Hacer el Tour en vacaciones

Echamos al coche la bicicleta y pusimos rumbo al Galibier, Alpe D´huez y los puertos míticos que han construido la leyenda del Tour de Francia
Fran Chico -
Hacer el Tour en vacaciones
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Los vecinos te miran un poco raro cuando les dices que te vas de vacaciones a subir los puertos míticos del Tour de Francia, en los Alpes, pero cuando llegas allí te das cuenta que de bicho raro no tienes nada.

Hay una gran comunidad ciclista que “peregrina” al Galibier y a los otros gigantes alpinos. No es cuestión de hipotecar las vacaciones de toda la familia, por lo que teníamos seis días incluidos los viajes hasta las montañas francesas en las que se ha escrito la historia del ciclismo.

Antes de hacernos las 13 horas de coche desde Madrid hasta Bourg d´Oissans, al pie del Alpe D´huez, donde íbamos a comenzar nuestro Tour de Francia particular, había que hacer un retoque mecánico.

Había que aumentar desde el 28 al 34 el piñón más grande (34 dientes tenía también nuestro plato pequeño). El año pasado cuando hicimos el Tourmalet y otros colosos de los Pirineos volvimos con la clara idea de que es mejor llevar todo el desarrollo posible.

Nuestra primera parada fue el Hotel Oberland (www.hoteloberland.com), situado a apenas 500 metros del comienzo de la subida del Alpe D´huez. Un alojamiento sencillo pero en el que se respira ciclismo.

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En las ventanas del hotel hay colgados maillots y por dentro está repleto de posters y recortes de periódicos que recuerdan los grandes momentos del Tour. Un hotel para ciclistas, con un lugar para guardar las bicis, potro y algunas herramientas para hacer la mecánica y desayuno desde muy temprano.

El primer día era el que nos daba mejor tiempo, por lo que aunque teníamos el cansancio del viaje decidimos hacer la etapa más larga, 140 km con más de 4.000 metros de desnivel.

Tan cerca estaba el hotel del Alpe D´huez que no habíamos pedaleado ni dos minutos cuando empezamos a subir sus primeras rampas, que además son las más duras. No podía haber más ambiente ya que ese día hacían una carrera a pie que sube el puerto (de hecho, dieron la salida unos minutos después de empezar a subir nosotros y los primeros corredores nos pasaron).

Una subida entretenida ya que en sus famosos 21 virajes hay carteles con los diferentes ganadores, y te vas entreteniendo leyéndolos y recordando sus victorias (por cierto, todavía no habían incluido al ganador de este año, Geraint Thomas, el galés que ha cumplido la tradición de que el que sale de aquí vestido con el maillot amarillo llega con él a París).

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Tras coronar el Alpe D´huez, en lugar de bajarlo, nos fuimos hacia la zona del aeropuerto (por cierto espectacular ver despegar a un avión, ¡parece que caen al vacío!) para empalmar con el Col de la Sarenne (son 3 km más de subida) para iniciar luego un vertiginoso descenso.

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Gracias al consejo de nuestro compañero de Ciclismo a fondo, Joaquín Calderón, tomamos una carretera espectacular que, por supuesto tras una nueva y dura subida, nos permitió ir a media ladera por la montaña del Alpe D´huez con unas vistas espectaculares, por una carretera estrecha que tenía hasta un túnel completamente a oscuras. Salimos a la altura de la curva 5 de la subida y esta vez sí bajamos para caer hasta Bourg d’Oissans.

Rápida parada para bocata, un pastel, Coca Cola, repostar agua y dirección a la Croix de Fer. Una subida que pone a prueba tus fuerzas, pero sobre todo tu fortaleza mental cuando ves el primer cartel de 30 km a la cima (todos los puertos están señalizados cada km, con indicación del porcentaje que tienen).

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Una subida para tener mucha paciencia e ir reservando; tienes un kilómetro al 12% cuando te faltan todavía más de 20 km e incluso una bajada de 1 km que más que aliviarte es un castigo, ya que pierdes parte de la altitud que tanto has sufrido para ganar.

Lo mejor es que una vez que consigues llegar a la presa, que te quedan todavía 8 km, la subida se “dulcifica” a la vez que los paisajes se convierten en majestuosos. A falta de 3 km tienes el cruce con el Glandon (cuya cima está a apenas 100 metros de allí) y ya, después de casi tres horas de subida, tienes por fin la Cruz de Hierro a la vista.

Poco tiempo para fotos porque la noche se va echando encima y tenemos que dar media vuelta para desandar el camino hasta el hotel Oberland, al que llegamos a las 8 de la noche (habíamos salido a las 9 y media).

El gigante Galibier

Una hora de coche hasta Saint Michel de Maurienne y a las 11 de la mañana nos poníamos en marcha para atacar el puerto, que junto al Tourmalet, es el más legendario del Tour de Francia. Se subió por primera vez en 1911 y los mejores ciclistas del Tour lo han coronado hasta 57 veces.

Iniciamos el pedaleo justo donde comienza el Col du Télégraphe, 11,8 km al 7,3%. Justo coronándolo, coincidimos con uno de esos grandes cicloturistas que llenan estos puertos. A sus 73 años cada año salía en tren de París con su bici listo para subir un puerto cada día.

El Télégraphe está prácticamente unido al Galibier porque el descenso apenas son 4,5 km y en nada llegas a la estación de esquí de Valloire donde se inician los 17 km y 1200 metros de desnivel de la subida al gigante.

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Es un puerto que te da toda la sensación de que las montañas se están abriendo para ti, los paisajes son estremecedores… pero a la vez te va desgastando hasta llevarte al límite. Justo al pasar el último bar donde puedes coger agua, cruzas un puente para girar a la derecha e inicias los últimos 8 km que no te da ni un respiro. No te regala ni una pedalada hasta llegar a su cima a 2.645 metros.

Como anécdota, en los últimos 4 km habíamos visto una caseta en la que vendían queso de las vacas que ves allí pastar. Al bajar (la etapa era ida y vuelta para nosotros), paramos, y nuestra sorpresa fue que el queso sería artesanal pero allí en medio de la nada usaban un láser para cortarlo. Disfrutando del descenso regresamos a Saint Michel con 2.300 metros de desnivel en 72 km.

Dos anécdotas del día. Por un lado, los cubos de basura especiales para ciclistas con su tablero y todo para poder tirar tus desperdicios sin parar. Por otro, los fotógrafos que están en el último km de los puertos y que tras hacer la foto te dan un papel indicándote como buscarte en internet (cuestan 12 euros en tamaño medio y 20 para hacerte un póster).

Hasta el techo

El día se levantó con nubes pero no pudo con nuestra ilusión de ir al Iseran (2.770 metros, el segundo puerto más alto de los Alpes franceses, tras el Col de la Bonette que tiene 2.802 metros). Fuimos en coche hasta el final del valle y arrancamos en Lanslebourg.

Allí mismo se iniciaba la subida al Iseran con un total de 32 km, aunque hay un llano de casi 10 km. Lo duro realmente arranca cuando pasas Bonneval-sur-Arc, considerado como uno de los pueblos más bonitos de Francia y a fe que lo es. Te quedan entonces 13 km realmente duros y es que hay que salvar 900 metros de desnivel. Hay rampas muy duras pero hay dos descansos que te vienen de cine, uno de ellos ya a 3 km de la cima.

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Quizás sea el paisaje más bonito que vimos en todo nuestro periplo. Con las nieves perpetuas en la cimas, con los glaciares a la misma altura de la carretera y las inmensas praderas por las que corre el agua. No en vano, estás dentro del Parque Nacional de la Vanoise.

Una vez hecha la foto de rigor en la cima (con frío importante arriba, que incluso se puso a llover) iniciamos el descenso con la ventaja de haber sido precavidos y hacer llevado en el maillot los guantes de invierno (además del chubasquero de Goretex) para la bajada.

Como se nos quedó corto, al regresar a Lanslebourg subimos el Mont Cenis, que son 10 km, y en la cima tienes un lago precioso en el que hay un jardín alpino que puedes visitar gratis. Tener la frontera de Italia a apenas 6 km era una tentación y aunque éramos conscientes de que luego tocaría subir, bajamos justo hasta la frontera. En total, otros 100 km para las piernas.

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DESPEDIDA EN LA MADELAINE

Es una de las subidas que se ha hecho en los últimos años. Esta vez sí pudimos salir desde nuestro hotel, ya que estaba a 5 km del comienzo de “Les lacets de Montvernier”. Es una carretera de curvas enlazadas realmente esculpida en la montaña. Tan metida está que estás debajo y ni las ves.

Son sólo 3 km con desniveles al 13% y cuya cima te incorpora al Col de Chaussy (desde allí te quedan 10 km de subida). Una subida totalmente diferente en paisaje, ya que las escarpadas montañas dejan paso a campos verdes. Un rápido descenso que te empalma con los últimos 15 km del Col de la Madelaine, una subida también muy exigente y que no tiene ni un descanso.

Eso sí, el premio de la cima merece la pena, ya que en un día despejado puedes ver hasta el Mont Blanc. Otro premio a tener en cuenta son las súper tartas que venden en el restaurante de la cima… ¡Brutal tanto la de manzana como la de limón!

Craso error el mío que al ver el sol decidí dejar los guantes de invierno en el hotel. En la interminable bajada de 30 km hasta La Chambre (el pueblo dónde se inicia la subida al Glandon) las manos se me paralizaban del frío y sólo mordiéndomelas conseguía que reaccionaran. Una vez en La Cambre, 10 km de llano y de nuevo en nuestro hotel en Saint Jean de Maurienne con 76 km y 2.500 metros de desnivel para nuestra última etapa en los Alpes.

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¿Eso no es Mont Ventoux?

En el viaje de ida, cuando íbamos por medio de Francia, vimos cómo emergía una montaña. “¿Eso es el Mont Ventoux?“, preguntó alguien. Rápidamente calculamos cuánto teníamos que desviarnos para ir hasta allí. Poco más de una hora…demasiado tentador para no hacer un cambio de planes.

En lugar de dormir la última noche en los Alpes, al regresar de La Madelaine, ducha, bocata y al coche para hacer los 380 km hasta Malaucen, un pueblo en tierra de vinos que cuando llegamos vimos que estaba invadido por ciclistas de todo el mundo. ¡Había más tiendas de bicis que supermercados!

Una deliciosa cena con steak tartare en “Le petit paradis” y a la cama que al día siguiente a las ocho de la mañana ya estábamos en Bedoin para iniciar la subida hasta el gigante de la Provenza, la montaña que debe su nombre a los vientos de hasta de más de 300 km/hora que ha llegado a registrar. Son 21 km con 1.610 metros de desnivel. A falta de 15 km entras en un bosque y allí tienes las rampas más duras.

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Cuando sales a la zona desértica, al Chalet Reynard, baja el desnivel pero quedas a merced del viento y del sol. Nosotros tuvimos suerte porque nada de viento y calor, al ser tan temprano, muy poco. Impresionante los ciclistas que había; arriba había tantos que parecía que se había celebrado una carrera. Hay todo tipo de retos, como el ver quién es capaz de subirlo más veces en 24 horas (el récord está en 11 ascensiones).

Lo habíamos visto al subir pero fue en la bajada cuando paramos en el monumento que recuerda a Tom Simpson, el que fuera campeón del mundo, y que falleció en el Tour del 67, víctima de un colapso cardiaco (luego se descubriría que había tomado anfetaminas). Allí cumplimos con la tradición de dejar el altar improvisado uno de nuestros bidones.

Mientras bajábamos hasta el coche ya empezaba a echar de menos estos días en los que tu □única preocupación es pedalear, comer y beber. Yo entiendo perfectamente a la gente que no le cabe en la cabeza que darse estas palizas sean unas vacaciones; lógica no tiene ninguna y sólo lo entienden y hasta te envidian los que como tú tienen dentro “el veneno del ciclismo”.

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