Quiero añadir gratis Ciclismo a fondo como fuente preferida de Google, para no perderme vuestras noticias.
Él, como Pogacar, también se encontró una piedra. Lo suficientemente ancha como para desequilibrar su rueda en pleno descenso. Lo suficientemente cruel como para terminar con su sueño.
Dos semanas después, el dolor es más anímico que físico. Las costillas ya le permiten volver a montar en bicicleta y la conmoción cerebral ha quedado atrás. Lo malo son esas calles. El Boulevard des Moulins, por donde pasaba para coger el autobús del colegio, huele a vacío, aunque todavía lo atraviesen los turistas que buscan el circuito de Fórmula Uno.
Hace dos años, cuando se enteró de que la Vuelta de 2026 saldría de Mónaco, se dijo que haría todo lo posible por acudir. Esta vez no podía llegar tarde, como lo había hecho siempre. En 2020 pesaba quince kilos más, era adicto a los videojuegos y la bicicleta era la menor de sus preocupaciones. Pero el esfuerzo de Estelle por ayudar a su pareja a cambiar y la llamada de su padre, presidente de la Federación Monegasca de Ciclismo, para preguntarle si participaría en un Campeonato de Europa hicieron clic en su cabeza. Después, Alexis Gandía, por aquel entonces preparador del Burgos BH, el equipo en el que corría como profesional, le ayudó a volver a sentirse ciclista. Desde entonces, Víctor cambió de adicción. De los videojuegos a la bicicleta. Y de la bicicleta, a los resultados.
Por eso, cuando se enteró de que la Vuelta de 2026 saldría de su país, a escasos metros de su casa, se dijo que tenía que estar allí. Pudo hacerlo con INEOS, el equipo que, a sus 29 años, le abrió por fin las puertas del WorldTour, la máxima categoría del ciclismo profesional. Pero Víctor sintió que la sintonía con el equipo no encajaba con la idea que él tenía de seguir siendo ciclista. Aun así, les había dado una victoria en el Tour de Polonia. Una lo suficientemente importante como para que el príncipe Alberto le escribiera para felicitarle. Entonces le contactó el XDS Astana. Empatizaron en segundos. El equipo entendió su deseo de seguir creciendo y, sobre todo, la importancia que tenía para él estar en aquella Vuelta. En aquella salida. Porque Víctor se había enamorado del ciclismo justamente allí.
En 2009, el Tour de Francia salió de Mónaco. El día de la presentación seleccionaron a varios niños de las escuelas ciclistas locales para acompañar, bandera en mano, a cada uno de los equipos. Víctor eligió Astana. Al día siguiente se compró un maillot del equipo kazajo y se fue al Puerto de Hércules, donde estaban instalados los autobuses, para conseguir que Alberto Contador se lo firmara. Cuando el madrileño le devolvió aquel preciado trofeo, levantó la cabeza con timidez y miró todo aquello. Se dijo que algún día él también sería profesional.
Por eso, casi veinte años después, tenía que estar en aquella salida. Con aquella equipación. En una nueva edición de la Vuelta. El XDS Astana se lo confirmó apenas tres semanas antes de que comenzara la ronda española. El día de la crono inaugural, incomprensiblemente, subido en aquella bicicleta y dentro de aquel Casino, no se sentía presa de los nervios. Más bien sonrió ante lo surrealista de la situación.
A los monegascos no se les permite entrar en el Casino a jugar y Víctor nunca había estado dentro visitándolo. Su primera vez sería para tomar la salida de una Vuelta a España. Después se pidió a sí mismo dar el máximo. No mirar al público, aunque allí estuvieran prácticamente todos: sus amigos, su familia, gente que le había visto crecer. Quiso homenajear el momento de la única manera que sabía, pedaleando tan fuerte como pudiera.
Su Vuelta emocional podía terminar allí. La deportiva, pensaba, empezaría durante las dos semanas siguientes. Quizá incluso habría alguna oportunidad de ganar una etapa. Pero una piedra se cruzó en su camino en la 9ª etapa. La vio demasiado tarde. Bajaba hacia una curva a derechas cuando apareció sobre el asfalto. La golpeó con la rueda y salió despedido hacia el lado contrario de la carretera, hasta terminar en una cuneta, golpeándose en la cabeza y las costillas. Otra conmoción cerebral. Una ambulancia le trasladó hasta un hospital de Alicante mientras, durante horas, su familia apenas sabía qué había ocurrido. Era domingo por la tarde y Víctor no pudo hablar con ellos hasta bien entrada la noche.
Estaba triste, no era la primera vez que una caída terminaba con su Vuelta.
En 2022, una tarde despertó en la cama de otro hospital. Una caída le había provocado también una conmoción cerebral cuando vestía el maillot de líder de la montaña. Supo lo que había ocurrido porque se lo contaron los médicos. También le enseñaron el maillot, hecho jirones, que habían tenido que cortarle para poder atenderle.
Aquella vez no se reprochó nada. Se sentía agradecido por todo lo que había conseguido hasta entonces. Porque en la cama de aquel hospital estaba un chaval que poco tiempo antes había pesado quince kilos más y había estado atrapado por una adicción. Alguien que había encontrado en la bicicleta el camino para reconducir su vida.
Cuatro años después era diferente. Esta vez llevaba dos años esperando aquella Vuelta. Había cambiado de equipo para estar allí. Había salido desde las calles donde había crecido vestido con el mismo maillot que había elegido siendo un niño. Y había llegado pensando que durante las dos últimas semanas podría buscar un gran resultado. La piedra no le dejó siquiera intentarlo, y eso dolía, no tanto en las costillas como en algún lugar más difícil de curar.
El lunes por la mañana regresó a Mónaco. Después de tantas horas de incertidumbre, su familia solo quería verle, comprobar que estaba bien. Le esperaba en casa un recibimiento mucho más cálido que el que habría deseado tener tan pronto. Porque ahora su vida se sostiene sobre un equilibrio que entonces todavía estaba aprendiendo a encontrar. Estelle, con quien ya está casado, le conoce aún mejor. Sabe que cuando Víctor cruza la puerta de casa la competición empieza a diluirse. Hablan de sus cosas. Le lanzan la pelota a Pimmy, su perrita. Y el ciclismo vuelve a ocupar el lugar que le corresponde. Con su padre apenas habla de aquella transformación. Tampoco hace falta. Le basta con la mirada de orgullo que le regala. La misma con la que le vio salir por aquella rampa ubicada en el interior del Casino.
Víctor tampoco necesita hablar con aquel chico adicto a los videojuegos. No necesita explicarle que estaba tirando su vida por la borda, porque aquel chico ya lo sabía. Tampoco le contaría que algún día llegaría al WorldTour, ni mucho menos que el príncipe Alberto le felicitaría por una victoria. No hace falta. Simplemente dio el paso para dejar de llegar tarde, aunque otra piedra se interpusiera en su camino.
