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San Luca ya ocupaba un sitio importante en la historia de Nairo mucho antes de este sábado. En 2012, durante su primera temporada con Movistar Team, el colombiano se impuso en el Giro dell’Emilia y dejó una de las primeras señales de lo que estaba por llegar. Tenía 22 años. Todavía quedaban lejos el rosa del Giro, el rojo de la Vuelta y aquellas tardes de julio en las que consiguió discutir el Tour de Francia a Chris Froome.
Esta vez regresó a Bolonia por algo muy distinto. Era su última carrera como profesional y antes de empezar ya quedó una de las imágenes de la jornada. Sus compañeros y rivales levantaron las bicicletas para formar un pasillo por el que caminó Quintana, acompañado después por sus hijos hasta los instantes previos a la salida. Un homenaje sencillo, sin demasiada ceremonia, pero que dejó bastante claro el respeto que ha acumulado el colombiano durante todos estos años en el pelotón.
También su bicicleta estaba preparada para la ocasión. Canyon diseñó una decoración especial en la que el rosa recordaba su victoria en el Giro de Italia de 2014, el rojo remitía a la Vuelta a España de 2016 y una línea azul recorría el cuadro como recuerdo de aquel camino que Nairo hacía de niño en bicicleta para desplazarse hasta la escuela en Boyacá.
Después llegó la carrera. Sin necesidad ya de buscar una última hazaña ni de alterar el guión de una jornada que tenía otro significado, Quintana completó los 197 kilómetros entre Ferrara y Bolonia y cruzó por última vez una meta como ciclista profesional. Terminó en la 48ª posición, en una clasificación que esta vez decía bastante menos que todo lo que estaba sucediendo alrededor. Davide Piganzoli se llevó la victoria y Nairo puso el último número a su extensa hoja de resultados.
Porque San Luca ya había cambiado una vez la carrera de Nairo Quintana.
Aquella victoria de 2012 llegó durante su primera campaña con Movistar y ayudó a confirmar en Europa lo que el colombiano empezaba a insinuar desde mucho antes. No tardaría demasiado en demostrar que aquello no había sido un fogonazo aislado.
Un año después irrumpió definitivamente en el Tour de Francia. En su debut terminó segundo de la general, ganó en Annecy-Semnoz, se llevó el maillot blanco y también la clasificación de la montaña. De repente, aquel pequeño escalador colombiano se había convertido en uno de los grandes nombres del pelotón internacional.
La confirmación definitiva llegó en 2014. Nairo acudió al Giro de Italia y salió de allí vestido de rosa, después de una carrera en la que consiguió además dos victorias de etapa. Fue su primera gran vuelta y uno de los momentos que marcaron para siempre su trayectoria.
El Tour siguió siendo, sin embargo, la carrera alrededor de la que giraron buena parte de sus mejores años. Fue segundo en 2013, volvió a ocupar esa misma posición en 2015 y terminó tercero en 2016. Coincidió de lleno con los años de dominio de Chris Froome y del Team Sky, y durante varias temporadas fue uno de los corredores que más cerca estuvo de discutir aquella superioridad.
No consiguió vestir de amarillo en París, pero 2016 acabaría proporcionándole la otra gran vuelta de su palmarés. Quintana ganó la Vuelta a España, por delante de Froome, después de una carrera que tuvo uno de sus momentos decisivos en la etapa de Formigal. El colombiano aprovechó una jornada desatada desde los primeros kilómetros para abrir una diferencia que acabaría resultando fundamental en Madrid.
Fuera de las grandes vueltas también dejó un palmarés difícil de discutir. La Tirreno-Adriático la ganó dos veces y en su historial aparecen igualmente la Volta a Catalunya, la Itzulia y el Tour de Romandía. Hubo además carreras en las que se movió especialmente bien durante años, como la Vuelta a Burgos, y otras que terminaron acompañándole hasta el final de su trayectoria, caso de la Vuelta a Asturias.
Su balance queda en 53 victorias como profesional, 42 de ellas con Movistar Team, además de ocho triunfos parciales entre Giro, Tour y Vuelta. Son números que explican buena parte de la dimensión deportiva de Quintana, aunque seguramente no toda.
Porque hubo una época en la que Nairo representó mucho más que una colección de resultados. En los años en los que Sky imponía su ritmo y su forma de entender el Tour, la presencia del colombiano ofrecía casi siempre una alternativa. No siempre pudo romper el control británico y tampoco todas sus apuestas salieron bien, pero pocas figuras consiguieron concentrar tanta atención cada vez que la carretera apuntaba hacia los Alpes o los Pirineos.
Su manera de correr también ayudó a construir aquel personaje. Nairo hablaba poco, atacaba casi siempre en la montaña y transmitía una imagen muy alejada del ciclista extravagante. Colombia convirtió cada una de sus grandes actuaciones en Europa en un acontecimiento y durante unos años volvió a encontrar en él una figura alrededor de la que reunirse después de la generación de Lucho Herrera y Fabio Parra.
La segunda mitad de su trayectoria fue bastante más irregular. Quintana dejó Movistar al finalizar 2019 y abrió una nueva etapa en Arkéa. Con el conjunto francés volvió a ganar desde muy pronto y mantuvo durante varias temporadas su presencia en el primer nivel, aunque sin alcanzar ya aquellos resultados que había conseguido durante sus mejores años.
Después llegó 2023, una temporada completa sin equipo que parecía poder adelantar el final. No fue así. Movistar volvió a abrirle la puerta para 2024 y Nairo regresó al conjunto con el que había vivido prácticamente todos sus grandes días.
No volvió para intentar reconstruir artificialmente al corredor que había sido diez años antes. El papel era diferente y también lo eran sus piernas, pero aún quedaban tardes en las que aparecía el viejo escalador.
Una de ellas llegó precisamente este año en Asturias. En la jornada entre Llanes y Pola de Lena volvió a quedarse solo, atacó camino de la meta y acabó levantando los brazos. Aquel triunfo le dejó además al frente de la general y, cuando la carrera terminó en Oviedo dos días más tarde, Quintana sumaba su tercera Vuelta a Asturias, después de las conquistadas en 2017 y 2021. Nadie lo sabía entonces con certeza, pero aquel acabaría siendo el último triunfo de su carrera profesional.
Quintana había comunicado meses antes que 2026 sería su última temporada. A sus 36 años todavía era capaz de competir, pero él mismo reconoció el desgaste acumulado después de tantos años organizando prácticamente toda su vida alrededor de las carreras. La decisión estaba tomada junto a su familia y únicamente quedaba escoger cómo recorrer los últimos meses.
Y el lugar para terminar no podía ser cualquiera.
Podría haber escogido una gran vuelta, una carrera colombiana o alguno de los muchos escenarios asociados a sus mejores temporadas. Eligió el Giro dell’Emilia. La prueba en la que, en 2012, un joven Nairo Quintana llegó en solitario a San Luca y empezó a enseñar al ciclismo europeo hasta dónde podían llevarle aquellas piernas.
Este sábado volvió allí una última vez.
Catorce años separaban aquel ciclista que comenzaba a descubrir hasta dónde podía llegar del hombre que recibió el homenaje del pelotón antes de tomar la salida en Ferrara. Entre medias quedaron un Giro de Italia, una Vuelta a España, tres podios del Tour de Francia y más de medio centenar de victorias.
Cuando Quintana cruzó la meta en Bolonia ya no quedaba ninguna carrera más esperando en el calendario.
San Luca había sido uno de los lugares donde empezó todo. También fue el lugar elegido para terminarlo.
¡Gracias, Nairoman!










