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Hay segundos puestos que se recuerdan como derrotas y otros que, con el paso del tiempo, adquieren la dimensión de una victoria. El de Ángel Arroyo en el Tour de Francia de 1983 sin duda pertenece al segundo grupo.
Cuando el 24 de julio de aquel año el pelotón llegó a París, Laurent Fignon vestía de amarillo. El francés, con apenas 22 años, acababa de ganar su primer Tour favorecido por la caída de Pascal Simon cuando llevaba casi 5 minutos de ventaja. Al lado de Fignon, en el podio de los Campos Elíseos, aparecía un ciclista español de 26 años, Ángel Arroyo Lanchas, que había llegado a la carrera sin el cartel de favorito y que regresaba a casa como segundo clasificado de la Grande Boucle. La diferencia fue de 4:04. Tercero terminó el neerlandés Peter Winnen, a solo cinco segundos de Arroyo. Cuarto, Lucien Van Impe, a 4:18.
Pero aquellos cuatro minutos y cuatro segundos escondían mucho más que una clasificación. Arroyo había protagonizado una de las actuaciones más importantes de la historia del ciclismo español. Hacía nueve años que ningún español se subía al podio final del Tour. El último había sido el asturiano Vicente López Carril, tercero en 1974, y que fallecería seis años más tarde cuando jugaba al fútbol en la playa.s
El camino hacia París, sin embargo, había comenzado mucho antes.
El salto al Tour
El Tour de 1983 era una aventura casi desconocida para el ciclismo español. Reynolds debutaba en la carrera francesa. José Miguel Echávarri había decidido llevar su proyecto al escenario más importante del mundo, y aquel salto suponía mucho más que enviar diez corredores a Francia.
El equipo español acudía con una generación que todavía estaba por descubrirse internacionalmente. Ángel Arroyo era la baza para la clasificación general; Pedro Delgado comenzaba a enseñar las cualidades que acabarían convirtiéndolo en uno de los grandes nombres de los años ochenta; José Luis Laguía tenía opciones en la montaña y Julián Gorospe representaba otro de los grandes talentos del equipo. Pero muy pocos apostaban porque Reynolds fuera a jugar un papel importante en la carrera.
El gran dominador de los dos Tours anteriores, Bernard Hinault, no estaba en la salida. El francés arrastraba problemas en la rodilla después de la Vuelta a España y su ausencia dejaba abierta una carrera que se presentaba mucho más incierta.
El pavé no perdonaba
La tercera etapa, entre Valenciennes y Roubaix, era uno de los primeros grandes filtros de la carrera. El recorrido incluía numerosos tramos de adoquines vinculados a la París-Roubaix. No era precisamente el terreno que uno habría escogido para medir a un escalador español. Sin embargo, fue allí donde Arroyo dio una primera señal de fortaleza. El Reynolds sufrió. Pedro Delgado perdió cerca de diez minutos y Julián Gorospe más de 24. Arroyo, en cambio, consiguió mantenerse con el grupo de los mejores.
El Tour avanzó hacia el sur y llegaron las primeras grandes montañas. Allí aparecieron los corredores que aspiraban realmente a la clasificación general. Pedro Delgado se convirtió en uno de los grandes protagonistas de aquellas jornadas. Su forma de bajar los puertos, especialmente el Peyresourde, con la cabeza pegada a la rueda delantera, llamó poderosamente la atención y acabaría ganándose el sobrenombre de «Le Fou des Pyrénées» ("El loco de los Pirineos"). Delgado era segundo en la etapa a seis segundos de Pascal Simon y saltaba a la octava posición de la general todavia a más de 9 minutos. Arroyo salía de los Pirineos fuera del top ten.
Y entonces llegó el Puy de Dôme.
El día que España descubrió a Arroyo
16 de julio de 1983. Clermont-Ferrand. Puy de Dôme. Una contrarreloj de apenas 15,6 kilómetros. Una de esas jornadas que parecen pequeñas en distancia y gigantes en importancia. Arroyo llegó a ella como quinto clasificado de la general, a 4:24 del líder Pascal Simon. Delgado era cuarto, a 1:45. Fignon estaba segundo, a 52 segundos.
El Puy de Dôme iba a cambiarlo todo. Arroyo completó la ascensión en 40:43. Fue el mejor tiempo. Pero lo más extraordinario fue que el segundo puesto de la etapa también correspondió a un español: Pedro Delgado, a solo 13 segundos. El Reynolds acababa de firmar un histórico doblete en una de las grandes cimas del ciclismo francés. Arroyo primero; Delgado segundo. Por detrás quedaron Patrocinio Jiménez, Lucien Van Impe, Michel Laurent, Edgar Corredor, Sean Kelly, Peter Winnen y Laurent Fignon, décimo a 1:48. La escena tuvo una fuerza simbólica enorme. Dos corredores españoles, de un equipo que disputaba por primera vez el Tour, habían sido los dos mejores en una cronoescalada decisiva. Pedro Delgado salía de esta etapa histórica 4º a 1'45" y Arroyo ya era quinto a 4'24".
Alpe d'Huez: resistir cuando las piernas ya no responden
La decimoséptima etapa, entre La Tour-du-Pin y Alpe d'Huez, era una auténtica trampa alpina. Ocho puertos jalonaban una jornada destinada a separar definitivamente a los candidatos. El vencedor fue Peter Winnen y Laurent Fignon terminó imponiéndose en la clasificación general provisional. La carrera entraba en una nueva dimensión. Arroyo sufrió. Pero no se hundió.
Pedro Delgado ha recordado posteriormente aquella jornada como una de las claves del Tour de su compañero. Arroyo llegó a quedarse cortado antes de la ascensión final al Alpe d'Huez. Incluso realizó una breve parada y, cuando volvió a arrancar, consiguió recuperar terreno en la subida. Perdió tiempo respecto a Fignon, pero logró limitar los daños, mientras Perico se colocaba segundo en la general. Al día siguiente, con final en Morzine, seria el día de la gran pájara de Perico, que perdía 23 minutos, mientras Arroyo era segundo tras el francés Michaud y subía a la quinta plaza.
Tras los Alpes, la clasificación comenzó a estabilizarse. Fignon había tomado el control. Su juventud, su capacidad para escalar y su fortaleza contra el reloj le permitían defender el amarillo.Por detrás, sin embargo, Arroyo se había convertido en una presencia permanente. La contrarreloj de Avoriaz, la decimonovena etapa, ofrecía otra oportunidad para que las diferencias cambiaran. La ganó Lucien Van Impe, mientras Fignon conservaba el liderato. Arroyo resistió.
Y llegó a las últimas jornadas instalado en la segunda posición. Lo extraordinario era que el Reynolds había llegado a Francia con el objetivo de hacerse un sitio en el Tour y ahora estaba a punto de colocar a uno de sus corredores en el podio final.La revolución española ya estaba en marcha.
El asalto final: la contrarreloj de Dijon de 50 kilómetros.
Arroyo bajaba de la rampa cuarto pero una extraordinaria contrareloj, segundo a sólo 35 segundos de Fignon, le daba el pasaporte para el podio final en París. Conseguia recortar la diferencia al holandés Winnen y al belga Van Impe para situarse segundo a sólo 24 horas de llegar a Paris a 4'04" de Fignon. Por sólo cinco segundos adelantaba a Winnen y por 14 a Van Impe. Habían pasado nueve años desde que un español había subido por última vez al podio final de la carrera. Vicente López Carril lo había hecho en 1974, tercero. Ahora, un corredor de El Barraco devolvía a España a los puestos de honor de la Grande Boucle. Arroyo abría la puerta a la que iba a ser la gran época del ciclismo español en la carrera más importante del mundo que iba a lucir de amarillo en Paris en las espaldas de Pedro Delgado, Miguel Indurain, Oscar Pereiro y Alberto Contador.
