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El ciudadano contemporáneo y el atleta de resistencia comparten hoy una misma patología: ambos han convertido espacios que debían ser de emancipación (el ejercicio del poder cívico y el disfrute del esfuerzo físico) en jaulas identitarias. Si observamos el panorama actual, resulta evidente que tanto la arena política como la línea de salida de un maratón han sido secuestradas por un tribalismo feroz. Al diseccionar ambos mundos, descubrimos que la disfunción de nuestras democracias es el espejo exacto de la alienación en el deporte moderno.
Declararse triatleta o corredor de ultras ha dejado de ser una afición para convertirse en una etiqueta totalizadora.
La megaidentidad: El individuo fagocitado por la tribu
La crisis comienza con lo que Lilliana Mason denomina la “megaidentidad”. En la política actual, el partidismo ha devorado al ciudadano. Introducir una papeleta en una urna ya no es una decisión pragmática sobre gestión pública, sino un acto de fe que predetermina el barrio en el que vives, el supermercado donde compras y con quién te relacionas.
De manera análoga, el deporte de resistencia ha desbordado sus límites para colonizar la vida del individuo. Declararse triatleta o corredor de ultras ha dejado de ser una afición para convertirse en una etiqueta totalizadora. Esta megaidentidad purga tu círculo social (solo te relacionas con los tuyos), estructura tus horarios y dicta tus valores estéticos. Tanto el voto como el dorsal operan hoy como sectas posmodernas: el individuo pierde su agencia y sus matices para convertirse en un mero embajador de su etiqueta.
La mercantilización del miedo
Para mantener a estos rebaños cohesionados y dóciles, los líderes políticos y la industria deportiva recurren al mismo mecanismo: la instrumentalización del pánico. Como advertía H.L. Mencken, el objetivo de la política práctica es mantener a la población alarmada ante demonios, a menudo imaginarios, para presentarse como el único salvador. El político agita el fantasma de la destrucción inminente de la nación a manos del bando contrario; te convence de que estás en peligro para que cedas tu libertad a cambio de su protección.
La industria del rendimiento opera calcando este modelo. Aunque los límites biológicos son reales, el marketing los hiperboliza hasta convertirlos en terror. Te aterrorizan con el catabolismo muscular, la deshidratación catastrófica o el “muro” del maratón. Te convencen de que tu cuerpo es un ecosistema frágil a punto de colapsar para venderte la “seguridad” de un plan de suscripción, geles a precio de oro y suplementos mágicos. En ambos mundos, se infantiliza al sujeto a través del miedo.
La tiranía de la metodología y la pérdida del pragmatismo
La historia nos enseña que la arrogancia de creer poseer un diseño racional perfecto para la sociedad nos arrastra hacia el autoritarismo. La política actual, enamorada de sus propias ideologías, ha perdido la capacidad de adaptarse pragmáticamente a los cambios sociales, generando sistemas agotados y profundamente poco inteligentes.
En el deporte, esa soberbia intelectual se traduce en la “tiranía metodológica”. El atleta se enamora perdidamente de un dogma (el culto puritano a la Zona 2, el fanatismo del minimalismo o el sectarismo de los carbohidratos) y se vuelve ciego a su propia biología. Cuando la ideología choca con la realidad (sea un país fracturado o un tendón inflamado), el tribalista prefiere culpar a la realidad antes que ajustar su método. El resultado es el mismo: sociedades polarizadas y atletas crónicamente lesionados por negarse a la prudencia del cambio gradual.
El atleta moderno entrena para el algoritmo de Strava.
La “lengua de madera” y el secuestro de la métrica
El historiador Christopher Lasch diagnosticó amargamente cómo los políticos, al centrarse en promocionar su imagen, se despojan de criterios reales para medir su éxito. Se refugian en la “lengua de madera”, esa jerga vacía sobre “sinergias estructurales” o “resiliencia democrática” que oculta su incapacidad legislativa.
El deportista aficionado y los entrenadores mediáticos han creado su propia lengua de madera en redes sociales. Ocultan la falta de progreso deportivo real tras una muralla de jerga pseudocientífica: hablan de “carga aguda vs. crónica”, “eficiencia metabólica” o “TSS”. Al igual que el político que ya no gobierna para los ciudadanos sino para las encuestas, el atleta moderno entrena para el algoritmo de Strava. La representación (la métrica virtual, la imagen) ha devorado a la realidad (la salud, el disfrute, la verdadera mejora).
El sesgo de confirmación y la delegación de la verdad
Ante la complejidad del mundo (ya sea el cambio climático o la biogénesis mitocondrial), el ciudadano y el atleta renuncian a la racionalidad epistémica y delegan su juicio en los gurús de su tribu. Puesto que somos criaturas sociales, resulta más “racional” antropológicamente proteger nuestro estatus en el grupo que buscar la verdad objetiva.
El razonamiento motivado domina ambas esferas. Así como un votante descarta un dato económico irrefutable si proviene del partido rival, un atleta devoto de una filosofía de entrenamiento escudriñará cualquier estudio fisiológico que lo contradiga hasta inventarse un fallo metodológico, al tiempo que aplaudirá sin rigor cualquier artículo que valide su creencia. La información ya no se evalúa por su veracidad, sino por su utilidad como arma para defender a la tribu.
Construimos relatos morales (la libertad de la montaña frente a la disciplina del asfalto) para estigmatizar al rival y blindar el estatus de nuestro ecosistema.
Alianzas tácticas y el lujo de la irracionalidad
Solemos creer que la izquierda y la derecha divergen por valores morales profundos, pero a menudo se trata de alianzas tácticas para ganar influencia, que luego se justifican moralmente. Las absurdas “guerras” entre el asfalto y el trail, o entre la carretera y el gravel, funcionan exactamente igual. Construimos relatos morales (la libertad de la montaña frente a la disciplina del asfalto) para estigmatizar al rival y blindar el estatus de nuestro ecosistema.
Lo más trágico es cómo asimilamos las creencias erróneas. El economista Bryan Caplan explica que el ciudadano vota por políticas destructivas porque el coste individual de equivocarse en las urnas es cercano a cero; prefiere satisfacer su autoimagen identitaria antes que ser pragmático. En el deporte aficionado ocurre algo similar con las “creencias conspicuas” (creencias de lujo). Puesto que el aficionado no se juega su salario en la competición, puede permitirse el lujo de adoptar rituales de entrenamiento absurdos o privaciones extremas para señalar su pureza moral frente a la “masa”. El estancamiento deportivo y el daño al sistema político son el precio que pagamos gustosamente por sentirnos parte de una élite iluminada.
Conclusión: Hacia una doble emancipación
Criticar estos fenómenos en paralelo es exigir una emancipación urgente. La política y el deporte moderno se han convertido en espejos de nuestras carencias tribales, sistemas agotados que exigen que volvamos a apretar las tuercas del sentido común.
Necesitamos recuperar la figura del “conservador razonable” que respeta los fundamentos (la cohesión social básica, el descanso y el kilometraje base) y la del “progresista pragmático” que empuja el límite sin destruir el sistema. Desmantelar esta ilusión identitaria significa aceptar que muchas de nuestras creencias, ya sean políticas o deportivas, son meros disfraces decorativos. Requiere silenciar el ruido de la propaganda política para volver a pensar por nosotros mismos, y apagar de vez en cuando las pantallas para volver a sentir la respiración. Solo despojándonos de la armadura de nuestra tribu podremos devolverle a la política su capacidad real de organizar la convivencia, y al deporte, su esencia original: el desafío íntimo y honesto de explorar nuestra propia humanidad.
