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En un mundo agotado por la homogeneización, los desastres medioambientales, la violencia y la inflación, necesitamos soñar. La proliferación de “influencers” que pasean sus teléfonos móviles en bolsos de Louis Vuitton por playas paradisiacas demuestran que nuestra capacidad de imaginar el mundo es muy limitada. Solo los ejemplos de algunos ciudadanos como Yvon Chouinard, que acaba de donar su multimillonaria compañía Patagonia a una organización sin ánimo de lucro dedicada a la preservación de la vida salvaje, hacen brillar una chispa de esperanza en el futuro de la humanidad.
A veces los modelos están a la vuelta de la esquina, escondidos bajo el velo anónimo de la cotidianidad: el mecánico de un pequeño pueblo de provincias que durante sus vacaciones viaja al corazón de África para arreglar vehículos en medio de un territorio devastado por la guerra y la sequía, la madre de familia que después de haber suscrito a sus hijos a la universidad, parte a recorrer el mundo en bicicleta, o el vecino taciturno que nunca corta el césped y que en sus ratos libres es un campeón de la escalada en estilo alpino en el Himalaya. La discreción, la humanidad y el espíritu de aventura son valores que combinados suelen llevar al ostracismo.
Este era el caso de Christophe Péray, un etnógrafo parisino, que ha pasado toda una vida recorriendo en soledad las montañas del macizo del Mont Blanc en busca de cristales de roca y que recientemente ha publicado un libro sobre sus experiencias. Péray es una leyenda en el mundo de la mineralogía alpina, un hombre determinado y solitario que todavía cree en la belleza y cuyos hallazgos se encuentran en los museos y colecciones privadas de todo el planeta. Hace tres años creo una cuenta de Instagram, hoy en día tiene 168.000 seguidores. En un esfuerzo por transmitir su pasión y ocupar las tardes solitarias en los vivacs, se ha convertido él también en un “influencer”. Si san Antonio Abad, el primer eremita del desierto, hubiese querido pasar el mensaje de su devota soledad en nuestra era, debería tener un perfil en TikTok.
Christophe Péray empezó a buscar minerales en su adolescencia de la mano de uno de los mejores cristaleros del macizo del Mont Blanc, el guía Roger Fournier. Al comienzo de los años sesenta Fournier había descubierto una pieza que cambió la historia de la mineralogía en el valle alpino: Amadeo, una punta de cuarzo ahumado rodeada de una corona de brillantes fluoritas rojas. Péray aprendió que la vida de un cristalero es como la de un pastor o un agricultor de altitud donde la permanencia en el terreno, la fusión con el paisaje y la observación del territorio son las herramientas de base. Aprendió que en esa ladera de la montaña podía encontrar amatistas violetas, que a cierta cota de elevación el cuarzo se torna negro, casi opaco, por efecto de la radioactividad, que en cierta cumbre escarpada y peligrosa por las caídas de piedras, las venas de cuarzo habían sido colonizadas por fluoritas de un rojo sangriento. Aprendió que las montañas que veía desde su adolescencia por la ventana de la casa de sus padres en Vallorcine eran en realidad un gigantesco huerto que había que recorrer con paciencia y obstinación para recoger sus frutos.
Al terminar sus estudios de etnografía en la universidad de París Christophe pasó varios años perdido en la selva tropical colombiana estudiando el chamanismo de una tribu que apenas había tenido contacto con el mundo exterior. Se dedicó con tal pasión a esta labor que él mismo se convirtió en chamán y su casa de Vallorcine se llenó de monos, tucanes y bastones ceremoniales. Durante los veranos continuaba su búsqueda de la piedra perfecta en el macizo del Mont Blanc. Esos años los pasó compartiendo hallazgos y vivacs con Laurent, un guía y geólogo que se despeñó unos años después ante los ojos atónitos de Christophe. Tras el accidente de Laurent nunca volvió a tener un compañero habitual y pasó el resto de su vida recorriendo solo las montañas.
El 21 de julio de 2006 Péray encontró su piedra filosofal: una punta de cuarzo ahumado rodeada de una corona de fluoritas, como la de su mentor Roger Fournier. La pieza pesa cinco kilos y es el primer mineral declarado tesoro nacional francés. Se encuentra hoy en día en la exposición permanente del Museo Nacional de Historia Natural de París.
Podéis descubrir su hsitoria en el libro A crystal’s hunter diary. Perey, Christophe. Autoedición, París, 2022. Pedidos: cristalliers@yahoo.fr
