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Sus reflexiones son tan intensas como excavadas en el pasado. Como si sólo entendiera lo que le sucede mirando hacia atrás. Su hilo de voz es vivo, potente, barnizado en un acento bilbaíno fuerte y sonoro que, paradójicamente, nunca cae en el estereotipo de la exageración. Muy al contrario, reduce con humildad la imagen de un tipo realmente interesante que, en pocos días, se enfrentará a, quizás, el reto más importante de su vida.
Iñigo aun recuerda las meriendas en casa de su abuelo, de José Antonio Momeñe. Un hombre cariñoso que se interesaba por sus estudios, por como le iba en el fútbol. De ciclismo no hablaba nunca, ni de sus gestas, que fueron muchas. Incluso quedó cuarto en un Tour de Francia, el de 1966, en el que de no ser porque Langarica, su Director del KAS, decidió pararle, quizás hubiese podido subir al podio final.
Iñigo, con los años, ha entendido todo aquel silencio, lo hizo sólo para protegerle. Pero lo que no pudo evitar es que su nieto destacara en la bicicleta, que se convirtiera en uno de los jóvenes más prometedores de su generación, refrendado con su victoria en los Campeonatos de España sub23. Si Momeñe hubiese estado allí tendría que haber hablado en serio con él. Pero no pudo hacerlo.
A su nieto no tardó en ficharle el Movistar Team. Los periódicos hablaban de uno de los corredores más prometedores y la ambición se apoderó rápidamente de Iñigo. Sentía que en su mente todo estaba controlado; que año a año crecería como ciclista y que sería un ganador. En cambio, cada temporada no era mejor que la anterior. Un día, Txente García Acosta, uno de los directores deportivos del equipo telefónico, habló con él: “Tienes que conseguir saber en lo que eres bueno, lo que sea, como si es subir bidones a los compañeros. Pero ser el mejor en eso”, le explicó tajante.
El consejo lo encajó bien, pero quizás tarde. Ya no disfrutaba del ciclismo. Algo en su cabeza no iba bien, sentía cada día como una lucha constante por encontrarse en un espejo oscuro que le hacía caer en episodios de ansiedad que derivaban en problemas de salud o lesiones.
Afortunadamente, el Equipo Kern Pharma, decidió reclutarle. Iñigo, frustrado en su salida de Movistar, era consciente de que Juanjo Oroz, mánager del equipo y su antiguo director en el Lizarte, donde se formó como amateur, le había tirado un salvavidas. Le conocía bien y sabía que podía recuperarle como ciclista. Desde entonces, sintió que había vuelto la ilusión por seguir pedaleando. Y, sobre todo, pudo poner en práctica el consejo de Txente. Aprendió a aceptarse a si mismo, a mirarse de cara y decidir en descubrir en qué podría destacar. No iba a ser un ganador, pero sí un líder para sus compañeros, capaz de protegerlos, de llevarlos en volandas para que consiguieran un resultado a cambio de su esfuerzo.
Su gratitud le llena. Sentirse valorado da brillo a un palmarés de resultados que, desde una perspectiva fría, sentenciaría su calidad como ciclista incapaz de explicar como, tras una etapa en la que su trabajo comienza casi de salida para controlar una escapada, el esfuerzo final, cuando enfocan las televisiones, le empuja a la ingrata oscuridad de los últimos grupos que terminan una prueba de exigencia.
Quizás nadie sepa que, sin analizar resultados con números, sus mejores días estuvieron en algún momento en el Tour de Azerbaiyán o el de Taiwan, siendo capaz de mantener un ritmo en el pelotón frente a multitud de escaramuzas que describen el ciclismo asiático.
Sin embargo, hace unos meses el rumor de que Kern Pharma, principal sponsor, no seguiría apoyando al equipo se hizo real. A finales de mayo Juanjo Oroz citó a todo el equipo, incluidos los miembros del staff. Les dijo que tenía libertad para buscar equipo, que no había nada firmado.
Algunos parecen tener resuelto su futuro. Otros como él, no tanto. Puede que nadie se acuerde de un tipo especial, de los que sostienen el grupo a costa de su esfuerzo personal. Quizás quede en el olvido su discurso ágil y cultivado, la silueta espigada de un chaval atípico que estudió Administración de Empresas porque siempre fue un fanático de la economía y de la cultura asiática. Que la filosofía le ha hecho reflexionar sobre lo que realmente es importante, llegando, de nuevo, a la imagen de su abuelo. Ahora entiende por qué nunca le habló de sus éxitos, ni de la parte menos bonita de un deporte que a punto estuvo de minar su salud mental.
Aún queda una oportunidad. Su equipo participará en la Vuelta a España en pocos días y él ha sido elegido para formar parte de los corredores que tendrán una última oportunidad para dejarse ver. Sabe que su labor volverá a ser oscura. Que no será nombrado por los locutores de televisión. Que trabajará para otros. Si, tras ella, el equipo no sigue, se retirará del ciclismo. Que todo eso ocurra no le da miedo, sólo incertidumbre. Ojalá estuviera su abuelo para poderle preguntar qué hacer, cómo afrontar la vida. Haga lo que haga, estará orgulloso de él.










