“Arroyo me pidió perdón por tener que abandonar el Tour y no poder ayudarme”

Pedro Delgado recuerda lo vivido junto a “Angelito”, el hombre con quien cambió el rumbo del ciclismo español en el Tour de Francia de 1983

Ángel Arroyo junto a Pedro Delgado y su director en Reynolds José Miguel Echávarri
Ángel Arroyo junto a Pedro Delgado y su director en Reynolds José Miguel Echávarri

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La muerte de Angel Arroyo ha vuelto a poner en valor lo que supuso la figura del ciclista abulense para el renacimiento del ciclismo español en la década de los ochenta. Nos ha traído de vuelto a aquel Tour de 1983 dónde junto a un Pedro Delgado de 23 años encendió de nuevo la llama del ciclismo español en la carrera más importante del mundo.

“La semana antes de ir, en el Campeonato de España, otros ciclistas nos decían que “que se nos había perdido en el Tour”, que aquello era un matahombres, que estábamos locos”, nos cuenta “Perico”.

“Tardamos muy poco en comprobarlo. En la salida de la primera etapa en línea, yo estaba con Angel en el Peugeot 504 que la organización dejaba a todos los equipos, y vino José Miguel Echávarri gritando que ya habían salido. Cogimos las bicis a toda mecha y cuando ya estábamos entrando en la cola del pelotón, dos por el suelo en una caída; a los 500 metros, otra caída y más gente al suelo. Ángel y yo nos miramos y nos dijimos: “si esto es así, es la neutralizada; ¿cómo será la carrera?”.

"MAÑANA ESTOS SE VAN A ENTERAR"

Pedro Delgado recuerda que salvaron con nota (séptimos) la contrarreloj por equipos… ¡de 100 kilómetros! “Pensábamos que lo mismo solo ganábamos a los colombianos. Superorgullosos con lo que hicimos, pero un par de días después llegó la etapa del pavés, que fue terrible. Yo perdí nueve minutos y cuando llego al coche veo a Arroyo desollado: "Qué hostia me he pegado, les iba a ganar. Les arranqué a la entrada del velódromo, pero me he enganchado con uno”. Fue impresionante lo que hizo Ángel, fue capaz de llegar en el grupo de cabeza con esas bestias por los adoquines”.

Fueron días difíciles para un equipo novato en el Tour como el Reynolds en los que la positividad a prueba de bombas de Arroyo fue muy importante. “En la cena cada noche se abría una botella de Rioja, que nos tocaba un vasito a cada uno. Ángel, aunque las cosas iban torcidas, daba un punto de alegría y cada día brindaba diciendo: “Mañana estos se van a enterar”. Angelito era un gran profesional y muy importante para hacer grupo”.

Llegaron los Pirineos y la cosa cambió radicalmente. “Yo hice segundo después de Millar en la primera etapa de alta montaña y, si antes nos metían el manillar continuamente, ahora ya podíamos empezar a circular por el pelotón más libremente”.

Angel Arroyo en el Puy de Dome
Angel Arroyo en el Puy de Dome

Pero el gran día fue, por supuesto, la contrarreloj del Puy de Dome. “Como anécdota, la noche antes, después de cenar, fuimos a ver la subida en coche, pero al ser un monte privado no nos dejaban pasar, pero salió el coche del panadero y nos colamos. Arroyo primero y Delgado segundo, en una etapa decisiva para los éxitos futuros del ciclismo español. “Esa noche compartíamos hotel con los holandeses del Ti-Raleigh del todopoderoso Peter Post, que se levantó de la mesa a felicitarnos. A nosotros nos dio un poco igual porque nos caía fatal, pero José Miguel recuerdo que nos dijo “¿Os habéis dado cuenta? Este hombre no regala nada y se ha levantado. Ya formamos parte del ciclismo mundial”.

Arroyo y Perico llegaban lanzados a los Alpes, pero una bebida en mal estado iba a estropear los planes. “Subiendo el Glandon Arroyo se quedó, y luego en meta me dijo que iba con el estómago hinchado, que incluso había tenido que pararse en una fuente”. Yo tuve esa misma sensación en la etapa en la que perdí más de 20 minutos. Descubrimos que fueron unos bidones de alimento que llevamos de España cuando nuestro masajista Manu Arrieta fue a probar uno. Así perdimos la oportunidad, quién sabe, de ganar aquel Tour, pero Ángel, con una gran contrarreloj final, con su rabia, su rebeldía y su capacidad para mantener la moral alta, adelantó a Winnen y a Van Impe y subió como segundo al podio de París”.

Lamentablemente, la carrera deportiva de Ángel Arroyo iba a ser frenada cuando estaba en su mejor edad, con 27 años, por una enfermedad que no quería dar la cara. “Le miraron médicos de Madrid, Barcelona, de la Clínica Universitaria de Pamplona… y no encontraban nada en sus análisis, pero Ángel decía que no tenía un gramo de fuerza. Un día en El Barraco coincide con el médico del pueblo. “Yo sé lo que tienes: las fiebres de Malta. Tú bebes leche de las vacas y tarde o temprano coges las fiebres como todo el pueblo”. Para la vida normal no era un problema, pero era incompatible con el alto rendimiento. Un día estaba a tope con la moral por las nubes y al siguiente no podía dar una pedalada”.

“EN EL CICLISMO Y EN LA VIDA, SIEMPRE HACIA DELANTE”

Perico recuerda cuando Ángel decidió que su etapa como ciclista acababa de forma radical. “Fue en el Tour de 1988 que yo gané. Ángel se tuvo que retirar y me pidió perdón por no poder ayudarme, estaba enfadado consigo mismo por no poder dar más para el equipo. Tenía un año más de contrato y, aunque José Miguel lo hizo todo por convencerle para que siguiera, Ángel renunció a cobrar ese año más y en ese momento los contratos ya eran importantes”.

“Yo solo sé dar a los pedales”, decía Ángel cuando dejó atrás el pelotón. Con la ayuda de su íntimo amigo Tasio Greciano, comenzó en el mundo de la construcción y cuando la cosa se torció con la crisis inmobiliaria, pudo volver a empezar con el negocio de los lavaderos de coches, que comenzó en Collado Villalba y luego también montó en Ávila y Segovia. “A Ángel nunca le asustó tener que trabajar duro. En el ciclismo y en la vida, Ángel siempre miraba hacia delante”, reflexiona Pedro Delgado.

Angel Arroyo junto a Pedro Delgado y el director del Reynolds José Miguel Echavarri

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