre aguardé el momento de charlar con J. sobre el mundo en el que vive. En general él prefería siempre escuchar antes que hablar pero la última noche todo cambió y para ello solo bastó con sacar un mapa. El elemento mágico otra vez, la llave y la ventana al mundo. Entonces la cosa cambió: sus ojos brillaron y a la tenue luz comenzó a deslizar sus dedos por el papel. Nos narró encuentros, poblados, ríos y montañas, nos recomendó lugares y nos censuró otros. Nos contó historias. En un momento dado dijo que había hablado demasiado y cerró el mapa.

Al día siguiente, el tercero en la cabaña de J. partiríamos de nuevo. Habíamos perfeccionado un poco más nuestro arreglo y ya pensábamos, si no pasaba nada nuevo, en intentar llegar con el apaño hasta Yukon Crossing, destino inicial en nuestro planteamiento.
Y la canoa aguantó. Fueron cinco días sumergidos en el Otoño. Durante nuestra pausa en la cabaña el bosque se había teñido de amarillo y rojo, el viento era fresco y las heladas frecuentes por la noche. A partir de ahí comenzaron las lluvias pero nuestra maltrecha canoa aguantaba y eso era lo importante. Parecía el único motivo por el cual nuestro viaje pudiese truncarse a esas alturas. Cinco días después las aguas del Porcupine se teñían de marrón blanquecino y su cauce se multiplicaba por cinco. Habíamos llegado al río Yukón.
3ª etapa Yukon River-Yukon Crossing
A partir de aquí la corriente creció y devorar kilómetros día a día era mucho más fácil. El problema en este nuevo tramo era el viento. Al ser un río más amplio donde apenas se ven las orillas, las montañas desaparecen y los meandros se multiplican perdiéndose entre canales y tramos donde el cauce es amplio como un gran lago, el viento genera rápidamente olas grandes y es difícil ponerse a cubierto. El viento suele soplar a partir del mediodía por lo que decidimos comenzar a madrugar y aprovechar más las mañanas. Las corrientes del río, al pasar entre las islas y cambiar de un canal a otro son también muy fuertes y es necesario estar concentrado para navegar con comodidad, aprovechar la corriente máxima y al mismo tiempo evitar que las olas introduzcan agua en la embarcación. El paisaje había cambiado por completo. Las orillas estaban llenas de barro y en las islas, donde buscábamos montar campamento, los arboles escaseaban. El hecho de montar campamento siempre en islas era una cuestión de seguridad dada la presencia constante de huellas de oso en casi todos los lugares donde parábamos. Un oso puede nadar perfectamente pero una isla ofrece cierta protección psicológica y un campo de visión más amplio donde ver acercarse a los animales. Así pues nuestras tardes se llenaron de arena, barro y fuego con madera a la deriva y atardeceres eternos: La buena vida.
Esta zona del río Yukón se conoce como Yukon Flats y supone un refugio para la vida de cientos de especies diferentes de aves, además de otros animales. Su clima podría considerarse como muy seco pues es uno de los lugares en los que menos precipita de toda la cuenca del Yukón. De hecho sólo llueve pocos días al año. Pero los pillamos todos. No era una lluvia de verano, una tormenta pasajera que acude y marcha dejando todo húmedo a sus paso, no. Comenzó una lluvia constante que no terminaba nunca, con gotas gordas, que caían en el agua a plomo como granizo. Una lluvia que llenaba la canoa de agua y calaba la más moderna y técnica de nuestras prendas. Horas y horas de lluvia que terminan callando la conversación de cualquiera, horas en silencio escuchando únicamente el agua caer sobre el río y el ritmo constante de nuestras paladas. De esa manera llegamos a otra de nuestras paradas en el camino, la población de Beaver.
Había sido una jornada larga, pero la idea de una noche seca en el interior de alguna vivienda de los hospitalarios Gwich´n animaba nuestro cansancio. Ya era de noche y las luces del poblado comenzaron a distinguirse en la orilla. La población tiene una entrada a contracorriente que exigió un último esfuerzo no premeditado. Con aire triunfal entramos en la pequeña bahía de aguas estancadas que da al pueblo. Nadie aparecía por sus orillas. Ningún ruido y apenas luces en esta población de ochenta habitantes. De repente una figura bajó al río y nos hizo gestos de bienvenida. Era japonesa y joven. Nos invitó a subir a su casa. Estaba sola pero su prometido regresaría en breve, tendríamos que esperar a su llegada para confirmarnos dónde podríamos montar nuestra tienda, incluso nos sugirió la idea de alojarnos en una cabaña contigua con electricidad y agua caliente. Nos dio algo de salmón y café. Desplegamos nuestro material en su jardín y esperamos en él la llegada del hombre de la casa. Al cabo de una hora apareció. Iba armado con un rifle de asalto negro, no había cazado y no estaba de humor para los tres o cuatro visitantes que llegan al año a su pueblo. Nos miraba como quien lo hace a un intruso que entra en su casa por la ventana. Y seriamente nos mandó fuera de su jardín. También nos mandó fuera de su pueblo pues lo que él llamaba camping se encontraba a las afueras río abajo. Su futura mujer, (espero que no se haya casado) desapareció en el interior de la casa y no la volvimos a ver. No conviene llevar la contraria a un hombre armado y enfadado, así que la jornada continuó hasta dar con el camping, más allá de la medianoche, montar campamento y terminar nuestra exigua cena. Al día siguiente buscamos una ducha en el pueblo o algún paisano con quien charlar. La cosa fue más complicada que en Old Crow así que después de un día dando tumbos en un pueblo de 80 almas, decidimos marchar y continuar río abajo.
La lluvia volvió a aparecer sustituyendo al viento, lo que nos permitía continuar con medias altas de kilómetros diarios. Volvieron a repetirse los campamentos en las islas y las tardes de arena y fuego. Al cuarto día de viaje desde nuestra salida del Porcupine llegamos a un extraño lugar tras una jornada desesperante de lluvia. Era un campamento de caza aparentemente abandonado. Parecía el poblado de los niños perdidos de Peter Pan, con objetos de lo más dispares diseminados por el suelo, calaveras de oso, juguetes y ropas viejas. Unas cuantas cabañas componían la parte habitable del campamento y varios depósitos de comida y demás material, se elevaban del suelo con troncos, como atalayas de madera. Pudimos hacer fuego, secar nuestras ropas y disfrutar de una cena tranquila protegidos por paredes de madera mientras fuera llovía sin parar. A las pocas horas y en medio de la noche nos percatamos que las orillas de barro, debido a las intensas lluvias se iban deshaciendo en una veloz erosión del cauce fluvial. Otro ejemplo de las ingobernables fuerzas de la naturaleza en este lugar, que modelan el paisaje a su antojo frente a la impotencia del ser humano. Nuestra canoa se hallaba, como todas las noches, dada la vuelta junto a la orilla por lo que decidimos alejarla de la corriente. Perder la canoa a estas alturas hubiese sido un fallo imperdonable. Por lo que bajamos a su encuentro en mitad de la noche oscura. Nunca hay que bajar la guardia en estos lugares. Aunque lleves un mes en él y no hayas tenido ningún encuentro peligroso con un oso no significa que nada malo pueda ocurrir. Yo, confiado y sin llevar ni siquiera un frontal ni el espray anti-osos de pimienta del que no hay que deshacerse ni por un momento en estos lugares, me dirigí hacía la orilla lluviosa y oscura. Y ese fue el momento en que un oso cruzó a pocos metros de nosotros. Una lección de última hora que nos hizo volver sobre nuestros pasos y bajar de nuevo armados y con algo de iluminación. Pero el oso había desaparecido dejando alrededor de nuestra canoa decenas de huellas.

La mañana siguiente amaneció sin viento, soleada y por fin sin lluvia. En semejante día uno puede avanzar muchos kilómetros, tantos como nos separaban del final de nuestro viaje. Atravesamos otra población: Stevens Village, donde pudimos contemplar las ruedas de pesca que utilizan los indios Gwich´n para abastecerse de pescado, estas giran eternas al compás del agua que fluye río abajo capturando en sus vueltas salmones y otros peces. Pero el día seguía tranquilo y soleado y continuamos hacia el final del viaje. Este tiene lugar en el momento en que la carretera Dalton Highway cruza el río Yukón a través de un puente. Una estación con servicios se encuentra a su lado, con camping, restaurante y gasolinera. Es una carretera perdida, lejana y salvaje. A estas alturas y después de tantos días en el río nos resultaba un poco surrealista eso de toparnos con un puente con coches o camiones cruzando por encima de nosotros. Continuamos río abajo y unas montañas comenzaron a definirse en el horizonte, unas montañas que según nuestros mapas ponían fin a los Flats y daban inicio a una nueva sección del río, la más salvaje y alejada de la civilización de todo Alaska. Su punto de inicio era nuestro final, Dalton Highway y su puente sobre el Yukón. Los meandros se terminaron y el paisaje de inmediato se asemejó al del mismo río a su paso por Dawson City en Canadá, que conozco de anteriores viajes. Fue como reencontrarse con un lugar conocido.
Tras girar un último meandro, una gran recta se abría frente a nosotros. Una recta coronada por una mancha oscura y extraña sobre el río. Una anomalía del paisaje que sólo puede atribuirse a la mano del hombre. Esa mancha al cabo de unas horas se convirtió en un puente. Un puente grande, con pequeños elementos móviles que se deslizaban sobre él de vez en cuando, iluminando con sus luces unos pilares elevados y unas construcciones en sus orillas. Con el sol en el horizonte medio sumergido bajo el agua cruzábamos entre los pilones del puente. Un grupo de americanos de mucha edad conversaban en la orilla y miraban extrañados mientras apoyaban en el suelo latas de cerveza. El puente retumbaba al paso de los enormes camiones y un claxon potente, entrecortado pero grave y sobrenatural ensordeció nuestros oídos al bajarnos de la canoa.

















