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En dos semanas se encontrará a solas con la persona a la que no podrá engañar. A la que tendrá que explicar lo que ha pensado hacer con su vida. David tiene un discurso fácil, limpio y reflexivo, quizás alimentado por la lectura y por su compañero de viaje más importante: la experiencia.
Cuando tenía 18 años, su vida estaba totalmente automatizada. Por las mañanas trabajaba en un supermercado; por las tardes estudiaba un curso-puente y luego se iba a entrenar con su club de atletismo. Todo cambió cuando, en uno de esos recorridos, se compró una bicicleta.
Han pasado muchos años de todo aquello. Tantos como para que su vida esté a millones de kilómetros de allí. Pero aquel recorrido se detuvo en las calles de Granada. El equipo le había confirmado que esa sería su última carrera, que después de la Vuelta a España no habría una nueva misión.
Su despedida no fue ni mucho menos la soñada. Nunca encontró su punto de forma. Además, tras una caída en la 13ª etapa se le infectaron varias heridas. Tuvo que ponerse la vacuna antitetánica y sufrió episodios de fiebre. Sin embargo, al cruzar la última línea de meta sintió la paz de cerrar un capítulo. Mejor aún: no se reprochó nada.
Ojalá hubiese sido siempre así. Hace años, cuando los datos de potencia invitaban a esperar mejores resultados, se boicoteaba, se decía que podía hacerlo mejor. No disfrutaba de lo que tenía. Siempre pensaba en la siguiente competición, sin tiempo para sentarse un rato con el presente.
Durante diecisiete años pasó por siete equipos. A unos llegó llevado por su necesidad implacable de mejorar; a otros, quizás empujado por la impaciencia, por querer resolver situaciones que siempre viajaban en su maleta.
En el camino tuvo la suerte de cruzarse con ciclistas que le ayudaron a entender el oficio. Primero fue Purito Rodríguez, un libro abierto de consejos que le enseñó que cada día había una página por escribir y que debía llenarla con trabajo.
También conoció a Tom Boonen, del que admiraba la seguridad en sí mismo. En un Tour de Omán, el belga trabajó para acercarlo bien colocado a la Montaña Verde, donde se decidiría la carrera. Tras la etapa, cuando David quiso agradecérselo, Tom se rió: «¿Qué te esperabas? Yo soy de lo mejor en ese tipo de trabajos», le dijo.
Más tarde, en el equipo SKY coincidió con Chris Froome, un hombre que, a pesar de ganar Tours de Francia, se centraba más en el camino que en el objetivo. Y luego llegó el UAE, donde compartió los inicios de Tadej Pogacar, un chico al que la presión parecía no afectarle mientras empezaba a convertirse en el mejor corredor del mundo.
Hoy David se reúne con aquel joven que dejó el supermercado porque quería vivir una vida con sentido. Lo mira sin reproches, con el cariño de quien se atrevió a dar carpetazo a la rutina para descubrir un deporte que, desde el primer día, le dio un objetivo tras cada desayuno.
Aunque ya solo pueda decírselo a sí mismo, le explicaría que no había que tener tanta prisa. Que el presente merecía más atención. Que aquellos siete equipos, aquellos diecisiete años, ya no volverán. Y que no fue justo que se exigiese tanto.
Que aquella etapa que ganó en la Vuelta de 2016 no fue fácil de conseguir. Que llevar un día el maillot de líder no está al alcance de tanta gente. Y sí, aquella caída bajando el Cordal le arrebató la posibilidad de rematar la Vuelta del año siguiente. Pero ¿y el resto de las victorias? ¿Y las muestras de afecto de Tadej cuando, a pesar de tener el sacro fracturado, se dejó la piel por el esloveno en el Col de la Loze? ¿Y el esfuerzo de aquella París-Niza trabajando para Julian Alaphilippe?
Quizás no escuchó lo suficiente a Antonio Miguel, uno de sus mejores amigos, o a Bianca, su expareja, que compartió prácticamente toda su carrera deportiva. También fuera de la bicicleta hacía falta aprender a tocar las manetas del freno y detenerse a mirar con perspectiva.
Cruzar la última línea de meta como ciclista profesional no fue triste. El año pasado quiso bajarse de la bici. Los números no iban y la situación personal tampoco. Sin embargo, el Q36.5, su último equipo, le convenció para seguir un año más. Un tiempo que también le sirvió para prepararse mentalmente para la despedida.
Tras la Vuelta ha estado ocupado. Tenía cosas que resolver. Cosas mundanas: ordenar el trastero, limpiar el garaje.
Ahora le espera lo más difícil. Quedarse a solas con la persona a la que tiene que explicar qué hará. Averiguar si le ilusiona seguir ligado al ciclismo. No quiere ser uno de esos a los que el miedo a que el ciclismo los olvide acaba atándolos al volante de un coche de equipo. Por eso recorrerá dos mil kilómetros por Vietnam en una bicicleta con alforjas. A solas consigo mismo. Con David, dejando atrás al otro David, el ciclista profesional. Será un viaje sin prisas. Con la perspectiva que antes le faltaba y sin reprocharse haber tardado en encontrarla. El viaje de la experiencia.
