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Por medio de un comunicado oficial, Campagnolo anunciaba en el mes de septiembre la venta de una participación minoritaria de sus acciones a SPAC SA, fondo de inversión suizo que controla otras firmas ciclistas como Pinarello y Q36.5, y también al cada vez más pujante equipo ProTeam al que ambas dan nombre. Tras la operación, que debería servir para relanzar el alicaído papel de la marca de Vicenza en los últimos tiempos en los que la competencia le ha superado a casi todos los niveles, se encuentra la figura de Ivan Glasenberg.
Este ejecutivo sudafricano, reconocido en el mundo empresarial por haber dirigido una de las mayores comercializadoras de materias primas del mundo, se ha hecho famoso en los últimos tiempos en el ciclismo profesional protagonizando numerosos movimientos que irremediablemente le han conducido a un papel protagonista del que la especialidad anda escasa.
No pasa por su mejor momento esta empresa fundada por Tullio Campagnolo en la década de los treinta del siglo XX y que patentó decenas de invenciones aplicadas a la bicicleta de carretera. A finales del año pasado se habló de una reducción del cuarenta por ciento de su plantilla, circunstancia que vino precedida tiempo atrás de una estrategia de deslocalización a suelo rumano buscando un entorno económico más favorable, pero sin perder esa percepción del Made in Italy que le hizo ser históricamente tan valorada por millones de practicantes.
En el pelotón profesional su situación es similar. Frente al monopolio de otros tiempos, cuando sin apenas rivales eran contadas las formaciones de primer nivel que no empleaban sus grupos de alta gama, solo Cofidis y Bardiani -los dos integrantes del segundo escalafón de los ProTeams- han empleado esta temporada el Super Record en sus monturas, cosa que por el contrario no ha hecho ninguno de los dieciocho World Teams.
De la importancia y exclusividad que tuvo el empleo de Campagnolo en competición da buena muestra una situación personal vivida por el francés Gilbert Duclos-Lassalle, doble ganador de la París-Roubaix a principios de los noventa. Trabajador en un taller mecánico durante su época de corredor aficionado, no andaba por entonces muy sobrado de ahorros y, en consecuencia, pensar en acceder a esta marca era algo imposible para él. "Ver aquel logo en las bielas me resultaba algo así como un símbolo de riqueza inalcanzable".
Para no quedarse atrás, un mediodía durante una pausa para comer decidió grabarlo en las bielas de su bicicleta sirviéndose de las herramientas del taller. "Lo veía la mar de sencillo". El bearnés no cesó en su trabajo con el instrumental hasta rozar la perfección y consumar su plagio pese a las advertencias de su jefe sobre lo peligroso de la idea. El resultado fue seguramente brillante en lo estético, pero catastrófico en lo funcional: pocos días después, en plena carrera, aquellas redecoradas bielas eran incapaces de aguantar y se rompían en pleno esfuerzo. "Nunca jamás volví a manipular material... y sobre todo aprendí a respetar los consejos de mi patrón". Lección aprendida a la fuerza.












