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Va a empezar el partido de la Real Sociedad. Por lo visto algún amigo falta por aparecer. En ese momento, sin el casco, su apariencia ochentera de pelo largo y bigote se mezcla entre los jóvenes txuriurdinak, que ya corren buscando su puerta de acceso al Estadio.
Él está feliz. Sus amigos hacen fácil que el tiempo que le toca estar fuera no parezca enfriar su relación. Xabier Mikel también hace por ello. Tanto con la cuadrilla como con sus compañeros de equipo. A veces, como dijo su ya excompañero David de La Cruz, a un ciclista le resulta difícil disociar su parte deportiva de la otra, la que le define como persona.
Xabier Mikel es un chaval sensible. A veces incluso ha tenido que apoyarse en profesionales para entender estas cosas. Incluso se boicoteaba, no sabía cuál era su sitio como ciclista. Pero Àlex Sans, actual director deportivo del Pinarello Q36.5, le dijo que se lo creyera un poco más, y que como él ya sabía que podía, le invitó a unirse al equipo suizo.
Tres años después de aquella decisión, no puede estar más contento. La temporada pasada, con la llegada de Tom Pidcock, sintió que había encontrado por fin su lugar como gregario. Le motivaba enormemente trabajar para alguien que podía conseguir grandes resultados, y sin duda el inglés era capaz de ello.
Pero el destino aun le tenía reservada una sorpresa mayor. El británico acudiría al Tour y él sería uno de sus escuderos. Correr aquella prueba era algo que Xabier Mikel no podía ni imaginarse. Quién le iba a decir que un chaval que se formó disputando carreras por Euskadi de aficionado iba a poder competir en la prueba más importante del mundo.
Aquel carrusel de emociones iba a tener un punto culminante. El día que el pelotón, totalmente desgranado, serpenteaba por el Tourmalet no dudó en echar pie a tierra cuando se topó con su padre y su pareja al borde de la cuneta. Significaba tanto. Su padre siempre le había dicho que llevara el ciclismo como un disfrute, que nunca colapsara su forma de vida. Idoia, en cambio, siempre estaba ahí cuando aquello no ocurría, cuando su cabeza le boicoteaba y le decía que no era buen ciclista, o que, simplemente, se tenía que exigir más y más.
También se acordó de su abuelo, de que juntos descubrieron por primera vez aquella cima, y de que su hermano podría haber estado allí con otro dorsal. Enekoitz también era ciclista. De hecho, siempre habían corrido juntos en el mismo equipo, pero, desde hace un par de años, una extraña enfermedad apenas le permite hacer cosas tan rutinarias como cocinar o darse un simple paseo en bici. Pese a todo, su hermano nunca pierde la sonrisa, y es el primero en alegrarse cuando Xabier Mikel alcanza sus resultados.
Aquel día, entre el gentío, rodeado de aquellos aplausos desordenados en mil y una lenguas, no pudo contener las lágrimas, preso de todos aquellos sentimientos arremolinados en su cabeza. Días después, cruzar la meta de los Campos Elíseos fue algo que aun no acierta a explicar con claridad a pesar de que siempre cuenta las cosas con naturalidad, casi sin respetar los tiempos que aconseja la prudencia.
Apenas un mes después de todo aquello, su equipo sentía que podía dar un paso más, enrolándole en una nueva edición de la Vuelta a España. Esta vez acudiría con otra mentalidad, como si, por fin, hubiese entendido lo que le decía Alex Sans. No dudó en disputar varias etapas y, sólo un exceso de sangre fría cuando encabezaba la prueba le privó de la victoria en una de ellas, en Elche de la Sierra. De aquella decepción se levantó rápido. Se limitó a asumir que eran gajes del oficio. Además, Pidcock se acordó de él, le dijo que tuviera calma, que haciéndolo así de bien al final todo llega.
Ya no será necesario seguir mirando el reloj. La llegada de su amigo le ha devuelto la sonrisa justo cuando el partido está a punto de empezar. Mientras esperaba, algún aficionado de la Real le ha reconocido. En el País Vasco se valora no sólo al ganador, también al gregario. Quizá porque allí saben que, muchas veces, detrás del ciclista hay historias soterradas que no aparecen en las clasificaciones. Además, su simpatía va más allá de su yo ciclista.
Cuando dentro de bastantes años deje el ciclismo, ya no tendrá que trabajar para Pidcock, perseguir una fuga o subir el Tourmalet. Entonces, cuando alguien recuerde a Xabier Mikel Azparren, seguramente no hablará solo del ciclista. También quedará la persona.











