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La curiosidad del ser humano, es insaciable, inconsciente, en gran medida egoísta, y en ocasiones, suicida.
Si no es así, no hay otro modo de explicar por qué estaría dispuesto a tomar la salida en una carrera que finalmente se acercaría a los 300 kilómetros y donde el calor es el principal “atractivo”.
Exacto. Las altas temperaturas es lo que hace singular a esta carrera, en el interior de Portugal y que recorre de norte a sur la Beira Baixa. Aquí no vas a encontrar ni grandes picos ni trepidantes bajadas ni caprichosas crestas. En la PT281, de lo que se trata es cubrir los 281 kilómetros de su recorrido lineal en menos de 66 horas.
Para ello, únicamente tendrás que ascender los algo más de 6000 metros de desnivel positivo y buscarte la vida (o ser autosuficiente, si lo prefieres), entre los 7 puntos de control que establece la organización. Por cierto, olvídate de ir siguiendo cintas o banderitas que marquen el recorrido. En esta carrera debes gestionar el ritmo mientras confías a pies juntillas en tu dispositivo GPS, en el que previamente habrás cargado el track. Y para que decaiga el estado de alerta, la organización suministra el recorrido pocos días antes de tomar la salida.
¿Qué te parece el plan? ¿A que apetece? Yo lo pasé en grande. Sigue leyendo, que te explico los avatares de este romance…
A los cantantes les suelen preguntar si están nerviosos minutos antes de salir al escenario, a lo que suelen responder afirmativamente, con aquello de que los nervios es un mal necesario y que te mantienen alerta, por lo de no bajar la guardia y meter la gamba, básicamente.
En mi opinión, en las carreras el proceder ha de ser ese. Has de tener ese puntito de nervios en la salida y un mínimo de sensibilidad para emocionarte con la música épica de turno, al tiempo que aprietas los puños durante el tiempo que dura la cuenta atrás. Eso es así, y bien que así sea.
Las carreras “XXL”, es lo que tienen: salimos pocos y nos separamos de forma orgánica.
Precisamente, en esas estaba yo, junto al icónico y cuidado castillo de Belmonte, donde a las 6 de la tarde, hora local, empezaba la aventura.
¿Qué pasaría en las -mínimo- 2 noches en carrera, y -estaba seguro que- más de 50 horas de carrera? Lo sabría sin demasiada demora. Cuando la carrera se encargase de enseñarme por qué la PT281 está inspirada en la Badwater135.
BIENVENIDO A LA BADWATER PORTUGUESA (y a su recorrido llevadero que te pasará factura)
El trazado sucede con facilidad, y los 84 participantes que tomamos la salida, nos distanciamos en los primeros 30 kilómetros. Las carreras “XXL”, es lo que tienen: salimos pocos y nos separamos de forma orgánica.
Los ascensos son suaves, casi no te das cuenta de que estás sumando desnivel. De hecho el desnivel de la carrera está en la primera y última parte del recorrido. Tan solo toca apretar dientes -de momento-, cuando te acercas a los núcleos urbanos, la mayoría con la curiosa tradición de encaramarse a pequeños cerros. No eres consciente de que en un recorrido de tantos kilómetros y las cifras de desnivel positivo acaban sorprendiéndote en la pantalla de tu dispositivo GPS.
Sea como fuere, la facilidad con la que se sucedía el trote me hizo tomar un ritmo que finalmente acabaría por asumir que no era el mío. No se entiende de otro modo, pues entre el kilómetro 50 y el 89, hubo tramos en los que me tuve que arrastrar con un vil gusano. Y sin duda, era muy pronto. Demasiado para ese tipo de contratiempos y desatinada gestión.
PRIMERA NOCHE CON ÉXITO
Amanecía y empezaba así el segundo día de carrera: Mientras que las personas “normales” llevaban a cabo prácticas “normales”, como calentar el café y tomarlo en el desayuno, yo avanzaba sobre polvorientos caminos, y el termómetro de mi Suunto Vertical marcaba 34 grados. No iba a ser una jornada fácil. Todavía no conocía la virulencia de la PT281. Y así fue como llegué a la segunda base de vida, en el kilómetro 89, según mi GPS. La calma que se respiraba en el espacio cubierto habilitado por la organización y la variedad de viandas no invitaba a marcharse con celeridad. Fue aquí donde hice mi primer cambio de zapatillas. Las Salomon Glide Ride TR darían paso a las Topo MTN Racer 3. Más que nada, por deformación profesional, no por otra cosa.
Durante una buena tunda de kilómetros recorrería grandes llanuras, ninguna sombra y una curiosa subida sobre una calzada romana hasta Monsanto, donde me tiraría en plancha a una fuente para meter la cabeza, algo que se convertiría en instintiva costumbre durante la carrera. Pura supervivencia.
Monsanto es un diminuto núcleo urbano que sería testigo de una pequeña pausa en un -único- bar, donde gracias a la invitación de un corredor portugués (gracias Paulo), daría insaciable cuenta de una Pepsi por la que pagó más que en el mismo Paseo de Gràcia de Barcelona.
Con la mochila cargada de agua (3 litros siempre que era posible rellenar), me disponía a llegar a Idanha-a-Nova (km. 158). Un punto de avituallamiento clave, pues posiblemente sería el momento de dar una cabezada para acometer con razonables garantías, la segunda noche en carrera.
Después de un descanso sobre la colchoneta en el polideportivo, comí (y repetí) lo que me ofrecieron los voluntarios. Sin duda, en esta carrera se come muy, muy bien. Nada que envidiar a Tor des Gèants o Diagonale des Fous. Nuevo cambio de zapatillas (Saucony Endorphin Rift), y me vi metido de lleno en la segunda noche portuguesa.
Una noche en absoluto tórrida, como sí sucedió en anteriores ediciones. Los participantes veteranos, me decían que había tenido suerte, pues esta edición 2023 “estaba siendo fresquita”.
En los primeros kilómetros después de esta cuarta base de vida, vi que no me era posible correr. Un intenso dolor en la corva (parte posterior de la rodilla), me impedía dar una sola zancada, y el frasco de crema Radiosalil, lo tenía depositado en la bolsa que encontraría en la siguiente base, Lentiscais (km. 210).
Tocaba adaptarse a la situación y caminar todo lo rápido que pudiese, acompañado de una buena técnica de bastoneo. El abandono no tenía lugar en mis planes.
La parte positiva, es que “El Valle de la Muerte”, la más monótona, desangelada y calurosa parte de la carrera, la atravesaría de noche. Pero no todo serían buenas noticias. A medida que avanzaba entre algún viñedo y pequeñas construcciones sobrellevando el dolor, con la noche cerrada bajo un cielo estrellado como no recordaba en años, me sorprendió el profesor Skinner, el de los Simpson, en la copa de un árbol, con 2 enormes alas que le nacían detrás de las orejas. Es la particularidad de la segunda noche en carrera y la negación del sueño, las alucinaciones.
Ver -o creer ver- personas en las más variadas posiciones y situaciones que en realidad no existen. Ser consciente que vas de lado a lado del camino, y que estás repitiendo frases absurdas una y otra vez, como el estribillo de esa canción machacona que posiblemente ni te gusta, pero que no paras de tararear. Una realidad confusa. Realidad porque lo estás viviendo, y confuso, porque no sabes si es conveniente.
El sobresalto que supone descubrir cómo responden con interés bajo el foco de mi frontal, 2 brillantes bolitas perfectamente simétricas en horizontal respecto al suelo, que suspendidas en la noche siguen mi trayectoria. Al pasar de largo, las bolitas perdían el interés, y fijaban su atención en otro punto. Ni un ladrido, ni un maullido, o quizá gruñido. Pero juraría que de alguna de las 3 opciones se trataba.
Cuando mi ritmo era alarmantemente lento y la línea negra que dejaba mi rastro en la pantalla del GPS dibujaba erráticas “zetas”, decidí parar a un lado del camino, sin apagar la luz trasera intermitente de emergencia que llevaba en la mochila. Utilicé esa extensión de mi cuerpo en que se convierte la mochila en este tipo de carreras en almohada, y me tumbé. Con 10 o 15 minutos me bastaría. Daría una cabezada y seguramente me despejaría para seguir en camino. Son microsueños, que en teoría, te despejan e “interrumpen” precisamente, ese sueño. Esa misma acción la llegué a repetir 2 veces durante la noche. Me desperté sin necesidad de alarma, y en ningún caso superé los 10 minutos. Reconozco que tramitar el sueño es lo que peor llevo de la ultra distancia. En las carreras más largas con 3 o 4 noches, siempre ha representado un desafío gestionar la modorra.
KILÓMETRO 210; “ALEA JACTA EST”
Amanecía, era sábado. Tercer día en carrera y llegaba a la localidad de Lentiscais donde mi Suunto Vertical registraba 210 kilómetros. en carrera. Momento de tomar consciencia de lo que llevaba recorrido, más de lo que quedaba por hacer.
En la base de Lentiscais di cuenta de un buen plato de pasta con atún que me supo a gloria, así como de un necesario cambio de ropa, calcetines y zapatillas (Hoka Tecton X 2) y muy importante, aplicarme la pestilente pero efectiva crema Radiosalil en la corva, como última esperanza de poder recuperar el ritmo inicial de carrera o, por lo menos, no transitar hasta meta como alma en pena. Por si acaso, la llevaría en la mochila durante el resto de la carrera. Una decisión que resultó ser providencial.
El día se levantó con genio, tanto es así, que después de un largo trazado sobre asfalto en falso llano y algún repechón morrocotudo, me adentré en un tramo de vegetación donde busqué una sombra para tumbarme con el objetivo de disminuir la temperatura corporal. Estaba solo, no había ningún corredor en kilómetros y no me apetecía sufrir mareos o vómitos. Preferí parar unos minutos, que seguir y tener que lamentarme.
La grandeza y singularidad de las “ultras XXL” son los cambios que llegas a experimentar en carrera, un ciclo de altibajos. De la miseria física a la euforia anímica. Y viceversa, claro está. Lo cierto, es que cuando te las has visto de todos los colores, poco o nada te asusta. E incluso, ni siquiera te sorprende. Cuando intuyes que se avecina algún revés, consciente de la evidencia te dices: “bien, vale…yo ya he estado ahí. No hay problema”.
Simpatizar con este tipo de infortunios, no te voy a decir que te haga invencible, pero que te curte a marchas forzadas, lo defiendo con vehemencia. Cuando llegas a conocerte tanto, y en tan disparatadas situaciones, sabes perfectamente que eres tú quien tiene la sartén por el mango. Y si no es así, esfuérzate por creer que lo es.
En definitiva, me planto en el kilómetro 227 a su paso por Perais, me compro en un bar un Calippo (de lima-limón, cómo no), y me lo apreto con alegría. Con qué poco se contenta uno en ciertos momentos, ¿verdad?
Con mejor predisposición, pongo el punto de mira Vila Velha de Rodao (kilómetro 234 aprox.) penúltima base de vida, a la que llego corriendo. El dolor de la corva sigue ahí, solo que puedo sobrellevarlo. Las friegas con Radiosalil han dado buen resultado. Desagradable para el olfato, pero efectiva en su cometido.
Paulo y Vítor, con los que había coincidido en varios puntos, ya están reponiendo fuerzas.
Los voluntarios me ofrecen las diversas viandas disponibles, y como aquello que veo me resulta apetecible, les sugiero que pongan en el plato un poco de cada. Cuando uno llega con hambre, todo parece llamarle, pero cuando además te lo comes tan a gusto, eso… eso es maravilloso.
Aquí no haría cambio de zapatillas, continuaría con las Tecton X 2 de carbono.
ÚLTIMO SECTOR. TOCA APRETAR (SÍ O SÍ)
Después de varios kilómetros bastante amables en cuanto a desnivel, los últimos 50-60 kilómetros serían los responsables de elevar la suma del ascenso total de la carrera.
Salí del avituallamiento de Vila Velha de Rodao bien entrado el mediodía. Tenía por delante un largo (larguísimo) tramo de asfalto en ascenso. El reloj registró en ese momento 41 grados. Ni una puñetera sombra.
Crucé un pequeño núcleo urbano y un grupo de personas me ofreció agua, acepté, pero no quise beber, extendí mi gorra para que la empapasen, a lo que respondieron al punto y con risas.
Afortunadamente, y para mi sorpresa, el trazado se adentró en un bosque de eucaliptos. Un entorno que agradecí cuando avanzaba la tarde.
El frondoso bosque proveía sombra y alegraba los sentidos después de tanto alquitrán. Un regalo para el olfato y la vista. Pasé de la dura luz en las horas más calurosas, al resplandor de los tonos dorados que se colaban entre las densas copas de los árboles y teñía el suelo de un poderoso tono áureo.
De nuevo, situado en alto, alcancé el último avituallamiento. Mi reloj marcaba 267 kilómertos cuando llegué a Montes da Senhora.
No recuerdo cuántos vasos de Coca Cola bebí. Llegué seco. De haber podido, hubiese metido la cabeza en un congelador y me habría atiborrado sin remordimientos del refresco gaseoso. Rodeado de voluntarios, y acompañantes de otros corredores, no quise demorar mi salida. Empezaba la cuenta atrás. Ahora sí. Saqué mi frontal, le puse una batería nueva y metí en mi mochila otra de recambio. Me aseguré de llevar 3 litros de agua encima, y emprendí la marcha con las últimas luces de un sábado que dejaría de serlo en pocas horas.
EVITAR A TODA COSTA LA TERCERA NOCHE EN CARRERA
La segunda noche en carrera es garantía de tener acompañantes imaginarios. Si te adentras en una tercera noche, prepárate para las emociones fuertes. Ahí todo es una fiesta, con los más singulares y estrambóticos invitados irreales. Te puedes asustar con tu propia sombra y sobresaltarte con una rama. De los soliloquios, ya ni te hablo. Es por eso que quería evitar esa tercera noche. Era hora de hacer autodiagnóstico: ¿me dolía algo? Sí. ¿Era sobrellevable? Sí. Pues entonces, a correr se ha dicho.
Siempre digo, que si en una carrera de 200 millas tengo molestias en el kilómetro 280, puedo considerarlo como asumible, pero si las tengo en el kilómetro 150, puedo darme por fastidiado. Así pues, para acometer el último sector de la carrera, establecí un ritmo cómodo. En llanos y bajadas trotaba, y en los repechones, andaba bastoneando.
Llegó de nuevo un larguísimo tramo asfaltado, en el que no había ni un alma, ni siquiera un vehículo despistado. Esa carretera, me conduciría con escasos giros hasta el arco de meta.
En ese momento, me detuve para extraer unas piedrecitas de la zapatilla, y vi 4 frontales que se acercaban, entre risas y canturreos.
Para mi sorpresa eran Paulo y Vítor, con su entrenador, además de otro corredor con el que había coincidido en algún tramo, que celebraron encontrarme, con palmadas en el hombro y sonora algarabía. En esos momentos previos, yo caminaba sobre el falso llano de asfalto, pero a partir de ahí, entre los 4 “tirarían” de mi. Con más de 50 horas en carrera, desplazarme sobre el asfalto a 6 minutos el kilómetro, no me parecía en absoluto una cifra reprochable.
El entrenador de Paulo y Vítor, se encargaba de espolearlos. Supongo que les soltaba algún tipo de frase motivacional, a juzgar por el tono. Y la cuestión es que surtían efecto, a tenor de la servil predisposición que mostraban sus acólitos a las instrucciones que les daba el sensei.
Entre pitos y flautas, estábamos a 2 kilómetros de Proença-a-Nova. La ansiada meta. Cruzamos el arco de llegada sobre la medianoche. No recuerdo la hora exacta.
En meta, había más ambiente del que esperaba: organización, voluntarios, fotógrafos y los acompañantes de los corredores que se convirtieron en resorte para adelantar mi llegada a meta.
Es curioso cuando de brazos caídos, asumimos que nuestro cuerpo se ha salido con la suya, echándole la culpa al cansancio, presidente de facto, el cual ordena a la mente que detenga la zancada. Y a pesar ello, razones externas evidencian que siempre, siempre, queda un “puntito” de energía ahí dentro por exprimir.
Y así, sin regodearme en la hazaña, ni en el ego que reparte la consecución del objetivo, es como este amante de las carreras que se miden por cientos de kilómetros, consiguió su bonita medalla finisher, y lo más importante; lo intangible, lo incuantificable materialmente, pero tremendamente valioso: los recuerdos, la experiencia vivida con la máxima intensidad, con pasión, y abrir las ventanas de la sensibilidad interna, para impregnarme de cada uno de los sentimientos que me ha regalado esta PT281.
RECORRIDO Y CURIOSIDADES
- Tipo de recorrido: lineal, con salida desde Belmonte, hasta Proença-a-Nova.
- Distancia, desnivel y tiempo límite: 281 kilómetros, 6.494 metros de desnivel positivo y 66 horas de tiempo límite.
- Fechas: normalmente, la tercera semana de julio.
- Bases de vida: 7, donde puedes dejar cada una de las bolsas que entrega la organización, con lo que necesites encontrar en cada punto.
- Comida y servicios: comida abundante y variada en cada una de las 7 bases de vida.
- Cada participante lleva en su mochila un localizador GPS, mediante el cual, la organización monitoriza a cada corredor.
- Particularidades: el calor es la característica principal de esta carrera. Has de tener habilidades de navegación con dispositivos GPS. La carrera no está marcada/balizada.
- Obsequios: camiseta técnica conmemorativa para todos los participantes y camiseta y medalla finisher para los que lleguen a meta dentro de las 66 horas.
- Post-carrera: el día después de la carrera (domingo), en Proença-a-Nova se celebra la entrega de premios y medallas finisher con una espectacular cena al aire libre.
- Precio de la inscripción: 400€
