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¿Qué tres cualidades priman sobre las demás para elegir una mochila que no nos defraude? Éste es nuestro trío de exigencias innegociables.
1. Capacidad útil
Si algo ha cambiado estos últimos 10 años es que cada vez llevamos mochilas más pequeñas, en general porque hacemos salidas más cortas, pernoctamos menos al aire libre o porque simplemente al ir cumpliendo años preferimos lógicamente llevar inferior peso. Cuando se dormía más en la montaña dentro de una tienda o al raso el macuto más común era de 55 litros para los hombres y 45 litros para las mujeres, pero actualmente tiende a “uniformarse” todo más hacia los 30-35 litros. Aunque en teoría idénticas capacidades en marcas diferentes debieran proporcionar un almacenaje similar, en la práctica las más estrechas o estilizadas apenas permiten llevar un saco de dormir y la comida+agua para día y medio/dos días. Abre la mochila en el punto de venta y valora su litraje real, así evitarás sorpresas en plena montaña.
Piensa que si eres la persona que lleva la mochila más grande de tu grupo, posiblemente a menudo alguien te pida que le lleves lo que no le cabe en la suya… ¡Y algún espabilado/a quizá pueda burlarse de que llevas la más grande de todas, y que sea la misma persona que te pida después muy amablemente “¿…podrías guardarme esto?”
2. Comodidad de porteo
Si una mochila está bien diseñada y no se la ha sobre acolchado o infra acolchado, tendrás un modelo ligero y suficientemente cómodo para llevar cargas de hasta 8 kilogramos (15 a 25 litros o para media jornada de senderismo), hasta unos 12 kilogramos las de 30-35 litros (para actividades de un día y medio), hasta unos 15 kilogramos (45-a 55 litros) y hasta unos 18-20 kilogramos (salidas en autonomía de 3 a 7 días con una mochila de unos 65 litros). Los modelos de bajo coste a menudo sólo permiten llevar cargas inferiores con el suficiente confort o en apenas 1-2 años ven como hombreras y acolchado lumbar pierden espesor, y se muestran más incómodas.
3. Longevidad
En los años 80 y 90 la mayoría de las mochilas se cosían a conciencia y con tejidos robustos en fábricas muy especializadas, siendo habitual que una mochila pudiera durarte 10 o 15 años, pero actualmente en no pocos casos su longevidad ha bajado a la mitad. Por lo general suelen deteriorarse las cremalleras (mucho de las actuales son demasiado finas), la cubeta, partes laterales rasgadas por enganchones con ramas y la doble altura o extensión de tejido más fino en la boca, amén de costuras en hombreras y de la asa posterior de elevación. Esto no sólo ocurre porque buena parte de los fabricantes de mochilas de precio asequible o bajo coste tienen escasos controles de calidad, sino porque incluso las mejores marcas han aligerado tanto los modelos que el tejido no puede resistir un uso rudo.
Pregunta en tu punto de venta de confianza cuáles son las más duraderas, pero no las compres a ciegas sin probártelas, porque quizá sean más incómodas o pesadas en vacío de lo que esperabas.
