Lee gratis el primer capítulo del nuevo libro de Kilian Jornet

Ya puedes leer gratis el primer capítulo del libro de Kilian Jornet "Nada es imposible"
Kilian Jornet -
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¿Has leído ya el último libro de Kilian Jornet? Si eres de los que esperan sus libros con tanta ansiedad como sus proezas deportivas, no esperes más. Aquí tienes las primeras páginas de “Nada es imposible.” No te pierdas la opinión de nuestro editor, Fran Chico, sobre el libro.

Así es el nuevo libro de Kilian Jornet, "Nada es imposible"

En "Nada es imposible", Kilian Jornet comparte la experiencia acumulada a lo largo de su brillante trayectoria hacia la élite deportiva en su libro más honesto y vitalista. A lo largo de sus 248 páginas, Kilian nos anima a hacer realidad nuestros sueños, correr con pasión y libertad y, sobre todo, a disfrutar de la montaña. Now Books

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La despedida

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Lee gratis el primer capítulo del nuevo libro de Kilian Jornet, "Nada es imposible"

Mis labios pronunciaron «te quiero», cuando en realidad lo que deseaban confesar era «lo siento».

Continué expulsando las palabras, intentando justificarme:

«No te preocupes», «Iré con cuidado»… Pero era consciente de que no tenía ninguna excusa que a ella le pudiera parecer razonable para emprender una aventura que podía conducirme hasta la muerte en la cumbre más alta del planeta. Sin embargo, en aquel momento sentía la necesidad de subir montañas para vivir, aun sabiendo que ponía en riesgo mi vida. No consigo evitar que este impulso guíe mis decisiones con más fuerza que la razón o el amor.

Con el malestar de un sentimiento que reconozco narcisista y egocéntrico, porque seguramente lo soy, tan solo conseguí mur- murarle: «Adiós». Acto seguido, saqué la mochila del maletero del coche y cerré la puerta, con demasiada fuerza. Aturdido por el ruido, di un toque en la luna trasera para avisarla de que ya se podía marchar.

Estábamos a principios de agosto, pero el aire era fresco. Un aroma de mar me llenó los pulmones. Tromsø es una ciudad de pescadores situada en una pequeña isla rodeada de fiordos y montañas, en el norte de Noruega, dentro del círculo polar ártico. En verano, durante unas cuantas semanas, el sol ni siquiera llega a ponerse, siempre es de día. Parece como si el tiempo no se detuviera: los abuelos salen a pasear a medianoche, y se puede ver a los vecinos arre- glando el balcón o colocando tejas en plena madrugada. Es como si una embriaguez colectiva se instalase en esta latitud durante un día infinito. El sol, no obstante, es suave y nunca asciende hasta lo alto del cielo, sino que lo rodea por la periferia y lo pinta con una espesa capa de colores pastel, de tonos amarillentos o anaranjados que pue- den acabar sublimados en un rojo intenso.

La ciudad está conectada con la tierra firme por dos largos puentes sobre el mar y un túnel bajo el agua. El aeropuerto donde hace un rato me despedía de la persona que quiero se encuentra en uno de los extremos de la isla. Mientras Emelie se alejaba en coche, le envié un beso silencioso con la mano. No quise mirar atrás y me adentré en el edificio del aeropuerto, intentando que se me secara la humedad de los ojos antes de presentarme en el mostrador de facturación. Iniciaba el viaje que habría de llevarme hasta la cima del Everest consciente de las dificultades y los peligros. A pesar de todo, en ningún momento me planteé renunciar a aquel sueño.

Pocas horas antes, Emelie y yo habíamos ido a correr juntos. Aprovechando que la luz era perenne, salimos de noche, al terminar de cenar, para aligerar las piernas y la mente después de unos días de estrés y tensión por la carrera que habíamos organizado para unos pocos centenares de corredores. En los días previos, las llamadas, los trayectos arriba y abajo en coche y los apretones de manos habían sido una constante, y ahora, lo que pretendía ser un breve ejercicio de limpieza se había convertido en una noche entera corriendo.

Queríamos que las montañas nos escondiesen de la ciudad"

Emprendimos la marcha por un sendero estrecho, dejando atrás el bullicio de la población. Queríamos que las montañas nos escondiesen de la ciudad. El suave murmullo del viento sustituyó los programas de radio que se filtraban por las puertas entreaiertas de los locales urbanos, y un aire puro y fresco, al bochorno de la aglomeración de personas y a los olores de humos diversos. Las piernas iban liberándose de la rigidez acumulada y empezábamos a sentir una ligereza más agradable. Subimos a lo alto de una primera cima y, sin pararnos ni un instante, continuamos. Abandonamos el camino de tierra para adentrarnos en los campos y hacer otras cumbres, ajenos al rumbo que seguíamos. La hierba escarchada que nos empapaba los pies contrastaba con la superficie dura y seca del asfalto negro y, poco a poco, nuestros corazones comenzaron a palpitar a un ritmo más acompasado, emulando el tam-tam de nuestros pasos.

Corríamos el uno al lado del otro, sumidos en una sensación de paz y serenidad que contrastaba con la vorágine que habíamos vivido en los días previos. Pero la felicidad no puede ser completa, pues aquel era el silencio melancólico que precedía y anunciaba nuestra despedida. Aunque de vez en cuando abríamos la boca para intentar romper aquel enmudecimiento, terriblemente incómodo, nuestras cuerdas vocales no respondían y el sonido no se atrevía a salir.

Después, cuando cogimos el coche para ir al aeropuerto, fuimos incapaces de expresar lo que ambos sentíamos desde hacía un tiempo: los temores y los pesares. Y, sin verbalizarlo, establecimos un pacto de silencio que duraría hasta que yo volviera de la expedición. Era un pacto no firmado para no tener que lamentar después el habernos dado un último abrazo en la discordia.

Por la ventanilla del avión la ciudad iba empequeñeciéndose, hasta que desapareció. Me quedé pegado al cristal, con la vista fija en la sombra del aparato, que atravesaba fiordos y cumbres aún nevadas que se perdían y surgían de golpe entre los valles y las montañas.

Conocía todos aquellos caminos y crestas, pero desde el aire descubría vías nuevas y ya me imaginaba recorriéndolas a mi regreso. En aquel momento, no obstante, también las abandonaba a ellas, y esperaba que me perdonasen que fuese al encuentro de otra amante.

Pensé en las cosas que debería haberle dicho a Emelie para aplacar la tensión mientras corríamos juntos, para aliviar el sufrimiento que seguramente viviría durante el tiempo en que estuviésemos lejos el uno del otro. Una broma sutil o un comentario ingenioso habrían estado bien para aligerar la gravedad del momento, pero no soy persona de respuestas rápidas. En las montañas me encuentro sereno porque, como dijo Reinhold Messner, no son ni justas ni injustas, tan solo son peligrosas. Y, en el peligro, puedes aplicar cierta lógica a la hora de tomar las decisiones que tú consideres más adecuadas.

En la montaña no dudo ante los imprevistos, pero en el campo más abrupto de las relaciones personales...

En la montaña no dudo ante los imprevistos, pero en el campo más abrupto de las relaciones personales, la parálisis me deja suspendido en la indecisión hasta que llego demasiado tarde. He de reconocer que nunca he sabido dar con el modo de entenderme con los humanos, igual da que sean buenos, malos o peligrosos.

La tierra se esfumó de pronto cuando entramos en una nube y las turbulencias me devolvieron al presente. Cuando te vas, siem- pre te embargan sentimientos encontrados: la libertad momentánea de escaparte y la nostalgia del calor conocido que acabas de abandonar.

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"Nunca he sabido dar con el modo de entenderme con los humanos"

En la bodega del avión había una maleta que rozaba el límite de los veinte kilos de peso permitidos por las aerolíneas. Había calculado escrupulosamente el modo de encajar todo el material que necesitaba para este viaje, para intentar coronar una gran cumbre. No cabía nada más, ni una pluma. Había pasado el último mes en los Alpes, la mayor parte del tiempo. La preparación había sido, o a mí me lo parecía, casi perfecta. Había pasado el último mes en los Alpes, por encima de los cuatro mil metros. Me sentía a gusto en altura y había previsto las dificultades que podría encontrarme.

Hay una parte muy importante que precede el asalto a una cima que no se puede contabilizar, más allá de los kilómetros que hayas recorrido y de las dificultades que hayas superado"

Hay una parte muy importante que precede el asalto a una cima que no se puede contabilizar, más allá de los kilómetros que hayas recorrido y de las dificultades que hayas superado. Es cuando notas esa sensación de disponer de la motivación suficiente y la serenidad necesaria para el ascenso. Esa seguridad que te invade cuando te encuentras cómodo en un terreno en el que, de ser más sensato, deberías sentirte más bien inseguro. Notaba que me encontraba precisamente en ese estado en el que la línea roja de los riesgos que asumía estaba marcada por encima de lo habitual. Por un lado, este hecho me consolaba, por otro, me infundía temor de mí mismo, pues no sabía a ciencia cierta qué decisión tomaría si se me presentaba el dilema de escoger entre las ganas de ascender y el amor propio, que me aporta serenidad y que, en cierto modo, me protege de cruzar fronteras sin retorno. Pero enseguida disipé esa idea, porque hay elementos que no pueden colocarse en la misma balanza. Es más sencillo: ambas variables son necesarias para vivir.

O al menos así lo sentía yo en aquellos instantes.

La azafata empujó el carrito de la cena hasta la fila donde estaba sentado. Sonreía, pero me pidió con prisas que escogiera entre el pollo con arroz o los macarrones con verduras. El acento marcado de su inglés delataba que no era su lengua materna. Me decanté por la pasta e imité como un clon los movimientos que ejecutaban los demás pasajeros. Todos a la vez iniciamos la misma coreogra- fía: abrimos el minúsculo paquete de cartón, retiramos el papel de plata que protegía los alimentos, nos quemamos los dedos al com- probar que estaban demasiado calientes y, a continuación, rasgamos el plástico transparente que envolvía los cubiertos para coger el tenedor que nos permitiría atrapar esas cuatro hojas de lechuga. De reojo, inspeccionábamos el trozo de pudin que ocupaba el ángulo izquierdo del paquete. «¿Estará relleno de chocolate?». Y decidí que hasta ahí.

Sin saber muy bien cómo, había tropezado con una barqueta de macarrones procesados que removía con un tenedor de usar y tirar y, pese a que la inercia me empujaba a comer, no tenía hambre. Intenté distribuir correctamente los elementos dentro del cartón para cerrarlo de nuevo, pero no lo conseguí y, como pude, lo amontoné en una pila que abandoné en el rincón de la mesita, a la espera de que la azafata volviera a pasar y se lo llevara todo.

Los vuelos intercontinentales se parecen a una visita larga al centro comercial"

Los vuelos intercontinentales se parecen a una visita larga al centro comercial de una gran ciudad. Nunca faltan los niños que lloran, ni los jóvenes que no paran de hablar a media voz y que, de vez en cuando, dejan escapar algún grito o alguna carcajada. Comi- da de mala calidad, relucientes ofertas para comprar productos que nunca utilizarás, lo mismo da que sean pelis, discos o juegos, para pasar el rato sin hacer nada de provecho.

Intenté escapar de aquellas trampas para la productividad que estos ambientes te tienden abriendo el bloc de notas en el que tenía previsto escribir mi diario de expedición y apuntar cosas importantes, como las actividades diarias: analizar los metros de desnivel y las alturas alcanzadas, contabilizar las sensaciones de la aclimatación o anotar los datos meteorológicos. Y lo intentaba, pero entre la densidad humana y la claustrofobia en aquel entorno, no lograba deshacer el blanco de la página.

Enfadado conmigo mismo por mi incapacidad de hacer nada útil, sucumbí a la tentación y busqué una película. En la pantallita títulos de crédito iniciales, me quedé dormido.

En el sueño, entraba en un bosque. Los árboles eran grandes. No eran las gigantescas secuoyas americanas. Pertenecían a un bosque normal, como los del Pirineo, pero sus dimensiones eran desproporcionadas. Era como si lo viera todo desde la altura de un niño o de un animal pequeño.

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"En la montaña no dudo ante los imprevistos"

A pesar de la calma que aparentaba, el bosque me intimidaba y yo sentía como si en sus entrañas todo se moviera a una velocidad vertiginosa. Comencé a caminar. Quería salir de aquel bosque, pero era como si girara conmigo para no dejarme escoger el camino correcto. Me puse a correr, pero el bosque insistía, continuaba girando y moviéndose a mi misma velocidad. Las piernas no me respondían, como si fueran de plomo, y pese a ser un atleta de élite, se me encallaban en el suelo de musgo y pinaza. Finalmente, cuando parecía que conseguía liberarme de peso en las piernas, el bosque pegó un bandazo como un barco en plena tempestad, y me hizo caer. Me tumbaba para que no me escapara.

Distinguía las sombras de los animales que pasaban veloces entre los árboles. Parecía que hubiera decenas. Eran colosales y me iban rodeando, estrechaban el círculo en el que me habían encerrado. Cuando los tenía tan cerca que parecían a punto de aplastarme, me di cuenta de que, en realidad, solo había un animal, una especie de mamut de patas largas que corría dando grandes saltos. Pero al fijarme bien, me percaté de que la bestia que me acorralaba no era un mamut, sino un conejo o una liebre descomunal.

De pronto, alguien empezó a golpear un árbol como si lo estuviera talando con un hacha. Toc-toc. Lo tenía encima de mí. Y sentí que la liebre, o lo que fuera, me agarraba del hombro. Toc-toc. —Disculpe, ¿desea algo para beber? —me preguntó la azafata, despertándome de un sobresalto.

Con un gesto de persona medio dormida, le di a entender que no quería nada y ella continuó empujando el carro repleto de bebi- das hacia la fila de atrás. Entonces caí: ¡era Petita! Era una liebre que recogí de niño, un día de tormenta, en el bosque que había de- trás del refugio donde vivíamos. En el sueño era muy grande, pero cuando la rescaté tan solo era una cría herida. Aquella tarde de ha- cía tantos años, la llevé a casa, le di de comer y de beber, y la metí en la habitación a dormir conmigo. Pero al cabo de unos días, cuando ya estaba recuperada, había llenado el cuarto de cagarrutas y no paraba de moverse bajo las sábanas mientras yo dormía, mis padres me pidieron que la dejase marchar. Yo no quería. ¡Era mía! La había encontrado y salvado, le había construido un cercado bastante amplio afuera del refugio para que pudiera correr, y le daba de comer cada tarde cuando volvía del colegio.

A pesar de todo, al cabo de pocos meses, un día después de clase, fui a buscarla y comprobé que había muerto. Lloré y lloré, sin parar de preguntarme qué había hecho mal. No había sido consciente de que, queriendo cuidarla, la había matado. La liebre había preferido la muerte a continuar viviendo encarcelada. Fue entonces cuando entendí que hay animales que solo pueden vivir encadenados a la libertad.

Tres días después de bajar de ese avión, me siento muy lejos de todo lo que he dejado atrás: los campos escarchados que me moja- ban los pies cuando corría con Emelie y los silencios que ambos queríamos romper sin saber cómo. ¿Por qué no nos dijimos nada? Lejos quedan los abrazos, lejos quedan la ciudad, el tráfico, el ruido y los nervios porque el coche de delante me haga llegar tarde al aeropuerto. También quedan muy lejos la libreta con las notas de preparación y la liebre Petita del sueño.

Ahora estoy aquí, metido en un buen fregado.

Si miro adelante, atrás o arriba, solo veo el blanco que lo envuelve todo. Y abajo, mis piernas que se hunden hasta la cintura y rompen la blancura de la nieve. Y el silencio, absoluto, de esos tan intensos que te hacen oír un silbido agudo y lejano dentro de las orejas.

En realidad, no hay ningún silencio: mi respiración, profunda; el viento que sopla a violentas ráfagas; los copos de nieve caen del cielo, se rebelan contra el aire y surgen por todos lados, desde todas las direcciones, para estamparse contra mi abrigo produciendo un cadencioso tam-tam-tam. Hay tanto ruido que él mismo acaba neutralizándose. Por eso solo siento el silencio. En los ojos, en las orejas… Únicamente una ínfima variación del blanco dibuja una diagonal ante mí y me permite intuir la fuerte pendiente que estoy atravesando. Una inclinación que se pierde en medio de la tormenta pocos metros delante de mí. Detrás, el rastro profundo que voy abriendo desaparece casi al instante, sepultado bajo la nieve. Vamos, un paso más. La nieve me llega hasta las rodillas y no tardará en compactarse por el viento.

(...) Una trampa que esconde aludes"

Siento con todos los sentidos que esta pared de dos mil metros que hace apenas dos horas parecía inofensiva terminará por convertirse, de aquí a unos segundos, en una gran placa, en una trampa que esconde aludes. Clavo los piolets tan hondo como puedo. Les he perdido la pista a mis compañeros, que se han quedado atrás. No logro verlos. La espesa niebla los ha absorbido.

En esta pendiente de cincuenta grados, en la cara nordeste del Everest, doy otro paso, esperando que la acumulación de nieve caí- da en las últimas horas no se desprenda de la pared y se precipite hasta reventar dos kilómetros más abajo. Que no me arrastre.

Y antes de intentar cada paso, pienso: «¿Será esta la última cumbre que subiré? ¿Cómo carajo he llegado hasta aquí?».

Ha sido una historia larga. No empezó cuando me despedí de Emelie. Tampoco cuando cogí aquel avión hacia Nepal, ni siquiera cuando, de joven, me imaginaba explorando el Everest. Esta historia, aunque yo no fuese consciente, había comenzado muchísimo antes. Ahora os la contaré.

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